El Caño, la necrópolis ‘viva’

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Arriba, cuenco para recibir los fluidos corporales del difunto y un pectoral torcido (derecha), probablemente por el enfardelamiento del cuerpo principal de la tumba. Arriba, cuenco para recibir los fluidos corporales del difunto y un pectoral torcido (derecha), probablemente por el enfardelamiento del cuerpo principal de la tumba.

Arriba, cuenco para recibir los fluidos corporales del difunto y un pectoral torcido (derecha), probablemente por el enfardelamiento del cuerpo principal de la tumba. Foto por: Archivo/ CORTESÍA

Los ritos funerales de los antiguos coclé Los ritos funerales de los antiguos coclé

Los ritos funerales de los antiguos coclé

ARQUEOLOGÍA, CULTURA, CIENCIA

Los hallazgos en el yacimiento de El Caño, Coclé, comienzan a trazar el perfil de una civilización sofisticada y espiritual, cuyos ritos funerarios podrían ayudar a comprender la estructura social en la antigua Jefatura de Río Grande.

Dos fosas de complejidad estructural halladas en 2009 y 2015 forman parte de la base de datos que el equipo científico de la fundación El Caño estudia actualmente, con algunos aciertos que parecen detallar el minucioso sistema protocolar en torno al deceso.

Según la arqueóloga Julia Mayo, son rituales que incluyen una serie de pasos, como entierros múltiples y ofrendas posteriores al entierro, que continúan dando pistas sobre la vida de los antiguos coclé.

Los ritos funerales de los antiguos coclé

Para la arqueóloga panameña Julia Mayo, los entierros forman parte de los ritos de paso, tan intrínsecos de las diversas sociedades del planeta.

El concepto, acuñado por el antropólogo francés Arnold van Gennep, incluye aquellas actividades que marcan la transición de un estado hacia otra circunstancia.

Para los antiguos coclé, la muerte daba pie a ceremoniales, con el ideal quizás, de conseguir que el alma de los difuntos se separe de su vida terrenal y arribe exitosamente “al más allá”, dice la experta.

Las exploraciones realizadas en El Caño, han desvelado sepulcros cuyas composiciones parecen relatar las costumbres funerarias de los antiguos moradores de Río Grande.

Se trata de ritos y entierros, que de acuerdo con Mayo, también incluían otros ceremoniales, que según la teoría antropológica se dividen en tres fases: Un período de separación, otro de transición y una etapa de transformación.

Para Mayo, quien este jueves disertará sobre este tema en el Museo del Oro del Banco de la República de Colombia, los cementerios resultan una fuente de información de provecho para estudiar los arquetipos sociales. Y en ese sentido, las tumbas encontradas en la necrópolis de El Caño, han comenzado a arrojar algunas pistas sobre sus ocupantes y “la vida vivida”, como dijera el escritor argentino Jorge Luis Borges.

La tumba T2, encontrada en 2009, pertenece a un guerrero importante al que se le han practicado hasta ocho ceremonias diferentes, adicional a su ritual funerario.

Artefactos y cuencos utilizados para recoger los fluidos resultantes de la preparación del cuerpo del difunto han determinado parte de la dinámica funeraria de los coclé.

La metodología aplicada por Mayo es de estratigrafía cultural, es decir, que cada pieza encontrada en una fosa fue estudiada como un elemento vinculante con esa tumba.

Aunque los sepulcros encontrados en El Caño son diferentes, también cuentan con elementos en común: Son grandes fosas dentro de un aluvión, con entierros múltiples y ofrendas posteriores a la sepultura.

Para el equipo científico, es de suma importancia, antes de abordar el ritual funerario, determinar a quién pertenece la oquedad. Así, en la fosa T2 han podido conocer que su protagonista era un guerrero entre los 40 y 45 años, considerado mayor para la época. Mientras que en la tumba T7, hallada en 2015, se trata de un niño.

Los ajuares funerarios, por su parte, ayudaron a dar pistas sobre el rol social que cumplían. Según Mayo, en el caso del guerrero, se sabe que tras fallecer lo primero que se hizo fue vestirlo y a continuación, desecarlo.

Los restos de un gran cuenco, de 53 centímetros de diámetro y 28 centímetros de altura, fue utilizado probablemente para acoger los fluidos corporales luego de haber sido deshidratado. Estas costumbres son relatadas en las crónicas de González Fernández de Oviedo y Gaspar de Espinosa, quienes durante la colonia española fueron testigos de estas prácticas en diversos poblados.

Tras el desecado, el cuerpo era enfardelado y atado con cuerdas. De acuerdo con Mayo, algunos de los pectorales encontrados en la tumba del guerrero muestran señales de deformidad, producto quizás de estos amarres, hechos de derecha hacia la izquierda.

A continuación se trasladaba el cuerpo en barcas hasta El Caño, por afluente cercano al parque. “En ese viaje iban los oficiantes de ritual y las 27 personas que enterraban con el cuerpo”, afirma Mayo, quien señala el sitio donde hoy permanecen las esculturas de monolitos, como la zona ceremonial.

“Creemos que los entierros se realizaban durante la estación seca”, explica la arqueóloga, quien tiene la convicción de que las excavaciones previas al sepulcro eran realizadas en la estación lluviosa, por la sequedad de la tierra.

Para Mayo, El Caño aún no ha terminado de contar su historia pasada, y es por ello que tiene pensado explorar bajo el suelo donde se encuentran los monolitos, para comprender mejor el complejo.

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