EDUCACIÓN

La sinrazón de una huelga: Arturo Rebollón Hernández

Así, como lo indica el título de este artículo, percibimos el resto de los ciudadanos la huelga de educadores. Ellos se quejan de que no los atienden, de que no los toman en cuenta para las decisiones, pero, ¿a quién le interesa dialogar con gente tan obtusa, sin capacidad de diálogo coherente y bienintencionado? Gente que ha perdido la brújula de lo que es ser un verdadero educador y que prefiere comportarse como quien carece de educación, cuando su intelecto y su raciocinio debieran ser sus mejores armas para lograr una negociación favorable.

Cualquier argumento de solicitud de ajuste salarial se cae ante la falta de reconocimiento de las fallas existentes en su rendimiento intelectual. Mientras no exista una separación entre los educadores compenetrados con su labor y conscientes de lo que de ellos se espera, y los que están allí, buscando un trabajo suave o porque no encuentran en otro lugar, será imposible hacer una justa evaluación.

La dirigencia insiste en la perpetuación de la mediocridad, como medio para mimetizarse con el ambiente, pasar inadvertidos, cobrar sin hacerle frente a la responsabilidad de realizar tan noble labor. Cuando lo que se quiere y se necesita es diametralmente opuesto: educadores que se destaquen, que sean ejemplo de tenacidad, honradez y buenas costumbres; que inspiren en sus estudiantes el amor al estudio como medio de superación; que le abran los ojos a nuestros jóvenes, inculcándoles que es posible tener un mejor destino que el que parece señalarnos las circunstancias.

Los educadores deben ser factores de cambio, sembrar ideales, ayudar a salir a los jóvenes del círculo de pobreza. Pero con estos movimientos huelguísticos, carentes de solvencia moral y educativa, solo hunden sin remedio a los estudiantes en la pobreza, no solo física, sino intelectual y moral.

Lo anterior puede ser considerado como un crimen de lesa humanidad contra toda una generación de los hijos de humildes panameños que se ven forzados a optar por la educación pública, al carecer de ingresos para optar por una educación privada y de superior calidad.

Muchos padres se enfrentan a la disyuntiva de dejar a sus hijos en manos de estos promotores de pobreza y miseria humana (hijos que enfrentarán la vida con desventaja) o endeudarse y pagar por una educación de mejor calidad, con lo que darían al traste con su presupuesto, encareciendo su canasta básica, porque la educación es un bien básico al que todos tienen derecho, sobre todo, los pobres, pero que es conculcado por estos seudoeducadores preocupados por dar lo mínimo de sí, solo lo suficiente para cobrar, religiosamente, todas la quincenas.

Si no quieren trabajar como verdaderos educadores... ¡que renuncien!

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