EL DESCALABRO DE una comunidad

Coclesito, 33 años después

El pueblo decae. La gente no siembra ni cría animales. Del otrora proyecto de Torrijos ni el PRD se acuerda.
Un pequeño parque divide el centro del pueblo. A los lados está el hospital rural, y el camino hacia la pista aérea abandonada, cuyo tramo también lleva a la escuela secundaria. Cortesía Miroslava Herrera. Un pequeño parque divide el centro del pueblo. A los lados está el hospital rural, y el camino hacia la pista aérea abandonada, cuyo tramo también lleva a la escuela secundaria. Cortesía Miroslava Herrera.
Un pequeño parque divide el centro del pueblo. A los lados está el hospital rural, y el camino hacia la pista aérea abandonada, cuyo tramo también lleva a la escuela secundaria. Cortesía Miroslava Herrera.

San José del General tiene una herida desde hace 33 años. La agonía comenzó el 31 de julio de 1981 desde el accidente en el que murió, en las faldas del cerro Santa Marta, el primer dictador que tuvo el país, el militar Omar Torrijos. Tenía 52 años.

El jefe de Estado se dirigía hacia Coclesito, el otro nombre de San José del General, el pueblo que él mismo fundó en 1970 como uno de los tantos sitios recreativos que se construyó, y donde instauró, con fondos del erario público, un proyecto agrario con búfalos traídos vía aérea desde Trinidad y Tobago.

La muerte de Torrijos desencadenó una lucha ideológica interna, causante de divisiones familiares, deterioro en las siembras y apatía política en el pueblo.

Años después también llegó la minería a cielo abierto; salvación, dicen unos, catástrofe, se lamentan otros.

De Torrijos solo queda el recuerdo, y una casa de madera que construyó para supervisar el extravagante proyecto de los búfalos. La pista en la que debió aterrizar el viernes de su muerte, ahora es un herbazal. El torrijismo que los unió en una época, con el correr de los años se entregó a las nuevas corrientes políticas. Desde 2009, el representante de corregimiento del lugar es Eulalio Yángüez, de Cambio Democrático.

el lugar

A Coclesito se llega después de atravesar la cordillera central por la carretera de La Pintada. Décadas atrás el viaje tomaba hasta tres días, pero las mineras se encargaron de construir una calle amplia para transportar el oro y el cobre que extraen.

Pese a que su nombre sugiere que se trata de un poblado de la provincia de Coclé, en realidad Coclesito forma parte de Colón, distrito de Donoso, justo en la vertiente divisoria del Pacífico y el Atlántico. Tiene una población de poco más de 2 mil personas, y se rodea de dos ríos: uno que lleva el mismo nombre, y el San Juan de Turbe, por el que la gente se desplaza a las comunidades cercanas y cuyo destino final es Coclé del Norte, en el Caribe colonense.

Se fundó el 8 de agosto de 1970, el día que Torrijos llegó por primera vez al pueblo, entonces llamado La Negrita, por un pedido especial del padre José María González luego de una inundación que arrasó con todo.

José Valentín tiene 77 años, y ese día recibió a Torrijos. Vive allí desde los 12, cuando se mudó con una tía al quedar huérfano de padre y madre.

Valentín fue representante de Coclesito, en el pueblo le dicen “el Constituyente”, y participó en la confección de la Constitución de corte militarista, en 1972, y en la que Torrijos se perpetuaba en el poder del país. De hecho, esa Constitución le otorga a Torrijos el título de “líder máximo de la revolución panameña”.

UN DICTADOR

Torrijos gobernó con mano de hierro el país desde el alzamiento militar que encabezó contra el gobierno constitucional del presidente Arnulfo Arias Madrid, en 1968. Aprovechó el clima político gestado con los sucesos del 9 de enero de 1964 para negociar los tratados Torrijos-Carter de 1977, que devolvieron el Canal a manos panameñas. También abolió los partidos políticos y reprimió con violencia los movimientos de oposición a su régimen militar. Durante su mandato se reportaron más de 100 personas desaparecidas y cientos de torturadas. Como parte de los compromisos internacionales del tratado de 1977, Torrijos se comprometió a la pluralidad, que implicó el retorno de los exiliados políticos, la formación de partidos políticos, y medios de comunicación independientes.

En este contexto, un grupo de seguidores del gobierno de Torrijos fundó en 1979 el Partido Revolucionario Democrático (PRD).

El dictador estableció en Coclesito una cooperativa que distribuía entre las familias las ganancias de la venta de frutas, vegetales y raíces sembradas por los vecinos, y de la cría de los búfalos trinitarios, que en su mejor momento llegaron a las mil cabezas.

Torrijos, mientras tanto, construyó una casa de madera de dos pisos para supervisar su proyecto, y en ella no faltaron las fiestas y reuniones políticas. Allí recibió al líder socialista cubano Fidel Castro y al escritor Gabriel García Márquez. “Yo allí conocí al cubano Fidel mientras nos tomábamos unos whiskys”, rememora Valentín, con una sonrisa.

La casa ahora es un museo cuidado por Virgina Oliveros y su hija Noemí Solís, de 17 años. Entre pinos, fotografías antiguas y un cedro amargo que cruje con cada paso, permanecen las últimas memorias de Torrijos. “Se enamoró tanto de este pueblo, que murió viniendo para acá”, recuerda Solís.

EL DESCALABRO

Al doblar hacia Coclesito en lugar de seguir hacia el proyecto minero, la diferencia se nota de inmediato. Se acaba el asfalto y en su reemplazo se inicia un camino de tosca con resaltos improvisados para limitar la velocidad de las camionetas.

La mayoría de las casas está sin pintar, y a orillas de la calle hay pilas de bloques de concreto que revelan obras inconclusas.

A la mano izquierda surge una escuela primaria, y se llega a la secundaria al cruzar un pequeño puente sobre el río Coclesito.

El pueblo tiene un hospital rural con dos ambulancias, pero a veces ni siquiera hay médicos. Solo enfermeras. Opera casi toda la semana con una planta eléctrica, pues el servicio de energía llega tres o cuatro días a la semana. La comunidad mantiene una deuda con la empresa distribuidora de electricidad. Si no recibe el pago completo del día anterior, pues no hay luz. Por las noches, la única iluminación es la de unos cuantos postes con paneles solares.

El silencio en medio de la oscuridad se rompe con el rugir de una planta de energía. Pertenece a Humberto López Tirone, dirigente retirado del PRD y administrador del único hostal del pueblo.

López Tirone, un férreo defensor de la dictadura militar, decidió apartarse de las mieles y los problemas de la política y refugiarse en Coclesito hace cuatro años.

Dejó las embajadas y los ministerios por sembradíos de ají picante y cría de animales; los batazos contra los opositores al régimen militar, por el budismo y las salas de meditación; el aire acondicionado, por las coloradillas y la tierra entre sus manos.

Explica que si bien con la muerte de Torrijos el pueblo comenzó a descomponerse, no fue hasta la caída del gobierno militar, en 1989, que se descalabró.

“Gente afín al nuevo gobierno llegó y se lo llevaron todo”, recuerda con voz suave. A unos metros lo espera un grupo de 10 niños preadolescentes para que les muestre cómo cultivar guandú. Así se redime un hombre apasionado.

Valentín, el Constituyente, evoca con claridad el ver la lluvia de soldados estadounidenses en el cielo de Coclesito la noche del 20 diciembre de 1989. Los paracaidistas conocían del cariño de Torrijos por el pueblo, y querían evitar una insurrección campesina que pudiera apoyar al último dictador, Manuel Antonio Noriega. “Salimos huyendo. Estaban armados. Nadie acá disparó un tiro. Pasaban los helicópteros, y hasta que chillaba el cinc. Agarramos un cayuco y nos fuimos a una finquita que tengo más abajo”, dice.

Cuando se fueron los soldados comenzó el cuatrerismo. El Constituyente comenta cómo gente de otros pueblos fueron a Coclesito a robar búfalos y vacas. Y después, la pugna interna. “Lo malo se pega. Cuando la invasión, se nos dividió la gente”, afirma Valentín.

Nina es una de las cocineras en el hostal de López Tirone. Nació en El Copé, a unos cuantos kilómetros, pero el amor la llevó a Coclesito hace 30 años. También recuerda la gran cantidad de miembros de la comunidad que exigieron su cuota de la cooperativa para manejar un patrimonio a su estilo después de la invasión. El proyecto de Torrijos sangraba por la herida. Para separarse de sus viejos aliados, comenzaron a construir otro pueblo al otro lado del río Coclesito. Les dicen “los de allá”.

“Se fueron e iniciaron una comunidad. Sentían que si se quedaban acá no podían acaparar sus terrenos. Muchos se robaron las vacas que ahora crían. Un señor del gobierno vino a repartir el ganado como si fuera de él”, asegura Nina. Pasa la hora de almuerzo, así que lava algunos platos. Muy cerca de ella juega su nieto Jonathan, de cinco años.

SE ABRIÓ EL CIELO

En épocas de apogeo de la actividad minera, la calle de asfalto se pone difícil. Hay que sortear camiones y equipo pesado dispuestos a todo con tal de acelerar la extracción de oro y cobre. El tiempo es dinero.

Hace unos 15 años las mineras obtuvieron la concesión para tomarse Donoso y extraer los minerales del suelo panameño con excavaciones a cielo abierto. La necesidad de mano de obra se hizo imperativa, y Coclesito, dividido y herido, estuvo presto para la faena.

Además de un talento natural en la cocina, Nina también fue corregidora. Todavía no sabe cómo llegó a ese puesto ni por qué lo aceptó, pero se arrepiente.

“No quería tener enemigos en el pueblo. Acepté hacerlo por tres meses, y seguí. Entonces vino la mina. A mí me culparon de que entraran, pero yo no doy permisos de concesiones. Hasta el representante actual dice que yo tuve la culpa. Esos proyectos iban porque iban”, afirma Nina.

Desde la instalación de la mina, la fuerza joven del pueblo prefirió el cobre a la siembra. “El dinero fácil”, dice Valentín. “Tantas cosas bonitas: refrigeradoras, televisores, lavadoras. Y cuando la mina se vaya, quién va a comprar esa tele. Habrá hambre”, profetiza el Constituyente. Usa sombrero pintado y viste un polo de franjas negras y amarillas. Tiene los ojos negros y una cicatriz en la nariz.

Solía gustarle el río. Ya no. Desde la apertura de la mina solo mete las piernas. Se siente contaminado. “El río ha matado pescados y todo, pero ellos no aceptan. La gente se baña igual”.

Así como la nueva carretera permite la movilización fácil, también se presta para el intercambio comercial clandestino. En la pared de la junta comunal un cartel advierte: “No te ensucies las manos. No al narcotráfico”. Valentín explica que las drogas llegan por el Caribe a Coclé del Norte, suben por el río San Juan, atraviesan Coclesito, salen por la carretera de La Pintada, van a Penonomé y después, a la capital.

casa es museo

La casa de Torrijos está en los primeros metros del pueblo, en una colina sobre los ríos y las montañas, y si hay suerte, se alcanzan a ver los búfalos. Virgina Olivares conoce de memoria cada rincón de la vivienda.

Olivares explica que los aportes se utilizan para el mantenimiento de la casa, y que ella recibe también un pequeño pago de la Fundación Omar Torrijos.

Entre 1999 y 2004, la presidenta Mireya Moscoso hizo un brindis con invitados de lujo en la casa de Torrijos. Una charla con Oliveros bastó para enviarle una ayuda y no dejar morir el recuerdo. “Una vez le envié una carta a Martín [Torrijos], pero me dijo que no le interesaba. Después insistí por años para que la fundación me ayudara”, aclara la guía.

El museo es el último bastión del torrijismo en Coclesito. En las paredes cuelgan fotografías del militar en el pueblo. En una conversa con hombres de bigote y apariencia extranjera. “Eran los salvadoreños de Ciudad Romero”, dice Noemí, la hija de Oliveros.

Cerca del río Belén, Torrijos refugió, en medio de la selva panameña, a miles de salvadoreños que huían de la guerra. Nombró a la comunidad Ciudad Romero, en honor al obispo asesinado Óscar Romero, defensor de los derechos humanos en una época sanguinaria en ese país. Se sentían libres y preparaban buenas sardinas, según cuenta Oliveros. Fueron repatriados en 1991, durante la gestión de Guillermo Endara.

La nueva dirigencia del PRD también apartó a Coclesito y sus recuerdos de Torrijos. Casi no flamean banderas tricolores en el pueblo, y es Yángüez, representante de Cambio Democrático, el que vela por la fiesta de aniversario del pueblo cada año.

Valentín reclama que ni siquiera Juan Carlos Navarro, último candidato presidencial, fue a visitarlos. “Yo sí soy torrijista, pero me han dejado solito”, afirma y bebe el último sorbo de la chicha de naranjilla preparada por su esposa.

El Constituyente acepta su soledad. Tampoco quiere viajar a la ciudad a participar en cosas del partido. Dice que el torrijismo se perdió, que ahora las discusiones se resuelven con maletines de dinero. “Déjenme morir pobre”. Se levanta de su taburete y rodea la mesa con las manos para evitar tropezarse en la oscuridad. Otra noche sin luz en Coclesito.

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