ENRUMBAR

La última oportunidad: Juan Méndez

Decía Immanuel Kant que el hombre se diferencia de los animales por la capacidad de razonar. Es la razón la que lo hace libre, le confiere dignidad, y es la piedra angular de la moral. De acuerdo con Kant, el camino a la moral es la capacidad humana de razonar con desapego a lo individualmente ventajoso y a los propios intereses, haciendo del hombre un ser único y virtuoso.

Todo orden social propuesto tiene como fundamento el concepto moral. Desde las sociedades aborígenes estudiadas por Margaret Mead, las grandes y pequeñas religiones, hasta las cosmovisiones modernas de la civilización occidental, el fundamento de todo orden social es la moral. Para el puntilloso y exigente, está claro que moral aplica al individuo, y ética, al grupo social. Como es evidente, no hay ética sin moral. Con este contexto, toca contemplar el estado de nuestra sociedad en función a la salud estructural de sus pilares morales, o éticos si se quiere.

La dictadura impuesta por la Guardia Nacional en 1968 fue el primer caso en nuestra historia republicana en el que se acabaron los tapujos y se impuso un mandato arbitrario, trastocando el concepto moral de respeto al orden democrático. Para más inri, el último dictador del “proceso” se destacó por sus prácticas corruptas, despóticas y abiertamente delincuenciales.

Una vez preso el tirano, con el precedente establecido en los poco más de 20 años de dictadura militar, le tocó llevar el rumbo político de nuestra sociedad a un hombre bienintencionado, pero de poco vigor. Su gobierno evitó los desmanes de las pasadas dos décadas, pero poco o nada hizo por establecer parámetros ejemplarizantes para los panameños. De hecho, la conducta inmoral y deleznable de los otrora líderes políticos apenas tuvo consecuencias. Hoy, quien admitió en su momento haber traficado visas de inmigración funge como embajador de la República. La lista es larga.

Las administraciones subsiguientes hicieron lo mínimo por mostrar unos traslúcidos taparrabos de formalidad, aunque no cabe duda de que más que gobernar en beneficio de sus conciudadanos, se dedicaron a enriquecer sus finanzas personales. Unos de una manera más sofisticada que otros, pero con corrupción y latrocinio en fin. Mientras de la clase política no partía el rayo de guía moral para la sociedad, en los medios, en artículos de opinión y en grupos de ciudadanos comprometidos con la comunidad se elaboraban los preceptos de un mejor país y de un rumbo moral. Se notaba una tenue intención por forjar ciertos parámetros de conducta virtuosa para la vida pública.

Y entonces llegaron “los locos” al poder. La observación puntual que hizo la candidata del PRD al entonces candidato del partido Cambio Democrático, llamándolo bipolar y apuntando a su uso de psicotrópicos, fue transformada hábilmente en un eslogan de campaña: “Sí, estoy loco, loco por el cambio” y “los locos somos más”. Con esas artes lograron el 60% de los votos de un pueblo sin rumbo y con pocas esperanzas, por no decir desprevenido, sin idea de lo que le tocaría.

La estrategia fue transparente desde el principio. La caminata con el mazo para derribar el candado de la puerta aquella, en Amador, fue digna del más moderno de los mercenarios políticos importados. ¡Qué “chiquishow”! Pero todos sabemos cómo acabó.

El próximo mazazo fue la destitución de una procuradora que tuvo pocos resultados, pero legalmente establecida. Y empezó la compra sistemática de almas, de voluntades, de la dignidad del panameño, de la decencia del servidor público, la compraventa de jueces y diputados, las amenazas, el uso del poder del Estado contra opositores y medios, la imposición de impuestos para tener las arcas llenas, el allanamiento del camino para el más salvaje y descarado atraco a los bienes públicos desde que los militares –y sus administradores civiles– se sentían dueños del Banco Nacional. De ahí en adelante ha sido manos a la obra.

El poco cimiento moral que algunos empedernidos ciudadanos, que algunos irremediables hombres y mujeres decentes habían ido arrumando a los pilares de nuestra nacionalidad, han quedado desparramados, derruidos. El precedente que se ha establecido es que todo tiene un precio y se puede comprar, que el dólar ha tomado el lugar de la moral como norte y guía de nuestro pueblo. La corrupción como forma de gobierno y modelo de desarrollo económico.

Con estas bases, ¿qué futuro se puede construir? Ejemplos abundan: Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ecuador... Pero, ¿hay aún alguna oportunidad para salvar nuestro país? ¿Qué se puede hacer para corregir el curso o es que ya todo está perdido? Quizá haya remedio. Más acá del milagro, hoy por hoy, podemos contemplar dos alternativas. Una, que el gobierno que resulte de las elecciones de 2014 mantenga el camino del dólar como bandera y la alienación de cualquier prurito moral; es decir, más de lo mismo. El resultado: ya se ha mencionado. La otra alternativa es un próximo gobierno con el valor y entereza moral que resulte en el castigo ejemplarizante y catártico de quienes han establecido el feudo del antivalor en nuestro país. Y empezar entonces a recoger los escombros morales de nuestra sociedad con la idea del mundo que queremos para nuestros hijos. Es nuestra última oportunidad.

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