VÍCTIMAS

El MeToo de la Iglesia católica

Decenas de mujeres consagradas están perdiendo el miedo a denunciar las vejaciones por parte del clero.

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El papa Francisco durante una misa en el momento que bendice a una monja. El papa Francisco durante una misa en el momento que bendice a una monja.
El papa Francisco durante una misa en el momento que bendice a una monja.

La hermana Yolanda Tondreaux recuerda con dolor la primera vez que se cruzó con el padre claretiano Iván Herrera, mientras limpiaba la sacristía: “Se sobrepasó demasiado. Con la intención de querer tocarme más allá, donde no tenía que hacerlo. Intentó plantarme un beso en la boca a la fuerza. Este infierno se repitió hasta tres veces”, explica sin entrar en detalles que lleven al morbo.

Nada más llegar a la ciudad de Molina, cuando entró en la Congregación Hermanas del Buen Samaritano de Chile, las monjas más jóvenes le advirtieron del comportamiento inadecuado de aquel sacerdote. Era el año 2004 y tenía 30 años. “Hice oídos sordos. Hasta que no me tocó a mí, cuatro años más tarde, no pude creerlo”, reconoce en conversación con este diario.

Su estremecedor relato se suma al de una decena de monjas, compañeras del convento, que soportaron como pudieron estos abusos. Se encerraban en sus habitaciones hasta que el cura se marchaba, paseaban de dos en dos para no encontrarse con él a solas, o se enumeraban sus pecados al aire libre para evitar la soledad del confesionario. “Hay muchas hermanas que relatan que el cura se les metía en la habitación completamente desnudo. Una, incluso, afirma que casi llegó a penetrarla”, describe.

Trataron de explicar estas agresiones a sus superiores, pero se toparon con el muro de la manipulación y el silencio impuesto. “Sabían perfectamente todo lo que ocurría, pero nunca nos ayudaron. Al contrario. Nos enviaban a confesarnos con el mismo sacerdote por pensar mal. Nos decían que era su forma de demostrar cariño. Era muy cruel. Un sufrimiento constante”, expone.

“Es verdad. Dentro de la Iglesia ha habido sacerdotes y obispos que han hecho eso. Y yo creo que todavía se hace”.

Jorge Mario Bergoglio Sumo pontífice de la Iglesia católica.

El cura falleció en septiembre de 2017, pero solo en enero de 2018 se atrevieron a denunciar los hechos ante la justicia civil y canónica. Varias de las monjas abusadas presentaron una denuncia a través de la Nunciatura Apostólica contra la hermandad por su complicidad y connivencia ante estos atropellos. Después recurrieron también a la Fiscalía de Chile. Seis meses más tarde, escribieron una carta al papa explicando su infierno. “ Nos dirigimos respetuosamente a Su Santidad para solicitarle que se investiguen los numerosos hechos ocurridos en el convento de Molina a lo largo de los años, que implican abuso físico y de poder hacia las religiosas, muchas de ellas vividas por nosotras mismas. Le rogamos que se nos escuche y que se tomen las medidas necesarias para que estas situaciones se reparen y no se sigan repitiendo”, instaron en la misiva, a la que ha tenido acceso este periódico. El Vaticano instaló una comisión investigadora en enero de este año que deberá presentar en breve sus conclusiones.

Para dar este paso, tuvieron que abandonar la Congregación por miedo a las represalias. Hasta ahora, 23 monjas se han desvinculado de la hermandad y se encuentran completamente abandonadas a su suerte. “A los curas que son acusados de cometer abusos sexuales les dan apoyo espiritual para que no vuelvan a hacerlo y siguen recibiendo su salario de parte de la diócesis, pero a las víctimas nos dejan de lado”, remacha la monja, que a sus 49 años difícilmente encontrará un trabajo.

Ellas representan el rostro del movimiento MeToo de la Iglesia. Decenas de mujeres consagradas de todos los rincones del mundo están perdiendo el miedo a denunciar las vejaciones por parte del clero. Sobre todo, después de escuchar al papa reconocer estos abusos que durante décadas han sido escondidos bajo la manta del encubrimiento. “Es verdad. Dentro de la Iglesia ha habido sacerdotes y obispos que han hecho eso. Y yo creo que todavía se hace”, señaló Jorge Mario Bergoglio durante el vuelo de regreso de su histórico viaje a Emiratos Árabes Unidos. “Sus palabras fueron recibidas con esperanza para que este sea el primer paso para acabar con la impunidad”, subraya la religiosa Anna Deodato, que trabaja acompañando psicológicamente a religiosas que han sufrido abusos por parte de sacerdotes en Italia, en el Instituto Diocesano Auxiliar de Milán.

“El apoyo psicológico siempre está ahí, es necesario y a menudo se extiende por muchos años. Es la forma de ayudar a la persona a encontrar un camino que ayude a reanudar una buena relación con el cuerpo que nunca olvida el dolor experimentado”, señala Deodato, que en 2016 recopiló historias de monjas víctimas de abuso por sacerdotes en el libro Vorrei risorgere delle mie ferite (Quisiera resurgir de mis heridas), publicado solo en italiano. Para la religiosa italiana, estos casos son parte del “machismo clerical” que está presente en la Iglesia. “Se utilizan a las mujeres consagradas para el servicio de los sacerdotes y de los obispos. En muchos países, su participación en la Iglesia sigue siendo marcadamente sumisa y explotada”, denuncia.

Esta suerte de movimiento feminista en el seno de la Iglesia ha venido para quedarse. Cada vez son más las monjas que gritan basta. Las últimas fueron más de medio millón de consagradas representadas por la Unión Internacional de las Superioras Generales, que en un comunicado expresaron su “profunda tristeza e indignación por las formas de abuso que prevalecen en la Iglesia”. A finales de febrero, el papa presidió una cumbre sobre pederastia con más de 110 jerarcas episcopales de todo el mundo, pero ahora tiene otro escándalo que atajar sobre la mesa.

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