MODERNIZACIÓN

Un viaje hacia el futuro: Roberto Alfaro E.

En el mundo contemporáneo el éxito se denomina “comunicación o conectividad”, estos elementos o herramientas son los que diferencian a los países del primer mundo y, sin duda alguna, han hecho crecer sostenidamente las economías.

Panamá ha sido bastante efectivo, desde el final de la dictadura, en ir gobierno tras gobierno efectuando, de acuerdo a sus ingresos, las inversiones necesarias para mejorar nuestras comunicaciones internas y externas.

Hemos sabido crear las condiciones para que la empresa privada pueda desarrollar sus negocios y servicios. Pero es importante aclarar que comunicación no es solo poder tomar un celular y hablar desde las montañas del Barú a la comarca de Guna Yala o para comunicarme desde China con mi oficina, en Panamá; son muchas otras cosas, igual o más sustanciales que esa.

Por ejemplo, haré mención de las comunicaciones marítimas, terrestres, aéreas, ferroviarias, portuarias, etc. Resulta muy usual que tomemos las cosas extraordinarias que están sucediendo actualmente a nuestro alrededor, como el resultado de una combustión espontánea; eso no es así.

Podemos destacar, sin lugar a dudas, que de no ser por el hub aéreo que la empresa Copa ha ido creando a través de muchos años, no tendríamos hoy el auge turístico ni las cientos de empresas internacionales que se han establecido en nuestro país; tampoco, las tantas cadenas hoteleras ni los millones de pasajeros en tránsito. El éxito de nuestra aerolínea insignia no hubiese sido posible, si el Estado panameño (que somos tú y yo) no invierte cientos de millones de dólares para crear las condiciones físicas y logísticas que requieren los aeropuertos, a fin de manejar dicho apogeo.

Igualmente, podemos destacar que de no ser por las inversiones billonarias que las empresas operadoras portuarias han hecho, no existirían incrementos en el movimiento marítimo de carga, ni sería Panamá un centro de trasbordo que sirve a toda Latinoamérica. Pero tampoco esto hubiese sido posible, si el Estado (otra vez tú y yo) no les otorga en concesión los mejores terrenos, en las riberas del Canal, ni las exoneraciones fiscales importantes o si no tomamos el riesgo de invertir billones en la ampliación del Canal.

Hago un paréntesis solo para destacar que hace 20 años cuando presenté, como ministro, ante la Asamblea Nacional el proyecto para otorgar la primera concesión portuaria privada en la provincia de Colón (puerto de Manzanillo), muchos legisladores me tildaron de coimero y de estar regalando los bienes del Estado.

Si bien las obras arriba mencionadas, y muchas otras, han sido clave para el desarrollo y para estar en la posición en la que estamos hoy, para mí el eslabón más importante de toda esta cadena de éxito es nuestro recurso humano. Sin mano de obra calificada, nada de lo anterior sería posible. Pero, este importante crecimiento ha ido absorbiendo no solo la que disponemos, localmente, sino que esta migra a otros países de la región, al punto de que resulta difícil para cualquier empresa obtener ese importante recurso.

El Estado (de nuevo tú y yo) tendrá que invertir muchos cientos de millones más para cubrir la demanda de profesionales y técnicos que requiere, de lo contrario, el crecimiento del país se ralentizará.

Los índices de productividad, a su vez, dependen en gran parte de que ese ejército de colaboradores se pueda trasladar, todos los días del hogar al trabajo, y entre más rápido y cómodo sea el sistema de transporte, más rendimiento darán, contribuyendo así a que las empresas del país sean más competitivas internacionalmente.

Es por eso, que el Estado (ya sabes quienes somos) tiene que seguir invirtiendo millones de dólares para trasladarnos a través de excelentes carreteras, autopistas, puentes y trenes, de manera que esa conectividad se convierta en la calidad de vida que todos los ciudadanos merecemos y que debemos disfrutar, tanto cumpliendo con los deberes o durante las horas de ocio.

Visité y abordé el Metro de República Dominicana, cuando estaba recién inaugurado, y vi las caritas alegres de los niños, pegadas a las ventanas, observando cómo fugazmente pasaban las casas o autos; y noté que al llegar a la estación correspondiente no se querían bajar.

En nuestro caso, mató porque nuestros pequeños de todas las clases sociales, desde las alturas de las imponentes vigas en San Miguelito, tal como si se tratase de un monorriel de Disney, vean desfilar la ciudad a sus pies y experimenten lo que es hacer “un viaje hacia el futuro”.

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