INCONSCIENCIA ELECTORAL

El voto zombi: Francisco Díaz Montilla

De acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, el término zombi designa una “persona que se supone muerta y que ha sido reanimada por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad”, o bien una persona atontada, “que se comporta como un autómata”.

La idea común en ambos sentidos es que se trata de un ser que no tiene la capacidad de autodeterminarse. Y aunque se ha discutido su existencia e incluso hay quienes reportan haberlos visto, pareciera que en el marco de las interacciones sociales de la sociedad posmoderna, el fenómeno zombi es cada vez menos un asunto de imaginario colectivo, de ciencia ficción o literatura.

En filosofía de la mente, la expresión “zombi filosófico” designa un ser hipotético que, aunque indistinguible físicamente de los humanos, carecería –sin embargo– de experiencias conscientes (cfr. David Chalmers: La mente consciente, una teoría fundamental).

El valor teórico de este hipotético ser –al menos filosóficamente– radica en que replantea las discusiones clásicas en torno a la relación mente–cuerpo, la libre voluntad, y otros sempiternos problemas filosóficos sobre la mente y el cuerpo.

En política podría plantearse algo parecido, aunque en este caso me temo que no se trata simplemente de un ser hipotético. Cierta evidencia empírica parece respaldar el hecho de que los zombis existen en política.

Se trataría de individuos que ejercen el sufragio, eligen presidentes, diputados, alcaldes y representantes, aunque bajo estándares que poco tienen que ver con la realización o reivindicación de ciertos ideales: Para el zombi político, el voto nada tiene que ver con la realización de un derecho ni con institucionalidad ni con libertades, pues no se percibe a sí mismo como sujeto de derechos, en tanto relega su ejercicio a terceros, la disfunción institucional no le afecta y la libertad es una carga.

El zombi político es un ser atado inexorablemente a los condicionamientos, a las dádivas de aquellos extraños redentores que saben lo que necesita, que entienden sus necesidades y que –en un acto de desinteresado altruismo– están dispuestos a satisfacerlas, no importa si en esa tarea son saqueadas las arcas del erario –como en un caso de antología de la impunidad– se grita a los cuatro vientos (billetes en mano) haber sido sobornado para la aprobación de leyes. No en vano, al menos para los políticos, el zombi se pone a disposición de estos de manera absoluta.

El zombi –por definición– no tiene la capacidad de rectificar: Él reafirma lo actuado. Ejemplos paradigmáticos de la manifestación de su actuar en política serían los resultados de las elecciones parciales realizadas este mes en los circuitos 7-2 y 2-1. Un elector sensato, ante la monumental evidencia sobre el mal uso de fondos públicos habría rectificado su decisión inicial, por elemental civismo.

Pero un acto tan noble y libre, jamás podrá ser realizado por un zombi. Para él la posibilidad de cambio o mejoramiento social, institucional, cultural, etc., relacionados con un ejercicio responsable, crítico y cívico del sufragio, sencillamente no existe. Ha de cumplir, de forma inevitable, con elegir a aquellos a quienes ha identificado como sus amos y a quienes se debe. Lo demás no cuenta.

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