PROPORCIONALIDAD

El hampa social en tiempos de escándalos financieros: Gino Osellame R.

El hampa, como término criminológico y social, siempre ha estado relacionado a los grupos delincuenciales, o bien, a los actos criminales individualizados que, sumados, componen una generalidad delictiva sucesiva en perjuicio de una sociedad determinada.

En principio, el hampa es una consecuencia negativa que surge de los vicios mismos de la comunidad y de la infortunada voluntad de adquirir recursos o bienes de manera ilegal, es decir, haciendo lo que está prohibido por la ley, ya sea por razones famélicas o, simplemente, por el descontrolado consumismo.

Este término ha sido el estigma de las clases sociales más bajas. Los grupos de pobreza extrema, los olvidados por la sociedad y los arrinconados en la periferia de los asentamientos urbanos, son quienes ostentan este término, como sustantivo, aunque se conjuga con el de marginalidad para cualificar y cuantificar en estadísticas criminales a los delincuentes, mal llamados, “comunes”.

El riesgo es que el hampa común mute a delincuencia organizada, cuyos miembros sistematizan el trabajo colectivo en aras de obtener un beneficio común, bajo la égida administrativa de un capo, jefe o don, amo de vidas y señor de la muerte.

Es por lo tanto un grave problema de seguridad personal, de orden público y de perturbación social. Ahora bien, traído a nuestro modelo histórico de producción –la llamada economía de servicios– encaja perfectamente en el desarrollo de nuevos conceptos construidos sobre los pilares de una sociedad carente de los valores que son ineluctables para edificar una nación, un país, vivir en un común equilibrio y para sostener, precisamente, dicho modelo económico.

En este sentido, el hampa será proporcional al tamaño de los males que subyacen en la sociedad que se trate, y sea común o no es una dolencia que se mimetiza orgánicamente con otros elementos, como el económico, el político, el jurídico y el ético, solo por mencionar algunos.

Este análisis somero nos lleva a deducir, entonces, que en adición al hampa común –de los marginales– marchan de la mano otros tipos de hampa: política, financiera, jurídica y moral, que conforman el circuito que podríamos llamar el ciclo nacional del hampa. Veamos:

1. El hampa política, articulada por personas desvinculadas de las buenas prácticas de gobierno y que utilizan el poder que da el sufragio y la representatividad para beneficio propio. Gorrones de los recursos del Estado, que lo empobrecen, endeudan e hipotecan al tenor de discursos paternalistas de progreso y desarrollo del país.

2. El hampa financiera, compuesta por miembros de las élites sociales. Acumuladores de capital que para sostener su enclave social usan el mercado para que, en apariencia del cumplimiento de la ley, esta sea evadida en abierta violación a la libre competencia y concurrencia del mercado, y así obtener los beneficios que le son negados a otros, que sí se someten a las leyes.

Para este grupo de criminales, las normas de prevención en riesgo deben ser eliminadas o exceptuadas, dependiendo de quién se trate, mientras que los reguladores solo deben conducir la consecuente crisis, cuando ya constituyen un hecho materializado.

3. El hampa jurídica está conformada por un grupo de actores que, con saco y corbata y en contubernio con los políticos de turno, preparan la plataforma normativa que les servirá a los sectores previamente citados para ejercer las acciones criminales, sin que parezcan tales.

Defensores del statu quo e ingeniosos expertos en la institucionalización de derechos, que la sociedad termina no percibiendo.

4. El hampa moral está compuesta por miembros de la sociedad que basan la coexistencia en la más pingüe ignorancia, la negligencia, el desinterés y el individualismo. Dándole vigencia a un postulado consuetudinario que merma elementos tan sensitivos de la sociedad, como la familia, la vecindad, el medio ambiente y, por supuesto, los derechos.

El engranaje de estas actuaciones colectivas crea una especie de cordura social que termina siendo tolerada por el conglomerado, en general, pero cuyo precio más infame es la sumisión y la defensa de lo incorrecto.

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