DELINCUENCIA JUVENIL

La verdadera solución

Quiero felicitar al Presidente de la República por su ímpetu y deseos de servir a su patria. Esperamos que continúe así por el bien de todos. Los que buscamos el bienestar del país, por encima de todo interés mezquino, no seremos un obstáculo con una falsa oposición a las buenas acciones.

El gobierno del cambio planea implementar una serie de medidas represivas como eje central para combatir delincuencia juvenil, y dentro de las acciones de represión que se han mencionado están: el aumento de penas a los menores infractores, dotar de un mejor armamento a la policía, mejorar el salario a la policía y la construcción de más infraestructura carcelaria para delincuentes. Es decir, se han puesto en marcha acciones de represión contra los que están sitiando las calles delinquiendo. Ante este panorama bélico y de batalla campal en el que estamos sumidos, me hago la siguiente pregunta: ¿resolverán estas medidas, en las que se gastará una parte de los recursos estatales, el problema de la delincuencia juvenil?

Resultarían insuficientes estas medidas y, hasta cierto punto, inalcanzable la seguridad que todos deseamos, si solo se aborda el problema por los ramales y no desde la raíz. Para ser realmente efectivos en el combate a la delincuencia juvenil, las autoridades y la sociedad en su conjunto deben enfocarse en contrarrestar también las causas que originan este problema.

Esto es, porque las medidas de represión solo actúan contra los que están delinquiendo y no sobre la gran masa de los que se están formando. Los que están delinquiendo son solamente “la punta del iceberg”. Y lo que es peor, el fenómeno de la delincuencia se incrementa con el tiempo.

La aplicación de una política integral que incluya la prevención para combatir la delincuencia la han respaldado grandes juristas y autoridades expertas en el tema, como la procuradora general de la Nación, Ana Matilde Gómez. Además, organismos internacionales como la Unicef señalan que los gobiernos y la sociedad deben velar por preservar la integridad de la familia, como medio efectivo para prevenir la delincuencia juvenil. Es la sociedad la que tiene el deber de ayudar a la familia a cuidar y proteger al niño en su crecimiento y asegurar su bienestar físico y mental. Y es el Estado el que tiene que marcar las pautas para custodiar los intereses de la familia panameña y, por ende, del país.

El Gobierno, difícilmente, podrá cambiar a las familias que ya tienen serios problemas de desintegración o a los jóvenes que presentan serios problemas de comportamiento; pero, lo que sí puede hacer el Gobierno -porque sí está en su poder- es crear el medio adecuado, propiciando los mecanismos y creando las condiciones -con la aplicación de medidas concretas- que garanticen que la familia como célula básica de la sociedad se desarrolle saludablemente.

Como lo expuso el ministro de Gobierno y Justicia, José Raúl Mulino, el tema de delincuencia juvenil es muy complejo, al sostener que: “…está relacionado con problemas que van desde los familiares hasta los relacionados con la deserción escolar...”.

Pero si hacemos un análisis profundo del problema, encontraremos que en esencia este se debe a: 1- Falta de equidad, que crea marginación y pobreza. 2- La promoción y exaltación de antivalores, vicios, sexo y violencia.

En otras palabras, aquellos que no cuentan con recursos viven en condiciones infrahumanas, no tienen acceso a un trabajo digno y a una educación sólida; sumado a ello, tienen una exposición temprana a formas que desvirtúan las normas o reglas de comportamiento correctas en la sociedad, en las que se exalta y promocionan conductas negativas como si fueran positivas. Podrían enrumbarse a formas ilegítimas e ilícitas para alcanzar las metas que reconocen las sociedades como exitosas; son tierra fértil para la delincuencia.

El Gobierno debe dar prioridad a medidas de prevención: elaboración de programas que trabajen con jóvenes en riesgo o en lugares marginados por la pobreza; políticas generadoras de empleos bien remunerados y el acceso a la educación de calidad que evite la deserción escolar. Además, es necesario que se regulen los programas con un alto contenido violento y sexual. Con la gran difusión de programas chabacanos y violentos en la radio y la televisión, no podemos esperar que la juventud actúe responsablemente. Si queremos un cambio, todos tenemos que aportar, incluso los medios de comunicación.

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