Leopoldo, ¿y ahora qué?

El opositor dio un breve discurso y luego besó a su rubia esposa, un momento Kodak que, entre otras cosas, sirve para ganarle una batalla más a Capriles.

A George Santayana, el célebre filósofo hispanoestadounidense, le parecía “una terrible indignidad tener el alma controlada por la geografía”. Santayana, que murió en 1952, consideraba que esa indignidad era el principal problema del nacionalismo. Más de seis décadas después, la oposición venezolana sufre de un problema parecido: su alma, que desea un cambio radical en el país, vive atrapada en territorio caraqueño, encerrada en la zona este de la ciudad.

Muchas cosas habían cambiado desde el nacimiento de “la salida”, la iniciativa política para forzar un cambio de gobierno antes de un posible referendo revocatorio en 2016, y que agarró fuerza al mezclarse con el fervor de las protestas estudiantiles.

Los enfrentamientos entre opositores y las fuerzas regulares e irregulares del oficialismo habían generado un tsunami de imágenes y testimonios –verdaderos y falsos– que recorrieron el espacio y el ciberespacio y fueron creando un sentido de crisis al que el Gobierno se sumó con entusiasmo.

Pero, a pesar de todo, las protestas opositoras caraqueñas no habían logrado salir del este de la ciudad, limitándose a un circuito diario que iniciaba con marchas y concentraciones –algunas multitudinarias– en varios puntos a lo largo de la avenida Francisco de Miranda –principalmente la plaza Altamira– y terminaba con el bloqueo –por una minoría– de una autopista cercana. Al caer la noche, ocurrían esporádicos episodios de violencia que indignaban al mundo y alimentaban las marchas del día siguiente.

Todo eso, sin embargo, parecía destinado a cambiar ayer. El domingo, el líder de “la salida” –e ídem del partido Voluntad Popular (VP)–, Leopoldo López, había convocado a una gran marcha en la que él “daría la cara” –luego de varios días de evadir una orden de arresto emitida en su contra por la violencia del 12-F– llevando una serie de peticiones al Ministerio de Justicia, en pleno centro de la ciudad.

La marcha había cobrado aún más fuerza tras el allanamiento –no precisamente pacífico– de la sede de VP el día lunes, y la tensión se había disparado tras la retórica gubernamental y la convocatoria de una marcha oficialista para el mismo día.

La preocupación y el temor no pudieron con la indignación, y para cientos de miles de personas, la suerte estaba echada: el 18-F, la multitud opositora entraría en territorio comanche con su líder, rompiendo las cadenas de su encierro territorial.

Y aunque no lo había dicho en el video, todo Venezuela sabía que Leopoldo se entregaría a las autoridades. Después, pasaría lo que Dios quisiera.

El canal y la estatua

Esa sensación –de caminar hacia lo desconocido– se podía palpar mientras miles de personas vestidas de blanco caminaban por la Francisco de Miranda en dirección oeste. La estación de metro de Chacaíto –la más cercana al punto de convocatoria– estaba cerrada, por lo que la anterior –Chacao– era un hormiguero de actividad, con cientos de hormiguitas blancas saliendo de sus accesos hacia la avenida.

Según se acercaba Chacaíto aumentaba el runrún de la gente y el ruido de bocinas, pitos y silbatos. El ejército blanco ya se había tomado la calle. Los carros se desviaban. El territorio comanche estaba cada vez más cerca. Los activistas, ya conscientes de lo que se les venía encima, intercambiaban números de teléfono y establecían planes de contingencia “por si pasaba algo”. Todo, absolutamente todo estaba en el aire.

Pasadas las 10:30 a.m., la Francisco de Miranda era un mar de camisetas blancas y banderas venezolanas. En medio de la calle, la dirigente juvenil de VP Gabriela Arellano hablaba encima de un camión con enormes bocinas. Dijo que había gente llegando de todas partes y que “no alcanzarían las balas ni las bombas para contener al pueblo”. La gente, muchos sin pararse, vitoreó con entusiasmo, mientras llovían papelitos blancos desde las ventanas de los edificios aledaños.

El optimismo era evidente. “Y va a caer, este gobierno va a caer”, cantaban grupos de muchachos aquí y allá. Pero además del crudo deseo de cambio, las muestras públicas de descontento civil dependen crucialmente del aspecto táctico. Y en Venezuela se está librando una apasionante batalla, en la que a la creatividad de unos y otros se unen las lecciones de la historia.

Así, la oposición venezolana de hoy es no violenta como la india, de colores como la ucraniana e, incluso, regala claveles a las fuerzas gubernamentales como la portuguesa. El oficialismo, por su lado, mueve sus piezas con distinto estilo, pero con la misma sed de victoria.

El gobierno pegó primero: la primera línea que detuvo a los opositores estaba firmemente plantada en el cruce de la Francisco de Miranda con la William Phelps. Allí, cinco líneas de policías –las cuatro primeras de mujeres y la última de hombres–, y varias más de antimotines bien apertrechados bloqueaban el paso hacia el oeste.

Mientras que algunos manifestantes –femeninas– intentaban entregar claveles a los policías, Jorge Machado –activista de VP– alentaba desde un megáfono a “hablar con ellos [los policías], que tienen tanto o más miedo que nosotros. Ellos no son el enemigo”.

El primer contacto entre unos y otros comenzó a generar reacciones. “¡Cobardes, poniendo mujeres enfrente!”, gritaba uno, a lo que otro respondía “¡pero si son cubanas!”. A la vez, se iba extendiendo la sensación de que el avance –que tan bien había transcurrido– se había detenido.

Mientras los papelitos adornaban el cielo caraqueño, los manifestantes abrieron –a través de “cadenetas” humanas– un canal en medio de la concentración. Tras unos segundos de confusión, los de dentro –periodistas y activistas– y los de fuera –el resto– comprendimos que por ahí pasaría Leopoldo López, el hombre sobre el que giraba todo lo que se veía, y más. Al final del canal, una estatua de José Martí.

El ´show´ de Leo

Los minutos siguientes fueron de cierta incomodidad, pues las protestas y concentraciones suelen llevarse mal con la espera y la incertidumbre. Mientras los periodistas y fotógrafos aprovechaban para captar material, las discusiones entre la gente reflejaban la mezcla de emociones de los presentes: “con tanta paz no vamos a lograr nada”, decía una señora ya entrada en años. Sonriendo sarcásticamente, un hombre que se encontraba cerca pedía paciencia, “porque esto es largo”.

Los minutos pasaban y no pasaba nada. “¿Qué estamos esperando?”, decía cada vez más gente, mientras los activistas intentaban mantener las “cadenetas”. El tiempo jugaba en contra. La peligrosa disposición física de la manifestación –donde podía aterrizar sin ningún problema una bomba lacrimógena desde detrás de las líneas policiales y provocar una estampida– iba entrando en la conciencia de muchos.

Y, en todo caso, la situación era como mínimo inusual: una marea de civiles desarmados esperando la aparición de un hombre fugitivo. Afortunadamente, el esporádico sobrevuelo de un helicóptero gubernamental y el paso de periodistas de Globovisión –recientemente comprada por el Gobierno– distraían a los manifestantes y –más importante– canalizaban su ira.

Al filo del mediodía se hacía público que Leopoldo “y su familia” estarían pasando por allí. Los miedos y los resquemores cesaron, y los activistas de VP se repartieron los ramos de flores que las policías rehusaron y que ahora serían arrojados al paso del líder opositor.

Y de repente apareció. Rodeado de gente como un boxeador que camina hacia el ring, el paso de Leopoldo y su séquito –a pie– provocó una miniavalancha de humanidades que a punto estuvo de causar una desgracia. Tras abrirse paso, las puertas del reino de la ironía quedaron de par en par: agarrándose de la cabeza del poeta nacional cubano, el enemigo número uno del régimen que sostiene la supervivencia de Cuba “daba la cara” por primera vez luego de haberse convertido en prófugo de la ley.

Entre los vítores de la masa enardecida –la serpiente blanca iba hasta, al menos, la plaza Altamira–, Leopoldo dio un breve discurso que culminó con un beso a su rubia esposa, un momento Kodak que, entre otras muchas cosas, sirve para ganarle una batalla más a Henrique Capriles.

Tras su momento bajo el sol, Leopoldo anunció su entrega, pidió la no violencia de rigor y se fue sin más. Se entregó, y tras algunos momentos de tensión, desapareció en una tanqueta. La pregunta que flotaba en el aire era tan pesada como decepcionante: ¿y ahora qué?

De vuelta al este

Luego de la entrega de Leopoldo, los manifestantes fueron dándose cuenta de que la línea policial había desaparecido. Se inició así una marcha hacia el oeste que, sin embargo, fue cortada en la siguiente esquina. Poco después, la gente empezó a regresar.

Lenta, pero inexorablemente. Y la sola percepción de eso, el bajón del orgasmo que había sido la fugaz aparición de Leopoldo, hizo que volvieran las discusiones: ¿seguimos?, ¿regresamos?, ¿paramos?, ¿atacamos a los policías?

Con las discursiones también venía la frustración. “Me da pena ser venezolana”, decía una señora con angustia en su rostro. “Por eso es que la vaina está fea, porque hay tanta gente en su casa durmiendo”. No lejos de ella, un hombre no podía esconder su tristeza: “qué desilusión si esto se queda así”, dijo para sí mismo.

Sobre las 12:30 la descomposición había comenzado: se hablaba de ir a la autopista, a la avenida Libertador o a la plaza Altamira. Empezaba a sentirse la decepción general e incluso hubo alguno que otro enfrentamiento con la policía. Veinte minutos más tarde los claros eran evidentes y el moméntum se había ido en la tanqueta con Leopoldo.

Poco a poco, la gran marcha del 18-F iba siendo tragada por el guión de cada día. “Las familias se comienzan a ir y van quedando los revoltosos. Más tarde vas a ver como empiezan a enfrentarse a la policía”, decía un fotógrafo venezolano.

Además, el muchacho llamó la atención sobre la composición sociodemográfica de la marcha. A pesar de haber hecho innegables avances, la oposición venezolana no consigue enamorar a lo que en Latinoamérica llamamos “pueblo” sin más: “mira a tu alrededor”, decía el fotógrafo. “No se ve gente de los barrios o del oeste. Lo único que nos queda es seguir en la calle”.

Para la 1:20 p.m. no había ni ruido. La decepción era evidente en la cara de Alberto, un venezolano con parientes en Chiriquí. Para él, la situación que vive su país es parecida a la que vivió Panamá a finales de los 80 “pero mucho más sofisticada”.

En todo caso, aseguró, lo que más le frustraba era la falta de voluntad. “Mira a todos estos hombres aquí”, dijo, moviendo su mano. “Si se atrevieran a cargar contra la línea policial, los dejaban pasar. Lo que pasa es que no hay bolas. Hay mucho miedo”.

El sueño se había roto, y el lado oeste de la ciudad, el corazón del poder político del país, volvía a quedar demasiado lejos. Lo que siguió a continuación –durante todo el día– fue una retirada hacia la zona de confort de la oposición. Evitada la confrontación, vivirían para pelear otro día, para vencer en la carrera de resistencia que tienen contra el Gobierno.

En Chacaíto, a la altura de donde había hablado Gabriela Arellano, María Corina Machado se dirigía a una multitud. Explicó el arresto de Leopoldo y dijo que había habido más de un millón de venezolanos en la calle. “Mantengámonos aquí hasta que sepamos el paradero de Leopoldo”, dijo, para añadir que “el día de hoy pasará a la historia de Venezuela”. Pero la gente, cansada, seguía caminando hacia el este. Hacia Altamira y la autopista, que luego se llenó de gente.

Increíblemente, sobre las 4:30 p.m. la policía ni siquiera había ido a sacarlos de allí. Quizá estaban pegados a la televisión, viendo el discurso del Presidente.

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