CRIMINALIDAD. EN SUDÁFRICA LE ROBAN EL PELO A LA GENTE.

Cortar y correr

Se trata del más nuevo ´modus operandi´ de la delincuencia, que se reporta en varias ciudades del gigante africano, entre ellas Johannesburgo.

Ocurrió una noche de febrero en Johannesburgo, el principal centro económico de Sudáfrica. Jack Maseko, un joven zimbabuense de 28 años regresaba a su casa cuando, de pronto, tres hombres le salieron al paso.

Por segundos, Maseko pensó que le robarían el celular, pero los ladrones querían algo más: sus rastas.

“Tenían un cuchillo y cortaron mi pelo con tijeras. Todavía me duele cuando pienso en esa noche”, contó Maseko al periodista Pumza Fihlani, de BBC Mundo.

Fihlani divulgó recientemente un reportaje sobre esa nueva moda criminal que se reporta en varias ciudades de Sudáfrica: el robo de trenzas de cabello tipo rastas, que aunque en América se las asocia casi exclusivamente con el movimiento rastafari, en África son populares en grupos étnicos y religiosos.

El fenómeno es prácticamente nuevo. En los últimos seis meses han trascendido al público cuatro casos, el primero de estos relacionado con otro joven zimbabuense, Madonko Mutsa, asaltado afuera de una discoteca en Johannesburgo.

Para el momento en que Mutsa fue robado, tenía 10 años cuidando sus trenzas.

Según las versiones que circulan en la ciudad, sin embargo, detrás de esos casos se esconden “muchísimos más”, pero las víctimas no los denuncian por pena.

“No fui a la policía porque no pensé que se podía hacer algo al respecto. No creo que la policía siga un caso de pelo robado”, expresó Maseko.

El problema, de acuerdo con Fihlani, es aquellos que han sido víctimas de estos asaltos no creen que su situación se tome en serio.

El vocero de la policía de Johannesburgo, Lungelo Dlamini, reconoció que no hay una ley que incluya el robo de cabello, pero dijo que las autoridades esperan que las víctimas presenten las denuncias, para asistirlas.

“Solo hemos oído historias, pero no nos han reportado casos”, dijo.

Hasta ahora, la mayoría de las historias son de Johannesburgo, pero algunos casos han llegado a la ciudad costera de Durban.

Oferta y demanda

Antes de ser robado, Maseko se preguntaba de dónde venían las trenzas que se vendían en las calles de la ciudad. Ahora lo sabe.

Y es que detrás de su caso subyace un creciente mercado negro, en el que las trenzas más largas pueden llegar a costar hasta 220 dólares.

Como las rastas requieren de varios años para crecer y mucha gente no quiere esperar, surgió el delito, explicó Fihlani.

“Los ladrones son rápidos y a veces despiadados. Usan cualquier cosa, desde un cuchillo hasta un pedazo de vidrio roto para robar el preciado cabello. La maniobra se conoce en la jerga callejera como ´cortar y correr”, precisó.

Después de cortadas, las trenzas son cosidas al cabello de los compradores mediante un método que los estilistas llaman “ganchillo”.

Usan, según Fihlani, una fina aguja para convertir un pelo alisado en trenzas. “Un proceso que resulta en rastas instantáneas”, acotó.

Más que ´fashion´

Quien tenga las trenzas, domina el mercado. Pero para los más reconocidos estilistas el asunto va más allá y se entrelaza, como el cabello mismo, con la ética.

Jabu Stone, a quien se conoce como el gurú del cabello sudafricano, afirma que si alguien quiere venderle trenzas, debe mostrarle primero una fotografía suya con el cabello antes de cortado, o sencillamente pedirle que él lo corte.

“No es justo, porque cuando te dejas las rastas te apegas a ellas, inviertes años en ellas, y que la gente simplemente te las saque por la fuerza es inaceptable, es criminal”, dijo.

Por su parte, el antiguo peluquero de Maseko, Andile Khumalo, afirmó estar al tanto de lo que sucede e instó a la policía a tomar cartas en el asunto, porque, a su juicio, cada vez está empeorando más.

“En los últimos seis meses escuché cuatro casos aparte del de Jack. La cosa está empeorando y hay que hacer algo”, advirtió Khumalo, quien dirige un improvisado salón de belleza en la acera de una transitada calle.

Mientras tanto, las víctimas se mantienen a la expectativa, con reservas.

La sola idea de volver a dejarse crecer las trenzas ya de por sí le causa un trauma a Maseko.

“Tengo miedo de tener rastas, temo que me las van a cortar de nuevo. Mis amigos me advirtieron de que no me las dejara crecer, la próxima vez quizá me maten”, reflexionó.

Del rechazo absoluto a la moda

De acuerdo con Jabu Stone, a quien también se le conoce en Sudáfrica como el señor rastas, hace 20 años este tipo de cabello no era nada popular.

Por el contrario, se le veía como algo desaliñado, sucio y solo para el movimiento rastafari.

Recordó que a mediados de los años 90, los habitantes de su país preferían alisarse el cabello con productos químicos para ajustarse a los estándares de belleza americanos.

“Me tomó un montón de trabajo, durante años, cambiar esa percepción”, señaló.

Por encima de la moda, las rastas en África son populares por motivos religiosos o de identidad étnica.

Por ejemplo, las usan las mujeres himba de Namibia, los hombres masai de África Oriental; las mujeres Turkata de Kenia; y hasta los miembros de la secta musulmana Baye Fall de Senegal.

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