FRONTERAS INTERNAS

El último tren del año: Mario Velásquez Chizmar

Y se fue vacío. Sus vagones rebosaban de virtuosas herramientas democráticas, afinadas para penetrar la convivencia social con armonía y visión de país. Nadie fue capaz de subirse en él. Para ello, había que renunciar a las prebendas, al tráfico de influencias, a los espectáculos circenses, al clientelismo, a los acuerdos de recámara y a los privilegios burocráticos. A contrario sensu, había que asumir sacrificios, apropiarse conductas transparentes, actuar con aplomo y sensatez, ganar votos con convencimiento, darle la cara al pueblo y practicar la humildad. Valores inalcanzables para aquellos que en campaña supieron dorarle la píldora al votante a objeto que los treparan en el poder.

Los timoneles de la nave tiraron por la borda una excelente oportunidad para contribuir al crecimiento de la patria, para que caminara con luz propia por el glorioso sendero de su continuo e integral desarrollo. Cierto que hemos avanzado. Mucho y variado sudor local han hecho grande y bonito a este país. Como aquellos visionarios que entendieron que un Canal panameño era históricamente necesario para subir varios escalones en el crecimiento y desarrollo de una nación como la nuestra.

Los herederos directos de este pensamiento creyeron que venir así etiquetados bastaría para que el pueblo los reconociese. Las señales emitidas fueron confusas, enturbiaron su legado, primaron las conspiraciones personales. El resultado no podía ser otro. Un gobierno megadepredador, cuya voracidad no alcanza a endulzarse ni con los alegatos de los notables abogados del capo, problemas técnicos que no competen a la comunidad víctima. Vino, entonces, un gobierno cuyo corazón estuvo 26 meses con los abusos del capo, pero que el pueblo prefirió a una propuesta carente de transparencia, desenmascarada, que subióúnicamente por efecto del más degradante y descarado clientelismo, que desarticuló y desarmó al partido que hoy debiera comandar claramente las fuerzas de oposición. Desintegraron a conciencia lo que se construyó con tanto esfuerzo, valentía y sabiduría. Una propuesta que nutrió a sus vástagos a reemplazar la lucha política por el reparto burocrático. El trofeo de la Ola Azul resplandece hoy en el silencio cómplice y la ausencia de militancia.

Ningún pasajero se montó en el último tren que en 2015 salió para corregir el rumbo. Ni para hacer oposición ni para hacer gobierno con visión de país. No han podido tapar el hueco, que crece con el crecimiento del país. La desigualdad es enorme. Panamá tiene muchas fronteras internas que hay que borrar. Somos suficientemente adultos, con altas cifras de crecimiento. Ya toca distribuir mejor la riqueza creada. No subieron los políticos de siempre: adictos al show, devotos del clientelismo, mercenarios del oro, encantadores de serpiente, expertos malabaristas y profesionales del ocultismo. Por supuesto que hay excepciones. No lo suficiente. Este pueblo se merece algo nuevo. No hay tiempo para aprender de cero, pero tampoco hay derecho a “volver a intentarlo”. Con este escenario es duro presagiar un 2016 diferente, pero como amor, fe y esperanza caracterizan esta época, ojalá esta vez se suban al tren.

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