EL ROL DE LOS DIPUTADOS

Es mejor la sensatez, que la obediencia debida: Aldo Antonio Brunette

Hace aproximadamente 36 años, en vísperas del año nuevo, un legislador de la República de Panamá dirigió un discurso fogoso a una enorme masa de trabajadores, que pretendían protestar en las inmediaciones del Palacio Legislativo contra la primera reforma al Código de Trabajo, lo que significó el nacimiento de la Ley 95.

Palabras más, palabras menos, el legislador señaló: “La sensatez no es sinónimo de claudicación”. Con esto convenció a los obreros; “los sacrificios presentes, pudieran garantizar bienestar y estabilidad en el futuro”, así terminó su discurso.

Desafortunadamente, esa no fue la realidad. Con el pasar del tiempo, los trabajadores vieron cada vez más desmejoradas sus condiciones laborales y salariales, al grado de perder su estabilidad y el derecho a organizarse. Ese efecto inmediato de la aplicación de la Ley 95, fue el resultado tenebroso de la obediencia debida de los legisladores del pasado reciente, carentes de una capacidad individual e independiente que les permitiera ver con sensatez la conveniencia patriótica de dicha ley, aprobada al capricho de quienes en otrora mandaban.

Ese hecho histórico, en el que primó la obediencia de los legisladores al régimen de facto, más que la sensatez del lado de sus electores, marcó la tragedia que condujo a cientos de miles de obreros a lo que se denominó “desempleo estructural”, superado posteriormente en el período posinvasión.

El concepto de obediencia debida significaba hacer caso a las órdenes emanadas de los mandos superiores –sin que mediara el sentido común ni las posibles consecuencias–, en especial las impartidas por el general de manera directa y expresa. De esta obediencia debida, en la propia Asamblea Nacional se desprenden algunas experiencias trágicas, como el caso de los obreros en Bocas del Toro, las luchas de nuestros pueblos originarios y, ahora, la rebeldía manifiesta del pueblo en general, para evitar nuevas ventas de su patrimonio.

Hoy, esa misma historia se repite en el Palacio Legislativo Justo Arosemena, con actores diferentes, pero en circunstancias políticas similares, en donde más que la sensatez se impone una obediencia al jefe. Obediencia ciega, muda y sorda, en la que solo él, el dictador civil, de manera unilateral toma la decisión de avanzar o retroceder en el marco del desarrollo de una agenda legislativa, lo que irremediable e inevitablemente llevará al fracaso y al retroceso permanente en el ejercicio y la actuación de los llamados “padres de la Nación”. Esto a la postre los conducirá al callejón sin salida de la derrota y del castigo electoral.

La obediencia debida a un mandato puede darse, e incluso sostenerse, cuando permite el ejercicio democrático y el flujo de opiniones y decisiones entre quienes les corresponda ejecutarla. Nuestra clase legislativa, al parecer, perdió el norte, fundamentalmente los diputados oficialistas, acompañados de una camada de tránsfugas a los que, motivados por sus mezquinos intereses, no les importa tirar por la borda la democracia que le costó sangre y fuego a cientos de miles de panameños, juventudes inmoladas, exilios, asesinatos y desapariciones.

Nuestros diputados deben armarse de valor y perder el miedo a discernir, contrariando los atentados contra la libertad y apelando a la consulta plena; deben poner por encima de la obediencia debida, la sensatez como una forma de lealtad al pueblo que los eligió. El pueblo puede ser engañado una vez, pero no todas las veces, y eso es lo que piensa el señor presidente, Ricardo Martinelli, quien subestima la capacidad de movilización del pueblo, de sus dirigentes y se cree un ser supremo y todopoderoso. Desde luego, ostentar una cuenta bancaria multimillonaria le hace pensar que somos plebeyos, y que él y quienes forman parte de su séquito son los únicos que piensan.

Se equivocaron, de manera oportuna, madura y con verdadera sensatez política y de heroísmo patriótico, las organizaciones nacionales, los partidos políticos con propósitos históricos y con doctrinas que los inspiran, junto a sus dirigentes, supieron dar respuestas a las arbitrariedades que, sin ninguna duda, serían otro golpe para la calidad de vida del pueblo y otra puñalada para la democracia.

Que la lección haya quedado aprendida, que los diputados de la República de Panamá piensen más en el beneficio nacional, y dejen de vender la patria por bloques, carriolas y zinc; que no se vuelvan a repetir más arbitrariedades contra la voluntad del pueblo, porque este es el único y verdadero soberano.

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