UNA HISTORIA PARA ESCÉPTICOS

La verdad: Xavier Sáez-Llorens

Leí, días atrás, un conmovedor tuit que decía: “El amigo verdadero no cree en comentarios venenosos, confía ciegamente en la amistad y valora sus virtudes” y, acto seguido, su correspondiente réplica: “Admiro a quienes son leales con sus amigos, pero más admiro a quienes son leales con la verdad, por encima de sus amigos”. Inmediatamente después, varios entusiastas de la red social empezamos a debatir sobre el significado del vocablo “verdad”. La verdad absoluta no existe, ni siquiera en ciencia. Lo que hay, ciertamente, son aproximaciones a la realidad.

Pero, para saber si uno está más cerca que otro de esa realidad, mucho dependerá de las versiones e interpretaciones que le demos a los hechos, esas que inevitablemente se fraguan según los intereses e ideologías propias de cada quien.

Concluimos, luego de unos momentos de enriquecedora reflexión filosófica, que no hay nada más peligroso que un individuo que se siente dueño absoluto de la verdad. Esa discusión me hizo recordar el libro de Juan Eslava Galán, obsequio de una entrañable amiga, titulado: “Historia del mundo contada para escépticos”, al que recomiendo sin miramientos.

En esta jocosa obra, el autor hace un recorrido por la historia del mundo, desde tiempos antiquísimos hasta contemporáneos, describiendo con tono humorístico y ameno, pero académico y riguroso, los acontecimientos más relevantes del almanaque universal. Es, quizás, la mejor manera de aprender, en su justa dimensión, la asignatura de historia en colegios y universidades. Al adentrarse en sus páginas, resulta fácil percatarse que a través de los siglos, se vienen repitiendo “los mismos personajes, las mismas guerras, los mismos déspotas, los mismos dogmas, los mismos charlatanes y las mismas sectas”. Uno se ríe a carcajadas, pero quizás lo hace para no tener que llorar.

El escritor, aunque prefiere dirigirse al público escéptico, parece intuir que quienes le sacarán más provecho al libro son los lectores crédulos o ingenuos, esos que piensan que los conquistadores estuvieron motivados por ideas altruistas o que los evangelizadores deseaban llevar el progreso a la gente atrasada, sin darse cuenta de que el poder, la codicia y el egoísmo han sido siempre las grandes motivaciones de la humanidad. La obra sirve, además, para las personas que olvidaron la materia enseñada durante la adolescencia y no recuerdan, por ejemplo, la existencia e importancia histórica de los asirios o los fenicios.

Este ensayo es, sin duda y a propósito, políticamente incorrecto. El autor no asume genuflexiones ni exalta a íconos ecuménicos o héroes tradicionales. Ataca por igual al comunismo y al neoliberalismo. Los primeros capítulos arrancan cuando nuestros parientes simiescos decidieron bajar de los árboles y adquirieron postura erguida en dos patas, dando origen a la especie humana, la plaga más depredadora del planeta. Describe al fuego como el primer descubrimiento propiciador de progreso social. La revolución neolítica, siglos más tarde, caracterizada por el sedentarismo y desarrollo de la agricultura, permitió la acumulación de excedentes, fenómeno que dio cabida a la distinción de clases sociales que todavía impera en la actualidad. En varios pasajes de la narrativa, se mofa de la repudiable monarquía hereditaria. Prosigue con una crítica al nacionalismo, al que define como “ancestral tontería de la que tanta gente improductiva y enredadora vive en los años modernos”.

Las invectivas a las religiones (a todas) son devastadoras. Arremete contra el negocio de la fe, retratando a las instituciones eclesiales como entidades eternamente aliadas con el poder, que se sostienen por “fantasías ultraterrenas inventadas por una casta sacerdotal que saca provecho de la credulidad ajena”.

Resalta algunos buenos momentos que ocurrieron en el siglo XVIII, cuando pueblos se levantaron contra la religión y el gobierno tiránico, “las dos principales lacras de la humanidad” o cuando plebeyos se enfrentaron a monarquías presididas por “reyes holgazanes, vividores, viciosos y papanatas”.

Eslava Galán señala que el comunismo emergió con la promesa de redimir al proletariado en particular y al género humano en general, pero acabó siendo un fiasco, aunque nunca faltaron intelectuales que lo defendieran (Sartre, Neruda, Alberti, Semprún). Es sorprendente, dice, que personas de probada inteligencia y dotadas de apreciable discernimiento hayan alabado a la URSS de Stalin, a la China de Mao o a la Cuba de Castro. Cuestiona a los líderes sindicales de hoy en día que se resisten a perder su dignidad trabajando.

La obra culmina criticando la globalización, un fenómeno que ha modificado la ancestral explotación del pobre por el rico para reemplazarla por la de los países pobres por los ricos. Se hace un paralelismo de las grandes migraciones que acabaron con Roma al comentar de los riesgos que supone la acogida en Europa de la inasimilable cultura musulmana. En ese contexto, muestra una sangrante ironía, cuando escribe que las mujeres afganas ven la vida color de rosa, el color dominante de las rejillas del burka. Resulta curioso que las corrientes salafistas proclamen que el corrupto y decadente Occidente “no tiene nada que ofrecerles”, ignorando los avances en oportunidades profesionales, igualdad entre los sexos, escuelas laicas y derechos civiles, ampliamente desconocidos en naciones árabes.

Es más que evidente, por tanto, que toda verdad es relativa. Como decía Antonio Machado: “Tu verdad no, la verdad. Y ven conmigo a buscarla; la tuya, guárdatela”.

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