EL MALCONTENTO

El ´supraestado´ fallido: Paco Gómez Nadal

Es mejor algo que nada y para sobrevivir nos toca ver las botellas vacías con algo de líquido esperanzador. Pero la realidad es terca y reniega de los análisis ingenuos.

Cuando Europa se autodestruyó por segunda vez y, de paso, se voló unos cuantos territorios de África y Asia, los Estados-Nación occidentales se inventaron la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que hoy conocemos. Esta tiene un problemita desde el nombre, porque no es una organización de naciones, sino de Estados. No voy a entrar aquí a disertar sobre las diferencias de las naciones y los Estados, pero son muchas y no menores.

Discurso oficial-optimista: la ONU es una organización bondadosa que ayuda a los parias del planeta, defiende los derechos humanos (los que ella aprobó, no los reales), deshace entuertos, tiene unos soldados con un casco azul que son resimpáticos y ayudan a la población civil y arbitra en el embrollo intraplanetario a falta de que poblemos otros asteroides.

Versión real-pesimista: la ONU es una institución financiada por los Gobiernos en la que mandan los que más dinero ponen y los que se la inventaron; sufre un déficit democrático brutal que se manifiesta de manera dolorosa en el Consejo de Seguridad; solo impone sus resoluciones cuando afectan a países de la periferia, y, aunque en su interior hay gente noble y de buenas intenciones, sufre de superestructura de funcionarios que se suponen una élite mundial mejor pagada que nadie y de demostrada ineficacia (dados los pobres resultados en la mejora del planeta en los últimos 50 años).

Estoy seguro de que entre ambas versiones hay cientos de matices y muchas discusiones pendientes, pero lo cierto es que la ONU no es una ONG, sino un supraestado fallido porque ni los Estados poderosos ni los Estados parias están dispuestos a ceder ni un milímetro de su “soberanía” a cambio de una gobernanza global justa y centrada en los derechos de las personas, las comunidades y los territorios.

¿Por qué me ha dado esta furia repentina? Sencillo. Veo que el relator especial para los derechos de los Pueblos Indígenas, James Anaya, visita Panamá y sé que, una vez más, el resultado de sus “inspecciones” será paupérrimo. Los pueblos originarios de Panamá y las organizaciones de derechos humanos y ambientales habrán depositado muchas esperanzas en Anaya, habrán preparado informes y ponencias que este escuchará con atención. Pero no pasará nada. ¿Por qué? Porque Anaya, a pesar de sus buenas intenciones, trabaja para que no ocurra nada. La ONU emite informes periódicos y coyunturales, envía cartas secretas regañando a los Gobiernos, sus funcionarios practican el “buen-rollismo” con “los nadie” de América Latina, pero el resultado es nulo. En Panamá no se ha hecho justicia en ninguno de los casos de violación de los derechos humanos contra los pueblos originarios, hay despojo territorial y trato racista por parte del Estado todos los días, pero la ONU recomienda a estos pueblos paciencia, negociación, aceptación de que la realidad es dura y de que la impunidad es un mal congénito contra el que nada puede hacer.

Y es cierto, la ONU no puede ir en contra de los Gobiernos que la sostienen. Recuerdo el caso de un representante del Alto Comisionado de los Derechos Humanos en Colombia al que se le ocurrió la peregrina idea de cumplir a rajatabla el mandato de su oficina. El expresidente Álvaro Uribe tardó poco en exigir a la ONU su salida del país y el supraestado se dio prisa en cumplir los deseos de ese mandatario con múltiples acusaciones de delitos de lesa humanidad a sus espaldas.

Igual ocurre con el vergonzoso papel de la ONU en sus esfuerzos por reducir las emisiones de gas invernadero o en el juego que le está haciendo a las multinacionales de la “economía verde”.

La semántica de la ONU es una. La realidad es otra. Y, entre medio, a los pueblos les toca seguir aportándole a esta organización porque no hay casi nadie más en el planeta que los escuche.

Un periódico nacional tituló el sábado: “Indígenas ngäbe-buglé se desahogan con el relator de la ONU James Anaya”. La primera vez que lo miré... me iba enfadando. Y luego pensé: “es la realidad, los indígenas están de terapia... se desahogan con Anaya aunque sepan (porque lo saben) que les va a servir de poco”.

No es la ONU la única instancia internacional fallida. La OEA y sus diferentes tentáculos, la OIT y todo el marco internacional de derechos humanos están en crisis. La realidad las desborda, los Estados se ríen de ellos y las multinacionales (legales e ilegales) van mucho más rápido que ellas.

La ONU, que habitualmente habla de los Estados fallidos, debería hacerse un examen periódico universal a sí misma. Sería un buen principio para recuperar la confianza dilapidada.

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