¿por qué los jóvenes dejan la escuela?

Bastante lejos del paraíso

Problemas sociales, metodologías pobres, desmotivación y hasta la impaciencia se unen para ´lanzar´ a los jóvenes del sistema educativo.

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El profesor Esteban Almanza sabe que entre manos no tiene un edén. Lo describe él mismo en medio de un suspiro enorme: “Recogemos lo que nadie quiere. Por tener matrícula, acogemos a los que están sobre la edad y a los que ya han fracasado en otras escuelas”.

Almanza es director del Instituto Bolívar, una escuela de premedia ubicada en las áreas revertidas, muy cerca de El Chorrillo.

Hace algunos años había allí más de 900 alumnos, pero ahora apenas tienen 365: la construcción de una premedia en Veracruz redujo drásticamente la matrícula.

Así las cosas, Almanza acepta a quienes vienen a buscar cupo porque espacio le sobra, pero como informa Rubén Darío Castillo, coordinador de disciplina del instituto, “nuestros muchachos difícilmente llegan al 3.0”.

Al Bolívar asisten jóvenes de barrios difíciles: Santa Ana, Santa Cruz, Curundú, San Miguel, El Chorrillo. Apenas tres de los 365 son cuadro de honor y otros 30 son mención honorífica. Estos, más otros 58, “fueron los únicos que pudieron recibir la beca universal”, destaca Almanza, porque el resto ha reprobado en una o varias materias.

Para añadirle más gris, el director calcula que entre 20 y 30 muchachos ya han abandonado los estudios. “Llevo seis años aquí y esa es la cantidad de todos los años” cuando está por acabarse el calendario escolar, dice.

¿POR QUÉ SE VAN?

Cuando se le pregunta a cualquier docente por qué un joven reprueba o abandona los estudios, los defectos y problemas siempre están en otras partes: las familias disfuncionales, el desinterés, la indisciplina del muchacho.

La supervisora Marla Cira Araúz de Trottman dice, por ejemplo, que los chicos arguyen que sus papás no trabajan o que se están mudando. Otras veces dicen ser huérfanos, que no tienen para el pasaje o que no pueden llegar a la escuela porque no pueden cruzar “territorios enemigos”.

Todas son razones posibles, pero hay una que rescata Peggy Trevia, la profesora de inclusión del Bolívar: “Aquí hay mucho resentido social”.

Resentido en el sentido de que son jóvenes nacidos en hogares pobres y con pocas oportunidades, y crecidos en barrios violentos, adversos.

“Aquí atendemos a 15 muchachos con discapacidades y 25 con problemas de aprendizaje. Tienen léxico pobre y no saben leer ni escribir. Tienen retardo en el aprendizaje debido al retardo social” que les provoca, precisamente, crecer en ambientes que, más que estimular, los frenan.

Pero, ¿qué tanto estimula o frena la escuela? ¿Qué tanto se trabaja para procurar la retención del muchacho?

Almanza responde con otro suspiro grande: “A los profesores les pido que les mantengan la esperanza de que pueden pasar el año, pero muchos profesores se cansan de la [mala] conducta... Tal vez el docente puede estar fallando con la metodología o no sabe lidiar con tantos problemas”, acepta.

Roberto Becker, uno de los inspectores del colegio, lo dice y es casi una revelación: “Los profesores tienen que hacer más labor de consejería. Los muchachos tienen problemas en sus comunidades y acá encuentran profesores hostiles... ”.

Datos de 2010 indican que 11 mil 681 estudiantes de primaria y 28 mil 467 de premedia y media abandonaron la escuela, de los 626 mil 619 matriculados en esos niveles en el sistema oficial.

¿A FAVOR O EN CONTRA?

¿Qué estamos haciendo? Lanzándolos a una peor suerte. Así piensa René Quevedo, el director ejecutivo de la Fundación Jesús Luz de Oportunidades, organización que trabaja con muchachos en riesgo social.

“Hay que tratar de que se mantengan en el sistema... Así como hay una guerra contra las pandillas, hay que hacer una guerra contra el hambre y la falta de oportunidades”.

Para Quevedo, el problema está en que los docentes “no saben lidiar con muchachos de propensión violenta”, y Almanza no lo niega: “Llega un momento en que hay que decidir... o proteges a la mayoría sana o uno te daña a muchos”.

Para la supervisora Araúz de Trottman, valdría la pena hacerse una introspección porque los niños llegan a la escuela rebosantes de vitalidad, pero al transcurrir los años se van aburriendo.

“El niño se fastidia, se cansa de que lo estén exhibiendo”, comenta refiriéndose al hecho de que en las escuelas se pone más interés en si tiene camiseta, un “corte adecuado”, si usa o no arete o en el largo de la falda.

“Hay una falta de respeto hacia el estudiante y yo siempre digo que el niño no aprende por el uniforme”.

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