REFLEXIÓN

Las zapatillas de un santo: A. Linette Taboada F.

En la iglesia del Gesu, en Roma, pueden verse las zapatillas de san Ignacio de Loyola, quien murió en ese convento. Ahí se le recuerda con orgullo y veneración.

Las zapatillas del fundador de los jesuitas son unas simples babuchas, ya gastadas y austeras. Dicen que dan la impresión de que, si alguna persona volviera a ponérselas, darían aún mucho servicio, con pasos firmes y silenciosos.

Esas zapatillas marcaron la vida de muchos hombres que siguieron al santo, y que se identifican como la Compañía de Jesús. Todos tienen una vocación de servicio y de compromiso hacia los más débiles de la sociedad. Intelectuales, médicos, teólogos, músicos, físicos, matemáticos, etc., todos han visto las zapatillas de san Ignacio y, mirándolas, han entendido que para servir a esos débiles, hay que estar en el mundo, patear esas mismas calles hasta que las suelas se gasten. Saben que la mayoría de las personas que se van a encontrar en ese peregrinaje no ha tenido ni siquiera unos malos zapatos. Son seres que gritan pidiendo ayuda, que los defiendan y les hagan justicia.

Los seguidores de san Ignacio de Loyola se proponen ser la familia de quienes no la tienen; los amigos de aquellos que están solos; y ayudar a las personas que, tanto en tiempo de elecciones como en días normales, se venden por piezas y hasta enteros, con tal de saciar sus necesidades. Algunos los llaman residuos de la sociedad, porque no han terminado de formarse o acoplarse dentro de ella, sin pensar quizás que las oportunidades no les han llegado.

Por esas personas hay quienes se pusieron zapatillas para caminar, supuestamente, entre esos caminos por donde no entra la igualdad social; para ver y respirar; para escuchar y palpar lo que esos hombres, mujeres, jóvenes y niños sin oportunidades, vivían. Ni qué hablar de los niños y jóvenes de la calle, los malqueridos. Tantas promesas les hicieron, pero aún siguen esperando que se las cumplan.

Yo les diría a los candidatos que están en plena campaña que sean políticos de la proximidad, no de los que aparecen de “cinco en cinco años”; que sean realmente empáticos; que caminen no con las zapatillas de un loco, sino con las zapatillas de san Ignacio.

Sabemos que la lucidez a veces revela las realidades más duras y crudas en la que vive nuestra gente, y que ellos prefieren hacerse los locos, pero solo con lucidez las ideas se transmiten mejor y se logran concluir.

Quiero pensar que hay otra forma posible de hacer política, y políticos con otra forma de hablar, que prometen cosas posibles, en un idioma comprensible. Hay una política de 365 días, los cinco años de un gobierno; que su andar por las calles, entre la sociedad, se haga sin estridencia, con cariño y al ritmo de los más necesitados... Esto es urgente.

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