UNIVERSALIDAD

La violencia contra la mujer hoy: Maruquel Castroverde C.

Cientos de niñas adolescentes en Nigeria han sido secuestradas, otras tantas, obligadas a casarse con terroristas del Estado Islámico a quienes sirven de cocineras, de amantes cuando les apetece y, en el campo de batalla, son entrenadas para matar y lo hacen; son un soldado más en la causa contra Occidente.

En Pakistán, una joven fue apedreada hasta la muerte en las escalinatas de un tribunal de justicia por los parientes ofendidos en su honor. También han sido asesinadas con el cuchillo inexperto de un médico practicando esterilización masiva en India o, huyendo de la mafia rusa, han caído en redes de trata y son explotadas sexualmente en burdeles clandestinos. Lo mismo que nuestras chiquillas de Guatemala, de Honduras y de México sufren violencia grave mientras intentan llegar al norte para no pagar con sus cuerpos a las maras, el precio que exigen por no tocar a sus madres y hermanos, acabando descartadas cual muñecas rotas en zanjas del camino. También desaparecen en uniforme escolar camino a casa, son violadas y embarazadas, discriminadas en el hogar y la escuela, marginadas, arrolladas por las exigencias de un mundo donde la mujer es capaz de hacer y producir tanto como el hombre, pero las oportunidades se mantienen privativas del alegado más fuerte, porque él le lleva la ventaja del control de su vida por siglos, como lo demuestra la historia, cargando el sino de aparecer incompletas porque no tenemos marido o porque nunca hemos parido.

La lectura acuciosa de la violencia desatada contra el género, como una peste sin fronteras, atiende a la realidad en que nos encontramos en gran mayoría, todavía ignoradas como iguales ante el hombre, en esta época que se habla de una humanidad universal, pues permanecemos vistas con desprecio, como un artefacto dañado de poco o ningún valor si no somos complemento, si no le hacemos compañía para que no esté solo, a pesar de la letra y racional de la Declaración Universal de los Derechos de la Mujer, elaborada por Olympia de Gauges en el siglo XVIII y subsecuentes proclamas de derechos humanos, Convenciones Belem Do Para y Cedaw, cuya vigencia, no obstante la tragedia de tantas muertes y la impunidad, reclaman para todas no arrastrarnos por amor o desamor, tampoco pretender caminar delante de él “para dejar de ser nadie y convertirnos en alguien”, porque ya hemos ganado con ríos de sangre de otras mujeres que nos antecedieron el derecho a hablar y decidir con plena conciencia de quienes somos, hermosas en nuestras diferencias, vestidas con ropas de marcas famosas o con el exquisito encanto de una nagua hecha a mano.

Un total de 35 casos de muertes violentas de mujeres se investiga en las Fiscalías Superiores de todo el país. Los compromisos de la Ley 82 de 24 de octubre de 2013 en materia de prevención están siendo responsablemente asumidos por el Comité Nacional contra la Violencia en la Mujer, ente que aglutina los aportes de trabajo, experiencias y conocimientos de los representantes de un número plural de instituciones con una agenda en la que la educación de nuestras niñas es de alta prioridad. Nos une el acuerdo de que deben tener acceso a todos los medios de información y recursos de actual tecnología para reconocer a cada paso y mientras crecen el valor de su persona y su cuerpo. Conocer para ejercerlos debidamente, el contenido de sus derechos humanos, entre los cuales está descubrir y aprovechar sus talentos para construir y cumplir un proyecto de vida exitoso, sea que haya nacido en las comarcas, en las montañas de nuestras campiñas o en un rascacielos de la urbe capitalina.

Esta es una lucha que no hemos perdido, aunque pareciera que retrocedemos al contemplar horrorizadas la universalidad de la violencia contra la mujer. Es una tragedia que excede las estadísticas, los nombres en lápidas, los datos que leemos en los diarios y en las redes sociales. Podríamos pensar que con la difusión de estos sucesos, se respalda el esfuerzo de generar un cambio radical liderado por grupos defensores del género, persiguiendo el diseño consultado de políticas de seguridad y salud públicas más efectivas.

Comparto en la ocasión el consejo de mi madre siempre sabia: “Persevera hija, no te canses, sigue luchando, lucha!”. Y yo reflexiono con ustedes al escribir este artículo, parafraseando a los dolientes de los estudiantes desaparecidos en México: “Nos pueden matar, quemar, enterrar, pero se les olvida que nos volvemos semilla, somos mujeres, nos volvemos flor ...”.

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