EL MALCONTENTO

Hasta el último día: Paco Gómez Nadal

Martinelli es un ganador. Le gusta apostar, ganar, presumir de ello, humillar al contrincante. No lo conocemos suficientemente como perdedor. Martinelli ha perdido y ese hecho desencadena varias consecuencias inmediatas que súper Ricardo, el rey del cambio, el empresario que entró millonario y saldrá imputado, tendrá que asumir.

La primera es que menguan los amigos. Igual que Varela ha ganado unos cuantos miles de amigos de infancia que ahora querrán ser sus mejores escuderos (ya se sabe que se gana mucho a la sombra del poder en Panamá), Martinelli se irá quedando solo. Será un espectáculo cuando hasta Luis Eduardo Camacho abandone al jefe y trate de volver a la tolda panameñista para evitar terminar en los tribunales. Él, como muchos, tratan de colarse en el Parlacen para buscar protección, pero a él, como a muchos otros, se le están cerrando las puertas de la institución de la inmunidad-impunidad. Escribía Camacho hace 10 años en este mismo diario que “campaña sucia no es decir la verdad ni recordar el pasado. Lo sucio es insultar o tratar de desacreditar a quienes con responsabilidad y justicia nos recuerdan hechos del pasado, que muestran a los falsos profetas de hoy tal como verdaderamente son”. Si le aplicamos su máxima, enfatizada como adalid de la ética política, tendremos que recordarle su pasado en estos años y buscar las responsabilidades en su gestión. Si aplicamos su consejo, veremos a muchos sucios miembros de este Gabinete rezando para que la endémica amnesia nacional sea suficientemente profunda como para que se olviden de ellos. Será interesante, por ejemplo, ver los derroteros de José Raúl Mulino, la mano dura del gobierno saliente; o de Alma Cortés, la boca dura primero en el gobierno y luego en el paragobierno gestionado desde los call center; o de María Cristina González, la otrora segura directora de Migración y después punzón tapado del Watergate de su querido Ricardo; o de Salo Shamah, que no podrá huir hacia el norte (donde lo tiene prohibido), ni al sur (donde le guardan algunas cuentas pendientes), o de Giselle Burillo, esa gran comunicadora incapaz de contener el veneno en su boca.

El hecho es que irán abandonando al jefe y el jefe, que intuyo que es un mal perdedor, golpeará con fuerza en este último mes largo en el que pretende hacer y deshacer a su antojo para poner todas las piedras en el camino al próximo gobierno y tratar de garantizar su incierto futuro. Da igual que le ponga un precio ridículo al pasaje del Metro, que provoque apagones cibernéticos presidenciales para borrar huellas, que apruebe leyes y decretos a tambor batiente en la Asamblea... Martinelli debe entender que la segunda consecuencia de perder el poder es que ya no le creerá casi nadie.

Cuando se habla como Presidente y se tiene todo bien amarrado, uno puede mentir con casi total impunidad. Cuando se sale es mejor pasar a tercer plano y no hablar mucho. Dudo que el ya casi expresidente entienda esto y ya no tendrá asesores que contengan su irreprimible tendencia a sobreactuar.

Los últimos días de Martinelli, por tanto, van a ser los de un animal herido: en su orgullo, en su locura (esa de la que tanto ha presumido), en su ego y, muy importante, en sus negocios. Esta es la tercera consecuencia. El sistema de alternancia que han establecido los electores panameños significa que cada cinco años hay nuevas botellas en el aparato administrativo y las oportunidades de grandes negocios recaen en las élites entrantes. Martinelli y sus empresarios-funcionarios son las salientes.

Cambiarán las cabezas de los suculentos consulados de Panamá, cambiarán los grandes beneficiarios del gobierno y solo unos cuantos, acostumbrados a navegar en cualquier circunstancia política (como Odebrecht), podrán subsistir.

La cuarta consecuencia de la derrota es que la arquitectura mediática construida por Martinelli y los suyos se desmoronará con toda probabilidad. Veremos ventas de medios y cambios de línea editorial en otros para adaptarse a los tiempos. Algún discreto director de medios se planteará volver al sur del que vino con alguna vaga disculpa; algunos conductores de programas radiofónicos y televisivos se olvidarán de todo lo dicho, de todo lo mentido. Pero la memoria es terca y las hemerotecas, también.

Esa será la quinta consecuencia... las revelaciones empezarán a flotar en el magma putrefacto del Estado. Si cuentan que cuando una mandataria dejó el poder quedaron las marcas de los cuadros en algunas sedes oficiales, ahora habrá que vigilar el borrado de huellas del equipo saliente. Pero por mucho que limpien, siempre habrá agraviados, personas dolidas o no suficientemente beneficiadas en estos años que cuenten lo que saben o den las pistas para rastrearlo. Siempre ocurre. Y alguna verdad se le atragantará al todopoderoso Martinelli que dejará de serlo en la medida en que pierda los nervios. Y ustedes, como yo, saben que los va a perder. Que ya los ha perdido.

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