NAVIFERIAS DEL IMA

Martirios de la cena navideña

Como estrategia de Estado para resolver el alto costo de los alimentos, se decidió vender jamones baratos una vez a la semana.

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El solar de Nuevo Tocumen, en el que miles de personas esperaban por su jamón, se convirtió en un lodazal con la lluvia de la madrugada. El solar de Nuevo Tocumen, en el que miles de personas esperaban por su jamón, se convirtió en un lodazal con la lluvia de la madrugada.
El solar de Nuevo Tocumen, en el que miles de personas esperaban por su jamón, se convirtió en un lodazal con la lluvia de la madrugada. Luis García

Astevia Soto tiene 71 años y lleva 12 horas en una fila por un jamón. Viste con blusa sencilla, pantalón de tela y un pañuelo sobre su cabeza para protegerse de la lluvia. Dice que no hay organización, que los toman por bobos. Y adelanta un paso sobre el fango que cubre toda la cuadra de Nuevo Tocumen.

Es la primera jornada de las Naviferias que organiza el Instituto de Mercadeo Agropecuario (IMA) en barrios pobres y multitudinarios, y en las que ofrecen jamones a $8, roscas de huevo a $1, saco de arroz de 20 libras a $5 y demás alimentos necesarios para una cena navideña.

En este primer día de feria, el IMA informó que vendió 26 mil jamones.

En Nuevo Tocumen había gente desde las 8:00 p.m. del día anterior, según ellos mismos cuentan. Podría sonar descabellado, pero uno de los 20 oficiales de la Policía Nacional que vigilan el área lo confirma. “Tuvimos que venir desde la medianoche, porque ya había mucha gente aquí”, dice. Y le pregunta a alguien si ya tiene su boleto para comprar el jamón que repartía una mujer alta y rubia debajo de un paraguas.

La fila recorría todo el solar en el que se instalaron las toldas gubernamentales y luego le daba la vuelta a la cuadra. Bajo los paraguas había rostros de indignación, frustración, sueño, confusión, alegría, malestar. Rostros veteranos y otros no tanto, como el del bebé de cinco meses que una mujer llevaba en brazos.

De repente, alguien quería adelantarse en la fila y comenzaban los gritos. Nada peligroso, tampoco. Todo anduvo bastante ordenado, salvo un empujón fugaz. Si la mujer rubia veía que no le cuadraba, preguntaba. Como a un niño de pantalón corto y chancletas que llevaba horas y horas en la fila.

“¿Cuántos años tienes?”, preguntó ella. “14”, respondióél. Y tuvo que salir de la fila, porque, sin importar las horas que llevaba esperando, los menores no podían comprar jamón. Los jubilados, en cambio, tenían su fila especial, al igual que los discapacitados y las mujeres embarazadas.

ESTRATEGIAS DE ESTADO

En Pan de Azúcar, San Miguelito, las filas eran largas y salían hasta la Transístmica. Expandir Imagen
En Pan de Azúcar, San Miguelito, las filas eran largas y salían hasta la Transístmica. LA PRENSA/Luis García

El IMA anunció a comienzos de esta semana su estrategia para ayudar a cientos de miles de panameños a tener una cena digna en Navidad.

No fue examinar las políticas de mercado que le han puesto precios inaccesibles al jamón y al resto de los productos que se consumen a fin de año. La solución, al igual que en los años anteriores, fue subsidiar 240 mil jamones para venderlos en los lugares que ellos avisen. En otras palabras, el que quería jamón, tendría que formar filas eternas. Beneficios para el pueblo, según ellos mismos.

El director del IMA, Raúl Ávila, aseguró que la compra de estos productos fue a través de invitaciones directas: 20 empresas nacionales y luego a las que hicieran falta para completar la cuota.

“Esto está muy mal organizado. Todo ha sido un enredo y todo ha comenzado tarde”, dice Osvaldo Rojas, de 63 años, con seis horas en la fila en Don Bosco. Estaba furioso, porque el puesto donde vendían los sacos de arroz estaba justo al lado del de los jamones, así que había un gran desorden en ambos.

A simple vista, parecía haber más gente que en Nuevo Tocumen, pero era simplemente que el espacio era mucho –muchísimo– más reducido. En el solar con piso de cemento había gente por doquier, bajo el sol, sobre cubos, con muletas, en sillas de rueda.

Una mujer en Don Bosco recibe el jamón del IMA, a un costo de $8. Expandir Imagen
Una mujer en Don Bosco recibe el jamón del IMA, a un costo de $8. LA PRENSA/Luis García

“Los jubilados tienen hambre y sed. ¡Hasta cuándo!”, gritaba una mujer de unos 80 años que vestía una bata blanca con rosado y chancletas.

Allí también comenzó la fila desde la noche anterior. Allí también tuvo que ir la Policía a vigilar que no ocurriera nada en la espesura de la oscuridad. Allí también había beneficios para el pueblo.

Era gente distinta a la de Nuevo Tocumen, pero con los mismos rostros de frustración, confusión, cansancio y alegría. A excepción de un hombre con muletas, sin una pierna y camiseta roja. Durante la mañana había llegado a Nuevo Tocumen a ver cómo lograba conseguir su jamón sin hacer la fila. Aparentemente no tuvo éxito y decidió ir hasta Don Bosco a ver si podía resolver su cena navideña.

FILAS POR DOQUIER

En el parque de Juan Díaz había un ambiente menos tenso gracias a los niños que jugaban allí. Corrían, gritaban, se divertían. Los adultos, en cambio, no tanto. Al igual que en todos los otros lugares, llevaban horas y horas en la fila.

Acá había más orden. El lugar donde entregaban los jamones tenía una especie de entrada que impedía que se aglutinaran frente a los escritorios.

El lugar más ordenado, sin embargo, era Pan de Azúcar. Allí habían segmentado el lugar en tres áreas, lo que permitía un mejor paso. También tenía un ambiente más festivo, con salsa y pindín. En medio de las filas una mujer vendía productos. Entre ellos, un sobre verde que anunciaba como “el mañanero, el que te pone patas pa’ arriba”.

Las filas, sin embargo, eran eternas. Salían incluso hasta la Transístmica, donde los carros tenían que sortear a quienes esperaban por su pedazo de cerdo.

Una de las últimas mujeres de la fila, quien tenía grandes posibilidades de quedarse sin jamón producto de la cantidad de personas que tenía por delante, llevaba seis horas en la cola.

Los de adelante lucían sofocados. La cercanía con el final de su odisea aumentaba su frustración. Victoria Montero, de 68 años, y que llevaba nueve horas esperando, se quejaba desde la fila de los jubilados. “Venimos por necesidad”.

A diferencia de años anteriores, esta vez no hubo figuras políticas. Ni diputados ni representantes. El año pasado, su participación fue muy criticada por la sociedad civil y la Procuraduría de la Administración.

En la conciencia colectiva, sin embargo, estos eventos son aún un asunto político y electoral. Un señor de pelo canoso, camiseta verde y muy amable, al recibir su jamón dijo con emoción: “Que viva Varela”. Nadie se tomó la molestia de corregirlo.

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