EDUCACIÓN

Los sentimientos en el aula: Jaime Cheng Peñalba

Recuerdo que el primer día de clases, en la escuela primaria, dos cosas me llamaron la atención. La primera era una vara larga conocida como metro que reposaba en una esquina del salón. No pasó mucho tiempo para que averiguáramos su verdadero uso, que no era precisamente hacer mediciones. Las manos se enrojecían junto al sonido del reglazo, como la respuesta casi inevitable de alguna “mala conducta”. Todo esto con el beneplácito de nuestros padres que aplaudían la acción.

Lo otro que recuerdo fue un hecho en el que participamos todos los de la sección escolar. Resulta que en uno de los pasillos del plantel, contiguo al laboratorio de ciencias, estaba un salón cerrado. Mis amigos y yo ni siquiera nos atrevíamos a cruzar ese lugar por temor a pasar frente al salón mencionado. Aquel sitio era llamado el cuarto oscuro y del mismo se contaban historias de miedo, asociadas con el castigo infligido a aquellos que se atrevían a quebrantar las leyes de la escuela. Torturas que se decían de grado en grado, con sus respectivas dosis de espanto. Era menester que nos portáramos bien en ausencia de la maestra, de lo contrario podríamos ir a parar todos juntos a los laberintos insospechados del cuarto oscuro. En cierta ocasión, y teniendo como coincidencia la terminación del año escolar, mis compañeros de juego y yo decidimos, por curiosidad asomarnos al famoso cuarto tenebroso y despejar los mitos. El pasillo que nos conduciría estaba solitario, pues casi todos se había marchado a sus casas tras terminar los exámenes. Para nuestra fortuna, la puerta del cuarto estaba entreabierta. Avanzamos lentamente y, estando a dos pasos del lugar, decidimos correr no sin antes ver lo que había adentro. Un esqueleto cortado a la mitad, sostenido por una varilla de metal brillante y con letras mayúsculas impresas en sus costillas.

En los años siguientes, nunca nos acercamos a aquel pasillo. Tiempo después, nos enteramos de que el esqueleto era de plástico y era usado en el laboratorio de ciencias para explicar los tipos de huesos del cuerpo humano.

Mucho ha pasado desde que las escuelas, vistas como centros de reclutamiento, más que de enseñanza, se vinieron al traste. El desarrollo de la sociología y la psicología educativa, así como de nuevos enfoques cognoscitivos acabaron por aniquilar la pedagogía del reglazo. Desde luego, ya no estábamos en un mundo bipolar en el que vivíamos con el temor de que cientos de ojivas nucleares estallarían en cualquier momento, dejando solo a las cucarachas de sobrevivientes. La idea de formar hombres rígidos, servidores de una patria amenazada por invasiones extranjeras fue dando paso a un mundo más relajado, permeado por una revolución tecnológica extraordinaria, sobre todo, en el campo de la comunicación que ha sido bien y mal utilizada.

¿Eran menos sensibles los maestros de la antigua escuela? ¿Tenían menos sentimientos que los actuales profesores? Realmente creo que no. Los sentimientos siempre han existido en el aula. El problema es que no se tuvo la claridad que se tiene hoy día de que los sentimientos y la comunicación son necesarios en una escuela, tanto para estudiantes como para docentes.

Nuestros alumnos requieren cada vez más que los escuchen por múltiples razones que enumeraremos en otro artículo. El oficio de educar es un reto mayor hoy. ¿Puede la mayoría de los docentes percatarse cuando algunos de sus estudiantes atraviesa por un ciclo depresivo producto de un duelo, problema familiar, amoroso de drogas etc?

No es tan fácil, pero ahí radica el verdadero arte de amar y enseñar. Tampoco me parece madura aquella respuesta de que “para eso existe un departamento de orientación o pastoral”. ¿Acaso no es deber de todo docente orientar e instruir a sus alumnos? Es innegable que los programas nocivos (dizque juveniles, pero que atentan contra ellos), igual que el “chateo vicioso”, y algunos padres de familia “nini” (ni hacen, ni dejan hacer) y la falta de vocación de ciertos docentes atentan contra el proceso de comunicación profesor-alumno. Más de tres décadas después, visité mi escuela de los primeros grados. Me pareció más pequeña y sus pasillos bien cortos. El cuarto oscuro ya no existía, en su lugar había una tienda de refrescos. Muchas cosas cambiaron, sin embargo, el afán de saber, así como la necesidad de afecto estarán vigentes hoy y siempre.

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