APRENDIZAJE

Lo poco que sabemos sobre la sociedad que queremos: Felipe Echandi Lacayo

Muchos comentaristas apuestan a que sus “opiniones” son las correctas, pero en realidad escriben con una olímpica falta de atención, no solo ignorando datos y realidades compartidas, sino también faltando al esfuerzo de involucrarse intelectualmente con la posición que se refuta. Arriesgándome a causar un poco de escozor (por el que me disculpo de antemano) y en aras de promover un sano debate, cito el caso de un apreciado comentarista que en estas páginas cometió el pecado que tanto critica al describir de forma incorrecta la llamada Escuela Austríaca de Economía.

Debido a la gran cantidad de variables en juego, naturalmente se han desarrollado diversas visiones que explican la acción humana. Una de estas posturas es la sostenida por los miembros de la escuela económica representada, entre otros, por Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek.

Hayek, admirador intelectual y amigo de Karl Popper, sostuvo que la curiosa tarea de la economía es demostrar a las personas lo poco que en realidad saben de lo que se imaginan que pueden diseñar. En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Economía en 1974, advirtió sobre “la pretensión de conocimiento” de muchos economistas que en ocasiones han pasado (quizás demasiado) tiempo en los claustros académicos y cuyas teorías solo operan en universos ficticios, poblados por el homo economicus, un ave rara jamás vista en el mundo real.

Mises, el otro gran representante citado, abogó por la separación de la economía de lo “estrictamente” moral, dedicando gran parte de una de sus obras, Teoría e Historia, a recalcar la importancia de que la ciencia económica sea avalorativa. Si bien se puede reconocer que este punto no es uniformemente aceptado entre miembros posteriores de la Escuela Austríaca, decir que la mayoría de sus integrantes sostiene que la economía es “estrictamente” un tema moral es claro ejemplo de una falta de involucramiento intelectual con lo que se busca refutar. La Escuela Austríaca, con su particular método, no equipara al ser humano actuante con objetos inanimados, empaquetando todo su comportamiento en estadísticas para luego extraer predicciones cuantitativas de dudosa exactitud. Esta escuela reconoce que los individuos actuamos con base en lo que subjetivamente consideramos preferible en un momento dado, y no estamos determinados por estadísticas, que no son más que una documentación del pasado.

Se sugiere que si se le da rienda suelta a este subjetivismo a la hora de actuar, se le da también rienda suelta a la búsqueda del interés egoísta individual y del poder, vicios supuestamente consustanciales al ser humano. Se argumenta que en países como Panamá, donde hay élites contrapuestas en el manejo de sectores clave de la sociedad, este subjetivismo peca de ingenuo. Aquí cesa la discusión económica y comienza la política. ¿Tendría entonces que venir un Big Brother, un salvador, un todopoderoso Estado que aplaque esta sed de poder y egoísmo? Al igual que el poeta romano Juvenal me pregunto: ¿Quién custodia a estos custodios? ¿Quién es capaz de concentrar todo el conocimiento en la sociedad para planificar una mejor vida para todos y cada uno de nosotros? ¿Quién es capaz de predecir nuestros gustos y necesidades futuras con tal claridad como para poder decidir por nosotros hoy? En resumen, ¿quién debe poder arrogarse la potestad de pensar por todos nosotros?

La cooperación social voluntaria, probablemente la fuerza primordial que ha impulsado a la humanidad a mejorar su situación material, intelectual e incluso espiritual, es solo posible si se nos permite a los individuos actuar según nuestras propias valoraciones. Esto podrá, en (muchas) ocasiones conducirnos al error, lo que será una experiencia de aprendizaje, si no para nosotros, al menos para otros.

Esto no es un llamado a la anarquía o al desorden. Simplemente es un llamado a tomar en cuenta una teoría que lejos de considerar a las personas como seres masoquistas autodestructores, considera que solo a través de la división de trabajo organizado de forma voluntaria, se podrá progresar, de la forma y bajo la definición que a través de las millones de decisiones individuales que vayamos tomando, todos en conjunto, decidamos hacerlo.

No es sorpresa que muchos liberales valoremos este tipo de teorías, no solo por su validez y rigor intelectual, sino por sus repercusiones prácticas. Nuestro casi sacro respeto a la individualidad ajena, y nuestra anteposición de la libertad sobre la utopía, nos llevan a adoptar una postura intelectual humilde. Al fin y al cabo, no buscamos justificar imposiciones (bienintencionadas o no, pero imposiciones de cualquier modo) de comités tecnocráticos o de académicos que no solo pretenden conocer las necesidades, vida y experiencia de todos, sino que afirman poseer, como Casandra, el don de la profecía, que cada año que pasa, nos damos cuenta de lo poco acertado que es.

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