El Marqués y el flaco

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Las expectativas eran altísimas desde muy temprano. La concentración de ayer en la zona de El Marqués, en el Municipio de Sucre, al este de Caracas, tenía toda la pinta de ser un punto de inflexión en el camino de la oposición venezolana.

Desde que arrancara a principios de mes (a raíz de la violación de una estudiante en la ciudad andina de San Cristóbal), la última ola de protestas contra el régimen chavista –y para muchos la más fuerte desde el intento del golpe de abril de 2002– había exhibido tantas fortalezas como debilidades. Aprovechada desde el 12 de febrero por una fracción de la oposición –encabezada por Leopoldo López del partido Voluntad Popular (VP)– que busca forzar un cambio (constitucional) de gobierno a través de un plan llamado “la salida”, el movimiento enfrentaba serios problemas que, al menos hasta ayer, llenaban de incertidumbre su futuro y, por ende, el de Venezuela: su líder estaba preso, luego de entregarse de manera confusa (los rumores de un “acuerdo” con Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, son cada vez más fuertes) en una marcha donde el ímpetu opositor se vio socavado por enormes deficiencias tácticas.

Esas deficiencias, sumadas a la falta de un mensaje claro –tras 10 minutos hablándole a Venezuela y al mundo desde la estatua de Martí, poco se recuerda del discurso de Leopoldo–, el controvertido pasado de los líderes de “la salida” –tanto Leopoldo como María Corina Machado apoyaron el golpe de 2002– y las diferencias en cuanto a método y retórica a lo interno de la Mesa de Unidad Democrática –o MUD, la organización paraguas que agrupa a gran parte de la oposición– habían hecho que, a pesar de contar con apoyo y presencia nacional y con la ventaja de un descontento generalizado entre los venezolanos, “la salida” luciera encerrada en el este de Caracas y, para muchos, destinada al cementerio donde yacen todos los intentos de protesta de los últimos tres lustros.

El Marqués o nunca

Para que eso no sucediera, las cosas tenían que cambiar hoy. O al menos empezar a hacerlo. Por la Francisco de Miranda, decenas y decenas de personas caminaban en dirección este. Los pitos y las bocinas complementaban el colorido panorama: a las camiseta blancas –símbolo de “la salida”– se sumaban gorras tricolores y las banderas de Venezuela, de VP (naranja) y del partido Primero Justicia (amarilla).

Desde temprano, varias señales daban la impresión de una mejora sustancial en ciertos aspectos. En el tema retórico, se había dispuesto de varios carros con bocinas a lo largo de la avenida desde donde se leerían los mismos mensajes. Pero más allá de eso, era evidente la existencia de ciertos temas unificadores, tomados de los acontecimientos de los últimos días, y de los cuales el primero parecía ser la violencia y la represión gubernamental, tanto por parte de la fuerza pública como de grupos irregulares que, según los protestantes, son armados y patrocinados por el Estado. Desde los carros se hablaba de que esta es “la peor represión en siglo y pico”.

A la represión de policía y colectivos se sumaba la grave situación de seguridad en el estado de Táchira –donde todo empezó–, que se intentaba utilizar como fuente de inspiración. Los “gochos” (como se conoce a los habitantes de esa región) se han convertido en los héroes opositores, y su valentía –legendaria, según algunos– debía servir para mantener a la gente en la calle, algo crucial para el presente y futuro de “la salida”. No es casualidad, por supuesto, que el afiche más repartido tuviera una foto de Leopoldo con el mensaje “el que se cansa, pierde” en su espalda.

A todo esto se sumaba una sustancial mejora táctica. Al ser una concentración, se eliminaban los dilemas de hacia dónde moverse y, sobre todo, qué hacer al encontrarse con la línea policial. Con esos dilemas, por supuesto, se iban muchas de las diferencias que, aunque no se mencionen, suelen aflorar en momentos de alta tensión como esos. Pero a pesar de todo, sobre las 11:30 a.m. la concentración de El Marqués todavía no tenía aspecto de jornada especial. En las inmediaciones de la tarima aún se podía caminar, la gente aprovechaba para tomarse fotos y selfies, y la misma gente decía las mismas cosas desde los mismos carros. La sensación de déjà vu solo era interrumpida cuando el séquito de algún peso pesado opositor –una verdadera serpiente humana– atravesaba a la multitud, apartando y empujando a los desprevenidos.

Arranca el ´show´

Tras una hora de leve confusión, en la que desperfectos técnicos en la tarima principal obligaron a muchos líderes a mantener el esprit de corps desde los carros en la avenida, el plato fuerte de la concentración pudo arrancar. En dicha tarima, la crème de la crème de la oposición –Henrique Capriles (gobernador de Miranda), María Corina Machado (diputada), Carlos Ocariz (alcalde de Sucre), Antonio Ledezma (alcalde metropolitano de Caracas), Henri Falcón (gobernador de Lara), David Smolansky (alcalde de El Hatillo) y otros– posaban sonrientes para las cámaras. Para ese momento, poco después de la 1:00 p.m., la multitud era inmensa, tanto de frente como detrás de la tarima.

Sobre la 1:15 p.m., Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, agarró el micrófono y agradeció a todos por el apoyo a ella y a su esposo. Su discurso fue corto y ajustado a los temas conocidos, paz, unidad, escasez y violencia. En la misma línea se expresó María Corina Machado, que le aseguró a Tintori –que tiene cierto parecido con la esposa de Juan Carlos Navarro– que “Venezuela entera te acompaña”.

Mirándolas a ambas se encontraba la Dra. Olga Adamicska, profesora retirada de la Universidad Central de Venezuela. A sus 81 años, había acudido con su nieto, en silla de ruedas, a apoyar a los estudiantes. “Siento necesidad de expresarme como si fuera estudiante”, dijo sonriente. “Treinta años de docencia te dan la experiencia para saber lo que se debe y no se debe hacer. Se debe luchar con honor y gallardía, y saber desarmar con palabras al violento”.

Mientras la señora Olga hablaba, Antonio Ledezma arengaba a una masa blanca y tricolor que llegaba hasta donde alcanzaba el ojo. A Ledezma le siguió Henri Falcón, que por 10 minutos usó comparaciones históricas para desnudar el chavismo. Ambos políticos fueron, sin embargo, apenas un abrebocas de lo que estaba por venir.

El retorno del flaco

Henrique Capriles Radonski se encontraba en una posición complicada. Por un lado, era el orador principal en un evento que estaba sucediendo por iniciativa de otro líder; uno –además– con cuyos métodos el no necesariamente había estado de acuerdo. Por otro, era el momento ideal para rebotar, para enviarle su mensaje a esa ciudad y a ese país que lo había visto luchar en dos intensas campañas presidenciales.

El flaco resolvió el dilema con maestría, demostrando la enorme evolución que ha experimentado como político desde que en 2012 se enfrentara al mismísimo Hugo Chávez. Comenzó agarrando el toro por los cuernos: llamó a Tintori, recordó el apoyo recibido cuando –hace 10 años– él mismo estuvo preso y remató diciendo que “podemos tener diferencias, pero hay algo que nos une que se llama Venezuela”. El público rugió y Henrique –cuyas palabras a veces se perdían entre los ensordecedores vítores– supo que Caracas era suya.

Durante tres cuartos de hora, Capriles dio el que quizá sea uno de los discursos más significativos de la historia reciente de la oposición venezolana. Pidió respeto para sus seguidores, afirmó la existencia de tortura en Venezuela y atacó frontalmente a Maduro –o Nicolás, como él llama al presidente–, usando la táctica que tan bien le funcionó durante la última campaña: lo acusó de mentir acerca de la salud del “presidente Chávez”, recordó sus derrotas en Táchira e, incluso, lo llamó “un error de la historia”.

Pero faltaba lo mejor. El flaco no le huyó a ninguna de las debilidades que amenazaban a “la salida”. Pidió a los jóvenes que no armaran “guarimbas” por la noche, “porque de noche actúan los paramilitares”. Luego atacó el encierro geográfico de la oposición: “¿Qué ganan cerrando sus propias calles? ¡¿A quién convencen, si todos están convencidos?!”, cuestionó. “Al gobierno le conviene que la protesta sea en Altamira y no en Catia. ¡Pero ellos saben que hay descontento en Catia! ¡Saben que hay descontento en el 23 de Enero!”.

Sin olvidarse de la centralidad de los estudiantes, el excandidato presidencial los instó a negociar con el gobierno si éste los convocaba. “Se trata de que nos reconozcamos los unos a los otros. No es un pueblo contra otro”, dijo.

Tras enumerar una lista de exigencias –la libertad de Leopoldo, el desarme de los colectivos y otras–, Capriles volvió a seguir tocando los puntos clave. “No hay cambio posible en Venezuela si no están los barrios”, dijo, reconociendo la centralidad de los sectores populares. Y sobre los miedos de 2002, aclaró que “no se trata de un ´vete ya´ sino de argumentar. Las propuestas vacías no convencen a nadie”.

“Es el momento de convertir esta protesta –continuó– en un movimiento social imparable”. Y luego extendió su mano al otro lado: “el pueblo chavista sabe que lo quiero y lo respeto”, comenzó diciendo, en medio de un incómodo silencio. “Y los chavistas saben que en este movimiento tienen espacio. Los que van a perder son los enchufados que se han robado el país”.

La concentración había llegado al clímax. Cada poco tiempo, los paramédicos llevaban a personas desmayadas hacia atrás de la tarima. Una tarima en la que el flaco Capriles ofrecía, por primera vez en mucho tiempo, una visión articulada para la oposición venezolana. Hablaba, además, con el aplomo del que sabe que el tiempo y las circunstancias juegan a su favor. Terminó, se cantó el himno, la gente volvió a su casa y, un par de horas más tarde, comenzó la batalla campal de todos los días en la plaza Altamira y sus alrededores. El punto de inflexión había sido positivo y la concentración había sido un éxito.

Venezolanos en Panamá: SOS

Cerca de 700 personas, la mayoría de ellas miembro de la colonia venezolana en Panamá, se concentraron al mediodía de ayer en las inmediaciones de la cinta costera para llevar a cabo una protesta en contra de las violaciones a los derechos humanos efectuadas por diferentes estamentos de seguridad del país suramericano durante los últimos 10 días. Daniella Orta, coordinadora de esta iniciativa, precisó que protestas similares se realizaron ayer en, al menos, 100 ciudades del mundo, en solidaridad con el pueblo venezolano. “La represión ha sido brutal durante los últimos días. Hablamos de estudiantes y jóvenes muertos. El ataque a los medios de comunicación también impide que los venezolanos estén bien informados. Es terrible, porque estamos hablando de enfrentamiento de pueblo contra pueblo”, agregó. Una representación de políticos panameños se hizo presente en esta concentración, a través de los candidatos a diputado del Partido Popular, Carlos Rubio y Milton Henríquez Pages. Este último comentó que se presentó para mostrar su solidaridad “con el pueblo hermano que bastante nos ayudó cuando los panameños vivíamos en la dictadura militar”. En tanto, Rubio pidió a sus connacionales un respaldo público a esta comunidad, pues, a su juicio, “ser indiferente significa estar del lado de los opresores”. Mientras tanto, con el sol de verano quemando sus cabezas, los asistentes entonaron a todo pulmón y con lágrimas en los ojos el himno nacional: Gloria al bravo pueblo. Las pancartas que portaban los manifestantes mostraban el sentimiento de quien tiene el cuerpo en un país, pero el corazón en su tierra natal. “Estoy lejos, pero presente”; “Una sinfonía tiene muchas voces: un buen director las escucha todas”; “El que se cansa, pierde”; “Pueblos del mundo, ayúdennos: Venezuela está luchando por su libertad”, se podía leer en las cartulinas escritas a mano. La solidaridad de los conductores que circulaban por el área se hizo presente, incluyendo la de varios camioneros que hicieron sonar estruendosas bocinas para elevar el ánimo de los presentes, que utilizando sus cuerpos formaron la palabra SOS (Llamada de auxilio), que fue fotografiada desde edificios cercanos y distribuida en las redes sociales.

Ángel López Guía

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