PENSAR A FUTURO

La visión de los políticos: Álvaro Lasso Lokee

Al llegar a la Luna, Neil Armstrong comentó: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un enorme salto para la humanidad”. Esa es la visión que los políticos deberían tener frente al servicio que le prestan al país. Un Estado debe ser administrado por líderes con visión histórica y futurista, cuyas decisiones trasciendan más que aquellas que adopta la gente común y corriente. En las manos de los políticos está el futuro no solo de la población, sino de nuestros herederos, incluidos sus propios nietos y bisnietos.

La escasez de agua, el transporte público, la educación, el aumento de la delincuencia, la mala administración de justicia, los problemas de salud y ambiente, y el crecimiento de la población urbana, entre otros, son aspectos de relevancia, pero no se abordan de forma planificada y los gobiernos tratan de remediarlos con parches.

Los empresarios exitosos trazan planes a corto, mediano y largo plazo, al igual que prevén los posibles cambios que pueden afrontar mediante el uso de la tecnología adecuada. Hasta quienes dirigen los deportes colectivos se manejan con igual estilo de visión, a mediano y largo plazo, que incluye la contratación de jugadores y los planes de Foda.

¿Por qué nuestros gobiernos son la excepción y no contemplan la labor a futuro?

Los políticos deben crear planes de Estado –con sus respectivos programas– apartados de la política clientelista que solo busca los votos de las próximas elecciones para mantener a sus partidos en la carrera presidencial. Aunque la hora de iniciar estos proyectos no tenga una fecha específica en el calendario, su vigencia se verá al ponerlos en marcha y hacerlos realidad.

Cuando vemos en las noticias los problemas que afectan a toda la población, como la falta agua, infraestructuras en pésimas condiciones, hurtos en las escuelas y caminos en malísimo estado, por dar algunos ejemplos, es fácil reconocer la improvisación y la mala planificación con que se manejan los políticos.

Las administraciones que operan sin contemplar los aspectos que pueden perjudicar el desarrollo de una comunidad o de un país no son aptas, y si además los funcionarios encargados muestran signos de corrupción, el desempeño será peor. De ocurrir esto en una empresa privada, de seguro ellos no podrían continuar en sus puestos. Algunos pueden salir en su defensa al señalar que un gobierno no es lo mismo que una empresa privada, la respuesta para ellos es que tampoco es igual un inepto que una persona capaz en un puesto de responsabilidad.

Lo que sí tenemos claro es que el gobierno no puede ser la finca privada de nadie, ni el reino de ningún partido político acostumbrado al tráfico de influencias para el nombramiento de las autoridades. Tampoco se puede usar como el negocio redondo de ningún círculo cero, como se ha hecho en otros tiempos. Hay que erradicar esto de raíz aplicando los controles necesarios.

¿Las malas prácticas se pueden cambiar de la noche a la mañana?, es la pregunta que nos hacemos muchos. Los directores de una institución pública del gobierno pasado, tratando de impresionar a la población, malgastaron más de mil millones de dólares en tecnología, con la supuesta finalidad de “modernizar el servicio”, pero resulta que dicha tecnología estaba desfasada y los aparatos y software no resolvieron nada. La compra millonaria solo sirvió para enriquecer a unos cuantos, sin que hasta el momento se investigue ese caso en ninguna fiscalía. Aún está por verse si los responsables terminarán impunes o alguno pagará ante la justicia.

Si los casos de corrupción de alto perfil terminan en nada, entonces se podrá afirmar que los corruptos no caben en este país, y con esos cabos sueltos, la justicia seguirá cuestionada. Ese es el mensaje que todos deben tener claro, máxime quienes dirigen la Corte Suprema de Justicia.

Tener políticos con visión de futuro depende de los propios electores. Por eso, al votar es importante no elegir a los que siguen la vieja costumbre de “mal acostumbrarlos” con “regalitos” como jamones y sacos de cemento.

El clientelismo arruina a cualquier país. Si mantenemos estas malas prácticas, Panamá no será la excepción y pronto no quedará nada debido al despilfarro de las arcas del Estado a manos de políticos amorales y de visión mezquina.

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