UNIVERSIDAD

Mi visión de hoy: Dorindo Jayan Cortez

El título de este artículo pareciera implicar que respeto a la universidad de ayer y su razón de ser. En el transcurso del tiempo, he asumido una visión nueva sobre lo que se llama la “universidad del futuro”. No se trata, obviamente, de que antes, en momentos en que enarbolaba las inquietudes estudiantiles, estuviera errado respecto a mi concepción. Por el contrario, aquello fue la base que ahora me permite enjuiciar el rumbo que le corresponde desempeñar a la institución, en una sociedad sometida a cambios trascendentes.

En efecto, si los contextos nacionales cambian igual que el escenario externo, es seguro que los roles institucionales, la razón de ser en los nuevos tiempos y las motivaciones, así como el desenvolvimiento de las funciones intrínsecas, incluidas sus orientaciones, también cambiarán. Desde luego, esto a su vez presiona sobre el juicio que hagamos para saber por dónde y bajo qué parámetros se debe orientar la universidad. Es decir, lo que le corresponde hacer en una sociedad modelada por un mundo globalizado, poco humano; en una economía del conocimiento controlada por nuevas tecnologías, en la que confrontamos, además, la cultura del miedo, de los antivalores y del sectarismo.

En el ámbito planetario se vive bajo la influencia de un modo individualista. Sufrimos el desequilibrio emocional de los dirigentes y, con esto, la desvalorización de los modelos. Ante este escenario explosivo, a la academia le corresponde formar con calidad y humanizando lo que se enseña y lo que se aprende, con innovación. Esto implica un “cambio en el modo de razón”. Y no es que antes no se hiciera con esa cualidad, sino que ahora esa condición particular depende de factores antes ausentes. La conciencia crítica, tan destacada en los discursos, pero en algo desvanecida, tiene que redoblarse en la tarea imperante de formar ciudadanías.

El peligro es inminente, pero poco se advierte o, quizás, prevalece el “no me importa”. En un mundo que podría robotizarse debido a la distracción en pequeñas pantallas y en el que el caos gana cada vez más espacio, el valor ciudadano debe ser una coraza que impida la extinción de la ética, la moral y la cultura. Bajo esta visión, que destaca compromisos sociales básicos, está inserta la universidad. Esa realidad compleja no debe contrariar el sentido de la pertinencia y la solidaridad, ni aquello de que las instituciones académicas tienen una responsabilidad que cumplir, por eso deben disponer de recursos suficientes.

Entonces, se trata de la visión de una sociedad marcada por un esquema en el que predominan las novedades y la velocidad, como factores típicos del nuevo siglo. En el caso de la educación, es necesario replantear hacia dónde dirigir los procesos y el papel de sus actores (el estudiante como el centro de la enseñanza-aprendizaje). Formar nuevos profesionales supone hacerlo con el paradigma de la innovación, capaz de resolver los problemas del entorno, que presenta un mundo distinto.

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