INSENSATEZ

La droga del siglo: Julián Alfonso Clarós Morris

Podría establecer una línea de reflexión basada en datos estadísticos o citar una lista de eruditos, investigadores o sociólogos sobre este asunto. Pero, es tan obvia la resultante, que se hace innecesaria tal extrema utilidad de información. O es que, abrumado por la realidad, debo confesar que no es ninguna de las conocidas drogas o alucinógenos la que obnubila a la sociedad actual.

La definición salta a la vista sin ningún pudor. La droga del siglo es la insensatez. Sí, la insensatez. ¿Quién y dónde se la produce? ¿Quién la provee? ¿Son los medios de comunicación sus máximos accionistas?

Parafraseando a mi profesor de historia, “la insensatez no es patrimonio exclusivo de ninguna sociedad ni persona”. Pero, puede ser contagiosa.

Empieza por un temor a enfrentar la duda de lo existente. Recordemos que el origen de la reflexión es el preguntarse acerca del porqué de las cosas y las situaciones. La insensatez se fortalece en la comodidad de no enfrentar el análisis riguroso. Halla su alimento en la interacción con el entorno dócil y manipulable.

Se le puede encontrar en la inmediatez, la moda no creativa, la repetición, los eslóganes... Mas, ha alcanzado un mimetismo tal que puede ingresar con facilidad en ámbitos como la educación, la cultura, el arte, la política, los medios productivos, el empleo y, de forma peligrosa, en el lenguaje. Volviendo perezoso nuestro buen gusto por la comunicación hablada y escrita. Incluso, en nuestro amado idioma castellano, que en boca de Carlos I de España, V de Alemania, es el lenguaje con el que se puede hablar con Dios.

Es de notar que, exagerando en la humildad de lo inclusivo, se pueda llegar a lo permisivo en demasía. La interacción humana requiere de la nobleza de la aceptación de lo novedoso. Sin embargo, todo ello bajo la protección de una madurez en la concepción de los objetivos que implican crecer y expandirse.

Para dar ejemplos iniciaría con las leyes que tratan de proteger a los niños dándoles tanto aliento que se escapan de la autoridad, orientación y signo de sus padres. La resultante: una juventud incontenible e intolerante hasta con su propia generación. Otro ejemplo: la comunicación mediática. Aquella que promueve la libertad como una diosa en sí misma, capaz de destrozar el respeto por la dignidad humana. Y, qué decir de la política partidista, donde hay mucho por hacer y mucho por lograr.

Es probable (y así confío) que esta temible droga no termine permeando a la totalidad de la sociedad. Será vencida por la lucha que ha forjado nuestro entorno. Debe quedar confinada al ostracismo y la soledad. Vencida por la sensatez de las mayorías que aún creemos en una aldea global de paz, prosperidad, respeto, honestidad y esfuerzo personal.

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