SOCIEDAD. CAMBIO GENERACIONAL.

Escenas que se desdibujan

En la actualidad avanza una violenta ruptura de los tradicionales esquemas culturales del campesino azuerense.
Protegiendo con su sombrero que el viento no vaya a apagar el fuego, Ciriaco Alonso, de 76 años, enciende su pipa o cachimba, una escena que ya poco se observa en el país. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez. Protegiendo con su sombrero que el viento no vaya a apagar el fuego, Ciriaco Alonso, de 76 años, enciende su pipa o cachimba, una escena que ya poco se observa en el país. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez.
Protegiendo con su sombrero que el viento no vaya a apagar el fuego, Ciriaco Alonso, de 76 años, enciende su pipa o cachimba, una escena que ya poco se observa en el país. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Alcibiades Cortez.

De los hombres y mujeres que por décadas le dieron identidad a la región de Azuero, hoy quedan pocos.

Una ínfima minoría de ellos todavía camina a paso lento por diferentes pueblos, pasando desapercibidos para quienes ignoran su esfuerzo, pero que disfrutan de lo que hicieron.

Ellos, los hoy ancianos, pertenecen a generaciones que nacieron en medio de la montaña y que por falta de oportunidades tuvieron que trabajar la tierra con machete, derribar el bosque con hacha, y curar las enfermedades con hierbas medicinales.

Eran los tiempos cuando, por ejemplo, en cerro Hoya, provincia de Los Santos, se hablada de “Señiles”, un personaje imaginado por los campesinos que según la leyenda rural se dedicaba a curar las heridas de los animales.

“Yo apenas tenía 10 años y ya trabajaba en el campo, ganándome 25 centavos de 7:00 de la mañana a 6:00 de la tarde”, dice Florentino Cortez, que a sus 78 años agradece la enseñanza familiar que le inculcara el hábito del trabajo.

Como él, muchos fueron los que laboraron muy duro en las faenas agrícolas al no haber otra alternativa.

“Como viví una vida muy difícil, esos sacrificios no los quise para mis hijos, que sí lograron ir hasta la universidad”, reflexiona el viejo Florentino.

GRISÁCEO

En el expresivo rostro del hombre campesino con el motete a la espalda, encendiendo entre el sombrero su pipa o cachimba, sacando candela con la yesca, y calzando unas cutarras de cuero crudo, hay escrita toda una era.

La modernidad los desdibuja, dejando en el olvido a quienes le dieron identidad a esta región.

A sus 76 años, Ciriaco Alonso es uno de los pocos que aún fuma en cachimba. Dice que creció fumando tabaco para contrarrestar el frío cuando trabajaba bajo la lluvia.

Recuerda que en sus tiempos casi nada se compraba: todos compartían en comunidad para tener la comida del año, mientras que para tratar las enfermedades acudían a los curanderos.

“Se vivía en una sociedad muy sana y solidaria”, reflexiona Alonso.

Rememora que en el hogar la autoridad la tenían los padres, quienes enseñaban a sus hijos a trabajar y a cuidar lo que se tenía.

El lujo no importaba y solo se festejaba en las celebraciones de san Juan y santa Rosa, en Llano de Piedras; y Reyes Magos, en Macaracas, pues los demás días si no se estaba enfermo había que trabajar.

Teófilo Barría, otro campesino, acepta que si bien ha llegado progreso a la región, se ha perdido el concepto de los orígenes; lo más importante de Azuero.

Hoy, afirmó, es común observar a los bisnietos de los hijos de esta tierra, con arete en la oreja; y a otros que, porque van a la universidad, no quieren que se sepa que provienen de raíces campesinas.

Transformación del azuerense

El sociólogo Milciades Pinzón señala que a finales del siglo XX se produjo una transformación radical en el hombre que habita la península de Azuero. Sus valores, basados por décadas en una cultura de economía campesina, fueron severamente remecidos por el avance del sistema capitalista. Este, sostiene Pinzón, es un hecho de carácter estructural que en el último lustro del siglo pasado encontró su última expresión en las políticas neoliberales.

“Casi nada va quedando de aquel mundo social basado en una estrecha relación primaria, ocasionales festividades en tiempos de la patrona del pueblo y en una hegemonía de grupos asentados en las plazas lugareñas”, afirma el sociólogo.

En su opinión, es evidente que en la actualidad se propicia una violenta ruptura de los tradicionales esquemas culturales del campesino azuerense.

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