CORRUPCIÓN

Sin tío que valga: Berna Calvit

La palabra corrupción está en boca de todos. Y como exorcismo religioso con “Vade retro, Satanás”, la palabra corrupción se conjura con la palabra honestidad, ambas de uso diario pero que en referencia al gobierno Martinelli rompe todos los récords (corrupción, por supuesto). La palabra no estuvo tan “sopeteada”, ni cuando los “afudólares” del escándalo Cemis; ni cuando en el gobierno de Moscoso se ordenó hundir a balazos el helicóptero HP-1430 que airoso y terco flotaba en las costas de Farallón; ningún gobierno ha estado exento de su cuota de escándalos y corrupción pero los dos que menciono son de especial recordación por los objetos de los casos (helicóptero y afudólares). Pese a descarados y frecuentes actos turbios del gobierno anterior el pueblo se mostraba indiferente. El caso Financial Pacific, de tan alto perfil, agravado con la desaparición de Vernon Ramos, se dejó a la deriva. Panamá estaba en el puño de Martinelli, dueño del partido Cambio Democrático (los otros eran satélites). Pero el pueblo le pasó factura y quedó vestido y alborotado con su fallido plan de cinco años más en el poder.

Ahora que se empieza a conocer cómo se tejía la telaraña de negocios sucios, ¿puede imaginar lo que nos hubiera costado la prolongación de CD en el poder? ¡De espanto! La ventolera que levantó el uso de fondos estatales para favorecer candidatos oficialistas (y algunos disfrazados de oposición) en la campaña pasada se tornó en viento huracanado que empezó a deshacer la estatizada telaraña de corrupción. En septiembre 2014 en este diario, La Prensa, aparecieron las primeras informaciones sobre las propiedades de Alejandro Moncada Luna, magistrado presidente de la Corte Suprema de Justicia; el 5 de marzo de 2015, en una acción digna de encomio por su formalidad y respeto a los derechos del acusado, un fuerte “ramalazo” sacó de su silla de magistrado a Moncada y lo arrastró hasta la prisión. Cómo, quiénes, dónde y cuándo de los negocios sucios ya no es secreto; se desveló pútrida yunta de funcionarios-empresarios para robar miles de millones de dólares que privaron a este pueblo manso del bienestar que debieron procurarle. Se confirmó, más allá de rumores y sospechas, que la concentración del poder favoreció una estructura a la medida de las ambiciones de un presidente que entretenía al pueblo con asfalto y cemento; con su lenguaje y conducta populachera nada digna de su cargo, hacía creer a los ingenuos, a los que se aferraban a esperanzas, que se preocupaba por ellos, que era uno de ellos. Si puede probar que es falso que la trama de corrupción empezaba y terminaba en palacio, que venga. La ley está ahora en buenas manos.

Merecen un reproche severo los dirigentes de los partidos políticos en general. Por estar negociando espacios para conseguir privilegios, protección, fondos estatales para el clientelismo, y disputándose internamente posiciones de mando, no se ocupan de la formación política con valores éticos, de fomentar conciencia ciudadana en su membresía. Sin haber aprendido la lección, y sin que les importe el “rebencazo” en las urnas, mientras usted lee estas líneas, los diputados están en plena rebatiña, acordando acomodos para la presidencia y las comisiones en el próximo período. ¡Irresponsables! Saben que de los que carecen de educación política se sirven los políticos inescrupulosos que son, por cierto, los que abundan.

Viendo los casos extremos de corrupción vale preguntarnos: ¿por qué? ¿Por qué es el dinero tan determinante para considerarnos afortunados, satisfechos con la vida? ¿Por qué los ricos riquísimos corruptos son insaciables? El dinero nos viene bien a todos; admiro a los que con tesón, creatividad y honestidad se hacen ricos, “acomodados” como llamamos a los que viven bien. Siempre que puedo, cito los valores de mi querido J., que a punta de madrugar y de una vida austera, con su mujer trabajando a la par criaron y proveyeron educación a hijos ejemplares y exitosos que, con el mismo empeño de sus padres son, a su vez, padres de una tercera generación que hoy sigue el camino recto de sus abuelos. Este es un ejemplo de mi medida del valor del dinero; no el de los inescrupulosos que se enriquecen despojando a pobres y necesitados; ni de los que cultivan la adulación para arrimarse mejor al poder; ni de los que practican la ostentación y el hedonismo. Y ¡aleluya! son los que están empezando a desfilar ante la ley que parece haber salido de su vergonzoso letargo.

La corrupción no es causa sino el efecto de leyes que no funcionan o no se aplican; de un sistema institucional ineficaz, desfasado, con burocracia que se esquiva con medios ilegales (coima); del acceso de ineptos a posiciones de poder; del menosprecio a la educación de calidad, la cultura. Son algunas de las debilidades que abren paso al delincuente de cuello blanco que no necesita armas de fuego para robar. ¿Qué queda por hacer? Exigir que se haga todo lo necesario para llevar a los ladrones ante la justicia; pero serán insuficientes las sanciones si no llegan, además, hasta el fondo de sus bolsillos. Si fue el dinero la motivación criminal, despojarlos de lo mal habido es “darles donde les duele”. Se lo merecen. Y sin que haya tío que valga.

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