FOMENTAR LA CREATIVIDAD

¿Para qué sirve un Ministerio de Cultura?: Javier Stanziola

Como economista, escuchar que un gobierno –de cualquier país– está planeando establecer otro ministerio –de cualquier cartera– me provoca agruras. Un nuevo ministerio significa riesgo de clientelismo, burocracia e ineficiencia. Al mismo tiempo, un par de décadas estudiando políticas culturales en Latinoamérica, Europa y Asia me han convencido de que un Ministerio de Cultura y la ley que lo crea tienen el potencial de despertar y explotar el capital social y económico de las industrias culturales de un país.

Países de todo tipo de tendencia ideológica –desde China, Inglaterra y hasta Colombia– han incluido las artes escénicas, museos, cinematografía y las artes plásticas en sus listas de industrias prioritarias. Estos países han invertido acertadamente en políticas y estrategias que promueven el uso de la creatividad e innovación –funciones casi inherentes del proceso artístico– como fuente de inspiración para el desarrollo sostenible.

En China, los parques de negocios de industrias culturales son focos de crecimiento económico y se han convertido en un ingrediente casi esencial para incentivar el desarrollo urbano.

Colombia se ha convertido en país modelo por su proceso ampliamente participativo para crear e implementar políticas culturales. Es más, Colombia, igual que Brasil, es reconocido a nivel mundial por proyectos que canalizan la creatividad artística en el proceso de animación social en comunidades afectadas por la violencia y la pobreza.

En Panamá, las consultas sobre la Ley General de Cultura nos indican que el nuevo ministerio vendría con dientes y espuelas.

El proyecto incorpora elementos que incrementarían el impacto ministerial a nivel nacional y asegurarían su sostenibilidad. La propuesta enmarca al Ministerio de Cultura como parte esencial de una red de ministerios, políticas y comités que persiguen objetivos sociales, educativos y desarrollo humano en general. La propuesta también busca encontrar el balance entre la formulación de políticas a nivel central y su implementación a nivel local.

El Fondo Nacional de Cultura –que sería financiado en parte por los impuestos que pagamos por el cine y el popcorn– y la creación de incentivos tributarios para los que donen fondos a las industrias culturales, fortalecería la creciente pero frágil oferta cultural en Panamá y su impacto social. Después de todo, la industria publicitaria pasó de cenicienta a coloso cuando las leyes tributarias a principios del siglo XX comenzaron a favorecerla.

Esperemos que la ley pase y que el ministerio se establezca a la mayor brevedad posible. Este nuevo ente debería tomar en cuenta las lecciones de otros países. En muchos países europeos y latinoamericanos el concepto del artista como genio, que trabaja solo o sola bajo la inspiración de una musa, determinó políticas culturales la mayor parte del siglo XX. En muchos casos, grandes fondos fueron destinados a artistas sin un proceso transparente de monitoreo y evaluación por temor a ser acusados de censura o de coartar la creatividad.

Hoy en día, el proceso artístico es visto como producto de una compleja red social, cultural y económica. Esto requiere enfocar al artista como socio en el proceso de implementación de políticas culturales. No como su objetivo.

Al final de cuentas, la cultura, su proceso y contexto –sobre todo si es apoyado por impuestos– no solamente tiene que ser excelente, sino también ser para todos.

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