INVESTIGACIONES EN ITALIA

Lavítola, la pesadilla de Martinelli

La codicia de un italiano que decidió hacer fortuna en Panamá protagoniza uno de los peores escándalos de corrupción del gobierno de Ricardo Martinelli.

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Ricardo Martinelli LA PRENSA/Archivo. Ricardo Martinelli LA PRENSA/Archivo.
Ricardo Martinelli LA PRENSA/Archivo.

El 11 de septiembre de 2009, Ricardo Martinelli almorzó en la sede del Gobierno italiano –el Palacio de Chigi, en Roma– con Silvio Berlusconi, cita en la que también estuvieron el entonces canciller italiano, Franco Frattini, y el vicepresidente panameño, Juan Carlos Varela. La presencia de Martinelli en esa comida –a dos meses de haber tomado posesión– marcó su gobierno para siempre.

La Presidencia de la República anunció con estridencia los logros de Martinelli en ese encuentro, en el que destacaban una visita a Panamá de Silvio Berlusconi y la donación de un hospital pediátrico.

Nada decía la Presidencia sobre la participación en ese encuentro de Estado de un anónimo protagonista: Valter Lavítola, quien nueve meses después de conocer a Martinelli llegó a Panamá en el mismo avión que trajo a Berlusconi al país. Su presencia pasó inadvertida para los medios locales e italianos.

UNA SOCIEDAD POLÍTICA

Pero Berlusconi y Lavítola compartían una historia truculenta. Este último había servido a los intereses políticos de Berlusconi y, además, conocía sus secretos más íntimos. En primer lugar, Lavítola había actuado de intermediario entre Berlusconi y un senador romano que aceptó 4 millones de dólares que le entregó Lavítola –a nombre de Bersulconi– para hacer caer el gobierno de Romano Prodi, en 2008.

Como director de un periódico de poca monta (L´Avanti), Lavítola también había hecho trabajos sucios para desprestigiar públicamente a enemigos políticos de Berlusconi, incluso después de su llegada a Panamá. Como si fuera poco, también había estafado al Estado italiano al solicitar y recibir subsidios públicos para su periódico, que sumaban más de 30 millones de dólares.

Lavítola, además, sacó provecho económico de las debilidades de Berlusconi, al que extorsionaba a cambio de guardar silencio sobre su célebre vida licenciosa.

Berlusconi no conocía de límites sobre este asunto. Daba rienda suelta a sus fantasías eróticas, incluso, en viajes oficiales. De hecho, Lavítola acompañó a Berlusconi en esa gira a Panamá en junio de 2010, cuya escala previa había sido Brasil, donde el gobernante italiano dejó una estela de escándalos al saberse de una fiesta en el hotel donde pernoctó con prostitutas. Su famoso “bunga, bunga”, al ritmo de samba.

EL SUEÑO DE SER RICO

Al pisar tierras panameñas, Lavítola pareció cautivado por el ambiente de prosperidad que reinaba en el país y por las atenciones que recibía de las más altas autoridades, incluidas las del propio presidente Martinelli.

“Aquí [Panamá] es una maravilla”, le dijo Lavítola a Adolfo De Obarrio, secretario privado del Presidente, en una ocasión, poco después de radicar sus negocios en el trópico panameño. Fue esta capital donde, para concretar su sueño de ser rico, pretendía ser nombrado por Berlusconi representante de Italia para hacer negocios con Centroamérica, y un nombramiento honorífico como cónsul de Panamá que empero no logró concretar, aunque al final eso no fue necesario.

Hábilmente, Lavítola cultivó envidiables contactos para satisfacer su creciente codicia: lujos, viajes, poder, sexo. Todo lo obtuvo de sus contactos con el gobierno de Martinelli.

Lavítola era un astuto lobista: se presentaba como amigo del Presidente de la República –quien daba motivos para respetar e, incluso, temer a Lavítola–: lo trataba como huésped de Estado, le facilitó conductor, escoltas, carros oficiales, sus helicópteros personales, mientras el italiano se jactaba de su amistad con los hijos del gobernante, asistía a suntuosas fiestas, disponía de dinero, carecía de escrúpulos y lo movía su insatisfecha avaricia.

Lavítola trabajó a la sombra del poder. Tenía la representación de Finmeccanica, la empresa a la que el gobierno de Martinelli le otorgó un contrato directo por 250 millones de dólares, de los cuales se desviarían al menos unos 25 millones de dólares para ser depositados en cuentas a nombre de una compañía panameña llamada Agafia Corp., en la que Lavítola no aparecía, pero su pareja sentimental, sí: Karen De Gracia. El dinero, según creen los fiscales de Italia, era para repartirlo entre Martinelli y sus funcionarios más cercanos.

Los negocios marchaban según lo planeado y Lavítola experimentaba en Panamá las mieles de la dolce vita. Tanto es así, que el ministro de Seguridad, José Raúl Mulino, dijo en 2011 que “hubo un tiempo en el que Lavítola parecía una reina de Carnaval en Panamá, porque todo el mundo se lo peleaba para sus fiestas”.

En efecto, todo el mundo quería ser amigo de este italiano que parecería tener la llave de cada puerta del Gobierno, incluso de las que se cerraban, como lo experimentó Mauro Velocci, otro italiano que llevaba un año tratando de venderle a Panamá un proyecto de cárceles modulares, pero que a pesar de sus esfuerzos no lograba concretar el negocio.

COMISIONES

Pero eso cambió cuando Lavítola entró en escena. En ese viaje que hizo con Berlusconi a Panamá en junio de 2010, Lavítola conoció a Ángelo Capriotti, el dueño de Svemark, la empresa de las cárceles que Velocci representaba en Panamá. Capriotti y Lavítola acordaron que Svemark le pagaría una jugosa comisión a cambio de que lograra la firma del contrato que para entonces su valor se acercaba a los 200 millones de dólares.

De ese acuerdo se enteró tiempo después Velocci, cuando Capriotti fue detenido en Italia. Al comunicarle la noticia a Lavítola, este dijo que seguirían adelante las negociaciones de las cárceles con el Gobierno, porque Capriotti le había prometido 20 millones de dólares que también serían repartidos entre funcionarios del Gobierno panameño y Lavítola, según las investigaciones de los fiscales italianos.

Es así como dinero de Svemark salió para cuentas bancarias en Estados Unidos, a nombre de empresas que controla Rogelio Oruña, otro hábil lobista, amigo de Martinelli –y luego íntimo de Lavítola– quien también consiguió contratos del Gobierno panameño para sus empresas y para otra que él representaba: IBT Group, hoy sumida en serios problemas de incumplimiento de obras de infraestructura hospitalaria –valoradas en cientos de millones de dólares– que contrató la administración de Martinelli.

Oruña –actor de reparto en esta “novela”, como suele llamar Martinelli las publicaciones sobre Lavítola– goza de la temida atención de los fiscales italianos, no solo porque a sus cuentas bancarias fue a dar lo que se presume sea dinero sucio de Svemark, sino por su participación, junto con Lavítola, en la compra frustrada de un helicóptero para el presidente Martinelli y que, según Velocci, era el pago de una coima.

DEL PARAÍSO A LA CáRCEL

Pero las aventuras sexuales de Berlusconi pusieron fin a los negocios de Lavítola. Su nombre repentinamente comenzó a aparecer en los diarios italianos, ligado a los habituales escándalos de Berlusconi.

Para entonces, Lavítola llevaba un año de fraguar negocios en Panamá, de cultivar amistades complaciendo a sus mecenas con viajes y placeres, como aquel inolvidable fin de semana de agosto de 2011, en Cerdeña, donde Martinelli y gente de su entorno disfrutaron de la generosidad de Lavítola, quien pagó unos 40 mil dólares al lujoso hotel en el que estuvieron hospedados, tras un sigiloso viaje que no pudo ser ocultado, pese a los esfuerzos oficiales por hacerlo.

Los periódicos italianos comenzaron a revelar comprometedoras interceptaciones telefónicas de Lavítola, incluso de una orden de arresto en su contra, acusado de extorsionar a Berlusconi.

Lavítola entonces pasó a la clandestinidad –siguiendo una sugerencia del propio Berlusconi– al tiempo que se hizo de más protección de las autoridades locales. Pero eso terminó cuando la vanidad del italiano se impuso a la prudencia. Por culpa de ello, su relación con Martinelli de amistad –y complicidad, según los fiscales italianos– acabó estrepitosamente.

Y es que Lavítola, desde la clandestinidad en Panamá, accedió a una entrevista y se dejó fotografiar para un medio italiano. El hecho no tardó en saberse en Italia y Martinelli, furioso, lo “largó” del país, según él mismo reconoció el año pasado en una entrevista de televisión. Lavítola, tras meses de fuga, decidió entregarse a las autoridades italianas en abril de 2013.

Desde entonces –tras un breve arresto domiciliario que también violó y por el que enfrenta otro proceso judicial– se la pasa de celda en celda, de cárcel en cárcel, atendiendo las múltiples audiencias y juicios por más de media docena de procesos penales en su contra, varios de los cuales han terminado en sentencias condenatorias.

Tres de esos procesos judiciales se vinculan con Panamá: uno por corrupción internacional, en Roma (caso Finmeccanica); otro por extorsión internacional (caso Impregilo), en Nápoles –en el que Martinelli podría ser objeto de acusación penal, según se ha revelado en Italia–; y uno más, cuyas sumarias están por cerrarse este mes, por presunta corrupción internacional, también en Nápoles (caso cárceles modulares/Svemark).

El más reciente de estos procesos es el que está basado en un telefonema de Berlusconi a ejecutivos de Impregilo para advertirles de que Lavítola lo había llamado a nombre de Martinelli para comunicarle que el gobernante panameño haría un anuncio negativo contra esta empresa si no se comprometía a construir el hospital pediátrico, ese que Martinelli fue a buscar en sus primeros viajes –cuando conoció a Lavítola–, ese que podría terminar siendo la peor de todas sus pesadillas.

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