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DESPECHO

Otra vez la palabra: Berna Calvit

No recuerdo dónde leí “Las palabras tienen la palabra”, frase que me guardé en el bolsillo de la memoria. Hace años dije sobre las palabras, tema recurrente en mis artículos, “escribí porque un amanecer o un anochecer sentí la necesidad de sacarlas de la jaula en la que revoloteaban inquietas, ansiosas de volar libres... Pero la mayor de las veces he escrito para dar voz a alguna protesta que se negaba a someterse al silencio... Engarzadas, las letras se convierten en palabras de oro, cobre o acero; pueden tornarse livianas como el aire o pesadas como el plomo; crueles como un latigazo o dulces como la miel. Con ellas se puede enamorar, mentir, poner sabor a los colores, halagar, fustigar, jugar, matizar el dolor y la alegría, perdonar, etc.

Todas las palabras registradas en el Diccionario de la Lengua Española, desde la a hasta zuzón despiertan mi curiosidad...”. Cuando tengo un diccionario a mano, abro una página al azar para ver qué palabras me tocan en suerte; es como jugar a la lotería, pero “jugar al diccionario” siempre es ganancia. Hace unos días, caí en la página de palabras que empiezan con put y aprendí una nueva: putrílago, término médico que significa “materia pultácea producida por la necrosis de los tejidos gangrenados”. Y así, brincando páginas aprendo palabras nuevas que tal vez nunca usaré, pero que me hacen pasar buenos ratos y alivian malestares, como el que sentí cuando leí que la Cadena de Frío va a ser negocio de casi fifty-fifty con la empresa privada, como dice el Chapulín Colorado, “lo sospeché desde un principio”. Y hasta olvido a Lavítola, cárceles, helicópteros, hospitales en pésimas condiciones, coimas, etc.

No imaginé que un tuit presidencial me llevaría a buscar la palabra “despecho”, generalmente usada en asuntos de amores en los que uno de la pareja le hace una mala jugada al otro, casi siempre infidelidad, que en panameño llamamos “un queme”. ¿Por qué tildó de despechadas el presidente Martinelli a esas cuatro inteligentes, valientes señoras conocidas en el ámbito del derecho, la política y los problemas sociales? Las señoras invitadas al programa Debate Abierto que conduce Álvaro Alvarado en Telemetro, le dieron al presidente una buena zarandeada, ¿pero a santo de qué decirles despechadas? No usó sus palabras favoritas para atacar o defenderse: babosadas, bochinches, gordas, corruptos, vagos... Despecho, del latín despectus (menosprecio)- significa “Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad” (DRAE). Allí está el significado, clarito como la luz que brilla en los ojos de un bebé. En momentos en que se realiza en Panamá el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, tal vez alguno de los académicos podría ilustrarnos sobre el uso de “despecho”, porque mire usted, desvalorar es quitar valor; desuñar es quitar o arrancar uñas. ¿Es despecho, quitar pechos? Estas son las curiosidades del lenguaje.

Pues las cuatro mujeres tildadas como despechadas son inteligentes, activas en política, figuras destacadas y tienen buenas razones para ser “pechonas”: Ana Matilde Gómez, la injustamente crucificada exprocuradora general de la Nación; Teresita Yaniz, exdiputada y mujer extraordinaria de temple probado; Lorena Castillo, atractiva y carismática figura del periodismo televisivo y activa esposa de un político; e Idalia Martínez, abogada valiente y candidata independiente por San Miguelito. En el lado de despechadas podría incluir un grupo grande de mujeres que el espacio no me permite citar y entre las que me incluyo.

Ahora bien. De algo estoy segura. Ninguna de las cuatro despechadas tiene razones vanidosas; sus razones son iguales a las mías, que siento despecho por haber sido engañada, por las mentiras, prometieron honestidad, justicia imparcial, buen uso de la riqueza nacional, ocuparse de los más desprotegidos, los cacareados “imperdonables”. Y han incumplido casi todo lo prometido. Por tanto, a mi juicio, no ofende sentir despecho de esta naturaleza. Creo, también, que las dificultades del presidente con la riqueza del léxico y el control del músculo más fuerte en el cuerpo humano hizo que, como le es característico, soltara la primera palabra que se le ocurrió; le va mejor cuando se ciñe a la lectura. ¿Quiso decirles a las señoras buscapleitos, gallitos de pelea, peleonas, necias? A lo mejor. Pero decir “les mando un beso” es una “repelencia” más propia de un burdo e incorregible Chello Gálvez que del primer mandatario de la Nación.

Por respeto a todas las mujeres, despechadas o no, me abstengo de copiar el terrible comentario, en la versión digital de un diario, de un lector que para expresar su aprobación al tuit presidencial arremete con violencia inaudita contra las mujeres. Reacciones así son las que fomentan la palabra irrespetuosa, altisonante, soez. Y si de ñapa se le agrega “rambulería” ...

Las palabras tienen peso, consecuencias, eco. Las palabras inadecuadas pueden desatar una tormenta; provocan, inquietan, despiertan la ira del manso. O hacen surgir ingeniosos eslóganes como: “Las despechadas somos más”, “Soy una despechada pechona”, “Despechadas unidas, jamás serán vencidas”, “Hemos avanzado, el despecho continúa”, etc. Para finalizar, de Tales de Mileto: “Muchas palabras no dan prueba del hombre sabio, porque el sabio no ha de hablar sino cuando la necesidad demanda, y las palabras han de ser medidas y correspondientes a la necesidad”.

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