NUEVO ORDEN MUNDIAL

La seguridad en tres aspectos: Paulino Romero C.

América logró su independencia en el siglo XIX. Los países bolivarianos y casi todos los demás de este continente, se independizaron en el curso de aquel siglo del imperio al que pertenecían mediante un episodio militar. La Batalla de Ayacucho, empero, constituyó el mayor éxito de toda la historia militar de América Latina. Sin embargo, ese extraordinario hecho solo aseguró un orden puramente militar para garantizar la independencia de los países latinoamericanos frente al imperio español.

Era necesario corregir de inmediato el desequilibrio que iba a producirse con el establecimiento de un nuevo orden político. Y tal fue la obra que quiso hacer Simón Bolívar con la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826. Esta idea se frustró, si bien quedó viva, y en parte, lo que hoy se hace en términos parecidos es lo mismo que el Libertador sostuvo hace 187 años.

Es preciso, sin embargo, que haya además de la independencia formal de los países, un sistema de seguridad política, económica y social. En el mundo de hoy no hay un sistema que otorgue esa seguridad. El orden creado a raíz de la Segunda Guerra Mundial se basaba estrictamente en los principios de seguridad militar. Se pensaba que lo importante radicaba en afianzar la seguridad militar, y que en ello consistía estrictamente la seguridad.

Hoy sabemos que esto no basta: que la seguridad militar es muy importante, pero si no está complementada con la seguridad política, económica y social, aquel orden sería impracticable. ¡Esto lo vio venir Bolívar! Él se anticipó a su tiempo y tuvo la tragedia y la desgracia de todo espíritu visionario.

Para ver el mundo del futuro será preciso usar un recurso natural no renovable: la imaginación. Tenemos que manejarla y ponerla en el balance de cada país, de la misma manera que se ponen los activos fijos y los distintos elementos que componen un balance en una empresa o sociedad. Es preciso poner en el balance de un país el recurso imaginación, o de lo contrario no podremos mirar el futuro de un modo distinto. Solo en la medida en que miremos el futuro con la imaginación, sabremos que lo que viene no se parece en nada a lo que hemos vivido en el pasado, ni siquiera se parece al presente.

Todo esto nos lleva a la conclusión de que debemos tener una noción certera de lo que son los cambios sociales. No es posible entender el mundo ni la realidad interna de un país sin saber, primero, que la única cosa segura, firme, estable que hay en el mundo globalizado de hoy es el cambio. Y nos engañaríamos tristemente si pensáramos que cualquier conformación de la estructura política mundial o de la estructura interna de un país, tiene una significación y una perdurabilidad definitivas.

Tengamos muy presente que la velocidad tecnológica del mundo, la misma que se observa en el tráfico de ideas y tecnologías, lleva a la conclusión de que muchas formas que se creen posibles en un momento dado, dejan de ser viables en otro momento. Si educamos la mentalidad nacional e internacional para esta velocidad y este cambio, estaremos siempre en capacidad de entender mejor los fenómenos totales del mundo y saber que un país puede ser muy fuerte por su economía, productividad, recursos naturales e intelectuales, pero nunca se basta a sí mismo en ningún campo.

Hace algunos años creíamos que el único secreto del progreso humano era el desarrollo industrial. Hoy sabemos que los países agrícolas también tienen destino y futuro, porque son los productores, entre otras cosas, de lo que el hombre necesita para sobrevivir en el planeta. Y este hecho sitúa las cosas en otro nivel y circunstancia, que cuando se pensaba que el único crédito, la única muestra, el único índice que garantizaba el desarrollo de un país era el desarrollo industrial. Y así se olvidaba que el fomento agrícola también es importante para dirigir la curva de velocidad del progreso colectivo de una nación. Ahora se admite, por el contrario, que el descuido en la producción agrícola de un país afecta su desarrollo integral.

Es lamentable, pues, lo que ocurre en Panamá durante este infortunado “régimen de mando personal”. Oficialmente se ha desestimado la actividad agropecuaria, afectando significativamente la seguridad alimentaria de la población panameña: contrario al “crecimiento económico” alcanzado, la desnutrición, particularmente de la niñez, es alarmante.

¡Qué contraste, crecimiento económico sin desarrollo humano!

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