protestas entran en su ´segundo ciclo´

Brasil anuncia su madurez

La evolución de las protestas, y la respuesta gubernamental, parecen señalar que la democracia brasileña está lista para subir su nivel.

Sobre las 5:00 p.m., apenas había unas 200 personas en la placita detrás de la iglesia de la Candelaria, en pleno centro de Río de Janeiro, Brasil. En el centro de esta, un grupito de activistas con pancartas intentaba dirigir la protesta con un megáfono. El tráfico continuaba fluyendo a ambos lados de la plaza mientras el cielo empezaba a oscurecer, y daba la impresión de que, proporcionalmente, había más fotógrafos y reporteros que manifestantes.

La bizarra proporción no era casualidad, sino señal de algo mucho más importante: después de la orgía popular del jueves, Brasil está entrando en lo que ya se ha llamado “el segundo ciclo” de protestas, con actos más pequeños y focalizados en temas específicos. A la vez –y después de un buen par de ráfagas de adrenalina, balas de goma y gas lacrimógeno en la semana anterior– el movimiento está entrando en esa fase en la que cada alma debate internamente si seguir protestando o no.

Porque, después de todo, Brasil hace ya mucho tiempo que no es una dictadura. Es una democracia, con un gobierno legítimamente elegido. Por más que muchos quisieran sacar a la presidenta Dilma Rousseff y a todo su gobierno del poder –una de las pancartas en la plaza rezaba “Fora Dilma, Fora [el gobernador del Estado de Río, Sergio] Cabral, é tudo igual”– lo cierto es que muchos más creen que el Estado se merece la oportunidad de responder a las exigencias hechas en las calles. De hecho, según una encuesta publicada recientemente por el Instituto Brasileño de Opinión y Estadística (Ibope), el 94% de los manifestantes consultados aseguraba que sus reivindicaciones serían atendidas por el Gobierno.

Brasilia responde

De momento no se equivocaron. Por la mañana, el gobernador del estado de São Paulo, Geraldo Alckim, anunciaba la cancelación durante un año de la subida en el peaje de las autopistas paulistas, prevista para el 1 de julio. Pero la verdadera acción tuvo lugar en la capital: ayer, Brasilia vivió uno de los días más intensos de los últimos tiempos. Rousseff se reunió, primero, con el liderazgo de la agrupación por la que todo comenzó, el Movimento Passe Livre (MPL). A la salida del encuentro, la líder del MPL, Mayara Vivian, comentó que la Presidenta “señaló la posibilidad de conceder subsidios para reducir el precio de los pasajes”.

Pero el momento más importante del día fue la reunión de la mandataria con los 26 prefeitos (alcaldes) de las principales ciudades y los 27 gobernadores de los estados del país. El contenido de la misma está en los titulares del mundo: la gobernante sorprendió a propios y extraños al poner sobre la mesa una serie de pactos –sobre responsabilidad fiscal, educación, salud y transporte (en este último invertirán $23 mil millones)– y una propuesta realmente importante: “quiero proponer un debate sobre la convocatoria de un plebiscito popular que autorice el funcionamiento de un proceso constituyente específico para hacer la reforma política que el país tanto necesita. Brasil está maduro para avanzar y ya dejó claro que no se quiere quedar parado donde está”, dijo Rousseff.

Es difícil saber cuántos de los protestantes conocían las noticias, pero la multitud había crecido dramáticamente cuando empezaron a caminar por la avenida Río Branco. Habría unas mil personas, y el ambiente era pacífico y alegre. Mientras la gente avanzaba, un periodista de la cadena alemana ZDF se ganaba sus 15 minutos de fama hablándole a la cámara desde el frente de la marcha envuelto en una bandera brasileña.

La dinámica rebelde

Los protestantes formaban un grupo bastante compacto y ruidoso. Flanqueándolos por los cuatro costados, un enjambre de vendedores ambulantes –de agua, cerveza, refrescos, banderas brasileñas y máscaras de Guy Fawkes– intentaba aprovechar el fervor anarco-patriótico de la multitud. Desde los edificios aledaños caían pedacitos de papel, arrojados por simpatizantes anónimos, que le daban un toque mágico al asunto. Y en el cielo, un par de helicópteros sobrevolaban el área, en coordinación con los cientos de policías que, tranquilamente, acompañaban la marcha.

A medida que avanzaban por la Río Branco, la serpiente rebelde exhibía el comportamiento cíclico que caracteriza a la expresión popular. Los ánimos subían con los pegajosos cánticos, alcanzaban su cenit y luego bajaban. El breve silencio era aprovechado por algún manifestante para empezar otro cántico, muchas veces sobre un tema sin ninguna relación con el anterior.

Pero eso, realmente, era lo de menos. Gran parte de la rebeldía popular tiene una naturaleza narcisista. El protestante sale a la calle a escucharse a sí mismo y a sus iguales, a sentir el placer de la comunión de los eslóganes. Y sí, muchas veces a correr y a experimentar esos ramalazos de adrenalina que solo se experimentan en situaciones límite. La violencia, el enfrentamiento directo con la autoridad, guarda una relación de amor-odio muy intensa con las manifestaciones populares.

¿Madurez conjunta?

Muchos manifestantes provocaban a los policías. Los uniformados, sin embargo, no cayeron en la tentación. Un par de bombas de estruendo hicieron a muchos temer la represión, pero al final no pasó nada. Al llegar al Teatro Municipal, la furia popular había disminuido. No hizo falta, entonces, el autobús repleto de tropas de choque que aguardaba a 200 metros del teatro. Muchos muchachos se hacían fotos, inmortalizando su primera experiencia verdaderamente ciudadana. Según los resultados del Ibope, el 46% de los manifestantes nunca había participado en una protesta.

Quizá lo mejor de todo es que el despertar político brasileño no parece haber caído en saco roto. Aún es temprano para sacar conclusiones, pero lo de Rousseff y la reforma política puede terminar siendo un game-changer, un golpe de efecto de esos que cambian las batallas y, con ellas, el destino. Para muchos brasileños, la actitud de la Presidenta ante los reclamos populares había sido un motivo más para protestar. Lo de ayer, sin embargo, nadie se lo esperaba.

¿Qué cambió? Quizá la palabra clave sea la “madurez” a la que hacía alusión la mandataria: si hay una conclusión que parece emerger de este aún no bautizado fenómeno popular es que Brasil –tanto la ciudadanía como sus dirigentes– ha madurado como sociedad. Para ponerlo en términos futbolísticos, han subido de división.

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