SOCIEDAD. EL PERSISTENTE DRAMA DEL TRABAJO INFANTIL.

Aprendiendo en la calle

La situación demuestra que se invierten los roles, pues mientras los padres están en su casa, sus hijos trabajan en la calle expuestos a muchos peligros.

A sus escasos 15 años, Juan ya exhibe un tatuaje grotesco en su antebrazo derecho, mientras que en su mano izquierda empuña una botella plástica con agua y jabón, además de un escurridor de vidrios, herramientas esenciales para ganarse el sustento diario.

De mirada distraída, hablar acompasado y un tanto escurridizo, Juan (nombre ficticio) está en la calle limpiando los vidrios de los carros. Dice que lo hace porque tiene que llevar algo de dinero a su casa, en donde lo esperan su mamá, su padrastro y sus tres hermanos.

Desde pequeño conoce la calle. En ella aprendió las señales que le indican cuando hay que perderse, sobre todo cuando algún miembro de una entidad estatal o de otro organismo intenta abordarlo. Cuando eso ocurre, guiña el ojo, levanta su gorra o alza la mano, movimientos que forman parte del lenguaje creado para poder comunicarse con, al menos, media docena de adolescentes que, al igual que él, también limpia los parabrisas de los autos que transitan por la concurrida Vía Transístmica.

Juan trabaja en el semáforo de la intersección de la Vía Brasil con la Transístmica, por donde queda un Mc Donald´s. Allí, bajo los candentes rayos del astro rey, empieza a trabajar desde el mediodía, faena que al final del día le deja dividendos de entre 10 y 12 dólares.

Con una gran sonrisa, asegura que no tiene necesidad de trabajar, aunque enseguida indica que el dinero que se gana diariamente le sirve para comprar comida y para algunos gastos en su casa. Esto, pese a que su padrastro también trabaja.

Vestido con una camiseta y un pantalón corto que de negro pasó a ser gris, un par de chancletas desgastadas y una gorra, Juan cuenta que vive en una casa de madera, ubicada en El Valle de Urracá, en el distrito de San Miguelito. Dice que no solo trabaja, ya que también cursa el tercer año de un colegio privado al que asiste tres veces por semana.

Mientras narra su historia, los autos se van deteniendo en el semáforo, lo que alerta su instinto, interrumpe la conversación y se apresta a ir a brindarles sus servicios. Un poco más allá, casi en medio de la vía, está Carlos (nombre ficticio), un chico de 15 años de edad que también realiza el mismo trabajo.

Carlos afirma que también vive en San Miguelito, pero en el sector de Samaria, con su abuela Berta. Serenamente, asegura que, aunque su madre murió y su padre vive cerca de su hogar, él prefiere salir a buscar algo “para sus gastos”.

Este adolescente, que al menos tiene siete aretes que exhibe en sus orejas, comenta que sus accesorios son parte de la moda, la cual complementa con unos frenos que exhibe en la parte superior de sus dientes.

Carlos viste bastante similar a Juan, con excepción de la gorra, y se gana diariamente entre 10 y 15 dólares, dinero que usa para comprar ropa o para sus gastos escolares, ya que, según sus propias palabras, “se quedó un año”, pero aún estudia.

El trabajo infantil en las calles de la ciudad, en su mayoría de varones, no solo se observa en este sector. Las autoridades han detectado otros grupos de menores trabajando en Vía Brasil, El Dorado y Punta Pacífica, así como en centros comerciales.

Persiste el trabajo infantil

En 2008 se había registrado que 89 mil niños estaban trabajando. Para 2010, la cifra bajó a 60 mil, lo que parecía indicar que en ese lapso, 29 mil menores ya no se dedicaban a trabajar. Istmenia Pérez, coordinadora de la erradicación del trabajo infantil de la Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y la Familia, dice que a pesar de que las cifras han bajado “no se puede cantar victoria porque el problema persiste”. La experta señala que este problema también se registra de forma marcada en las actividades agrícolas.

Pérez afirma que esta situación demuestra que se invierten los roles, pues mientras los padres están en su casa, sus hijos están en la calle trabajando, expuestos a peligros físicos y psicológicos. Actualmente no hay sanciones. En el futuro se pretende que los padres sean sancionados con multas de 5 a 150 dólares.

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