DERECHOS HUMANOS

Caravana de migrantes zarpa de Bajo Chiquito

En la aldea indígena de Bajo Chiquito, en la comarca Emberá, hay mil 500 migrantes, de los cuales 101 son niños y 110 son niñas. También hay embarazadas.

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Un grupo de, al menos, 14 migrantes, entre niños y adultos, pone en riesgo su vida en una pequeña piragua por el río Turquesa, para llegar a suelo panameño. Un grupo de, al menos, 14 migrantes, entre  niños y adultos, pone en riesgo su vida en una pequeña piragua por el río Turquesa, para llegar a suelo panameño.

Un grupo de, al menos, 14 migrantes, entre niños y adultos, pone en riesgo su vida en una pequeña piragua por el río Turquesa, para llegar a suelo panameño. Foto por: Alexander Arosemena

Bajo Chiquito está a siete días de camino de la frontera con Colombia, y es el primer pueblo con el que se encuentran los migrantes una vez salen del país suramericano. Bajo Chiquito está a siete días de camino de la frontera con Colombia, y es el primer pueblo con el que se encuentran los migrantes una vez salen del país suramericano.

Bajo Chiquito está a siete días de camino de la frontera con Colombia, y es el primer pueblo con el que se encuentran los migrantes una vez salen del país suramericano. Foto por: Alexander Arosemena

Justo en el momento en que acecha la muerte o en que están por perder la fe después de siete largos días de camino entre el peligroso tapón de Darién, los migrantes vuelven a la vida cuando en el horizonte atisban Bajo Chiquito, en la comarca Emberá.

En ese momento suspiran, ríen, bailan, lloran, corren hacia el río que los separa del lugar o besan el suelo.

Se trata de una aldea indígena de unas 300 personas, y el sitio poblado más cercano a la frontera con Colombia, por donde ingresa la caravana de migrantes a territorio panameño. Forma parte del corregimiento Lajas Blancas, donde el 82% de la población es pobre y las familias viven con $78 al mes, según estadísticas del Ministerio de Economía y Finanzas.

En aquel lugar olvidado los días no son los mismos y reina el caos desde que, hace dos años, comenzaron a llegar numerosos grupos de migrantes. La única presencia del Estado es un pequeño puesto del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) con unos cuantos agentes, y otro diminuto y viejo local del Ministerio de Salud (Minsa), con pocos medicamentos.

Allí hay mil 500 migrantes, de los cuales 101 son niños y 110 son niñas. En su mayoría provienen de Haití, Cuba, Brasil, Ecuador, Venezuela, Congo, Pakistán, India y Bangladés. Casi siempre llegan contando historias dramáticas y aterradoras de su travesía por la jungla. Algunos le llaman sin titubear “la selva maldita”.

En Bajo Chiquito los migrantes hacen fila en un viejo local de salud para recibir atención médica, pero en el lugar hacen falta medicamentos. Expandir Imagen
En Bajo Chiquito los migrantes hacen fila en un viejo local de salud para recibir atención médica, pero en el lugar hacen falta medicamentos. Alexander Arosemena

La caótica aldea

Es la 1:30 p.m., y en el abandonado puesto de salud de Bajo Chiquito hay una larga fila de padres y madres haitianas, con bebés en brazos, esperando atención. El auxiliar de medicina nombrado por el Minsa se había ido de vacaciones y un agente del Senafront hacía las veces de paramédico. El calor era asfixiante y el uniformado sudaba sin parar, mientras algunas moscas volaban por el lugar. Muchas veces se quedaba sin palabras ni capacidad de respuesta por tantos pacientes. Hacía milagros solo con agua oxigenada, alcohol y uno que otro fármaco para el malestar estomacal.

En la hilera de espera estaba Lidmy Daniel, una madre haitiana de 27 años de edad, que viajó desde Chile con Jason, su bebé de nueve meses. El sol pegaba con furia entre el deteriorado cinc del local. La mujer deja caer lágrimas que se mezclan con las gotas de sudor que emanan de su rostro. Enseguida dice: “hace cuatro días que tiene fiebre y vómitos. Si no consigo medicinas, mi hijo se va a morir”. Daniel llora de impotencia porque desde que la fiebre atacó a su hijo, se dedica a visitar esa instalación y la respuesta es la misma: “no hay medicinas”.

Otros migrantes, por la ausencia de medicinas y médicos, preferían aferrarse a la divinidad en una iglesia pentecostal que está a un costado del local estatal de salud, y en cuya fachada está grabada con pintura la frase: “un Señor, una fe, un bautismo”. Da la sensación de que los viajantes buscan alguna señal, algo que los mantenga con ánimos en su tortuoso camino rumbo a los países de América del Norte.

Un poco más al centro de la aldea indígena algunas viviendas han sido habilitadas como fondas y posadas para satisfacer la demanda de alimentación y descanso de los visitantes, que en promedio permanecen hasta 15 días en el lugar, debido a que no es tan fácil su evacuación hacia el albergue que está más próximo, conocido como La Peñita, en Metetí, provincia de Darién.

Para salir de Bajo Chiquito el migrante depende de varios aspectos; por ejemplo, si tiene dinero para costear un viaje desde esa comunidad hasta La Peñita a través del río Turquesa, y también si hay piraguas disponibles. Cada viajero debe pagar a los lancheros de la zona $35, y cada embarcación tiene capacidad para 15 personas. Es una travesía de hacinamiento y peligrosa, sobre todo para niños y niñas.

Por día, río abajo sale una caravana de entre cinco y siete piraguas, con alrededor de 100 migrantes. Ahora mismo esa es la única ruta, aunque algunos que pierden la paciencia en Bajo Chiquito o que se quedaron sin dinero para pagar una piragua se aventuran a través de trochas sin notificar al Senafrot. Es allí cuando algunos pierden la vida, intentando cruzar a nado el río Turquesa, que se conecta con el bravío río Chucunaque.

En lo que va de 2019, la Personería Municipal de Yaviza, en Darién, ha reportado siete migrantes fallecidos por inmersión.

Los viajeros pasan días en la aldea, antes de seguir su ruta. Expandir Imagen
Los viajeros pasan días en la aldea, antes de seguir su ruta. Alexander Arosemena

El tortuoso camino

En Bajo Chiquito espera que le llegue su oportunidad de salir hacia La Peñita Yarisnaidis Toscano, una cubana que viajó hacia Chile en 2016, y por problemas con migración de ese país optó por marchar hacia Estados Unidos.

Enfermera de profesión, la joven recorrió la jungla de Darién con un grupo de paisanos. Relata que a mitad de camino se les aparecieron seis personas con rifles, machetes y cuchillos en mano. Les quitaron el dinero, los pasaportes, y las mujeres abusadas sexualmente. Toscano apenas se repone de los traumas físicos y emocionales de aquel suceso.

La chica afrodescendiente, delgada, con ojos saltones y de cabellos rizados, dejó una hija en Cuba y espera llegar a Estados Unidos para después ir por ella. El nombre de su pequeña es Yaiseline Milagros y desde el corazón de la jungla no para de recordarla: “si la tuviera enfrente le diría que la amo, que la adoro con la vida y que me espere un poco”. A Toscano se le quiebra la voz y rompe en llanto en la vivienda en la que descansa.

Cerca de allí está Uriel Rodríguez, quien reconoce que no volvería a hacer ese recorrido por la “dura selva”. Blanco, de ojos claros, con algo de sobrepeso y los pies hinchados por caminar 10 días, el hombre procedente de Cuba no puede borrar de su mente los tres cadáveres con los que se encontró en la jungla. Afirma que el primero era de una mujer cubana, la cual estaba dentro de una tienda de acampar; el segundo, de una mujer haitiana embarazada, a la cual le colocó una sábana; y el último, un hombre aparentemente proveniente de la India, quien yacía a la orilla de un riachuelo. También se encontró con los asaltantes de los viajeros.

Allá en Estados Unidos lo espera un hermano que le está ayudando con transferencias de dinero para que concluya su viaje, que comenzó en Ecuador. Calcula que desde Suramérica hasta llegar a su destino final gastará unos $3 mil. En medio de la adversidad envió un mensaje a su hermano: “si llegas a leer esto, quiero que sepas que estoy vivo y espero llegar contigo. Gracias Panamá por recibirnos”. Uriel no pudo seguir hablando.

Los migrantes llegan hambrientos por su largo viaje. Expandir Imagen
Los migrantes llegan hambrientos por su largo viaje. Alexander Arosemena

Ante las denuncias de los migrantes, agentes del Senafrot en el lugar informaron sobre la detención de dos de las personas que se dedicaban a robar, violar y herir físicamente a los viajeros.

Asimismo, Ercio Tunay, director de la Defensoría del Pueblo en la comarca, hizo un llamado al gobierno central para que preste “mayor atención” al flujo migratorio por esta área selvática.

Cae la tarde en Bajo Chiquito y hay que volver río abajo por el Turquesa hasta La Peñita. Una vez en ese albergue, ya de noche, se ve caminar a un migrante que en la oscuridad canta : “Old pirates, yes, they rob I; Sold I to the merchant ships; Minutes after they took I; From the bottomless pit; But my hand was made strong; By the hand of the Almighty...”. (Viejos piratas, sí, ellos me robaron; me vendieron a los barcos mercantes; minutos después me sacaron; del pozo sin fondo; pero mis manos se hicieron más fuertes; por las manos del Todopoderoso...).

Era Redemption Song o Canción de Redención, del mítico Bob Marley. Aquel migrante en medio de las angustias que vive en el sombrío albergue de Darién sabía lo que cantaba: que en la espesa selva hay piratas que les roban y matan, que el pozo profundo es el país de donde salió huyendo de la miseria y que tan pronto como llegue a su nuevo destino se hará más fuerte con la ayuda de Dios. Allí estará su redención.

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