LITERATURA Y PODER. RADIOGRAFÍA DE LA MALDAD EN AMÉRICA LATINA

Monstruos de carne y hueso

El ‘malo’ panameño es Papo Córdoba, entusiasta mandadero de Noriega, vinculado al asesinato de Hugo Spadafora en Chiriquí.

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Guerriero ganó en 2010 uno de los premios de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ahora es maestra en esta organización. Guerriero ganó en 2010 uno de los premios de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ahora es maestra en esta organización.
Guerriero ganó en 2010 uno de los premios de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ahora es maestra en esta organización.

Durante las décadas de 1970 y 1980, América Latina se saturó de malos. Los regímenes autoritarios en la región alimentaron una perversión que incluía asesinatos, descuartizamientos y hasta entrenamiento a perros para que violaran a los detenidos. Lo común en dictaduras.

El libro recién publicado Los malos, cuya edición estuvo a cargo de la periodista y escritora argentina Leila Guerriero, selecciona a algunos de esos malvados e intenta mostrar en 14 perfiles una radiografía de la maldad en América Latina.

La obra recoge narraciones perturbadoras, como la de la chilena Ingrid Olderock, quien entrenaba perros para violar a los detractores de Augusto Pinochet; o el de la argentina Mirta Antón, juzgada por 211 delitos contra militantes de izquierda en la década de 1970.

Las atrocidades políticas también se combinan con las sociales, como la del mexicano Santiago Meza, quien se encargaba de disolver todas las noches a los muertos del narco; o la de la brasileña Bruna Silva, que degolló, destazó, cocinó y devoró a varias mujeres.

“Es una radiografía, una muestra de los patrones por los que corre lo peor de lo más bajo de la miseria humana en América Latina. Quería que cada una de las personas perfiladas fueran malos con recorrido, con convicción; no podía ser alguien que hubiera cometido tan solo un crimen”, aseguró Guerriero a La Prensa desde Buenos Aires.

En Panamá, el rostro de la maldad recae en Luis Antonio Papo Córdoba, entusiasmado esbirro del dictador Manuel Antonio Noriega y condenado a 20 años de prisión por el asesinato de Edwin Heredio Amaya, el único que se le pudo comprobar.

Córdoba, vinculado de forma incuestionable con la brutal tortura y asesinato a Hugo Spadafora, ya está fuera de las rejas, y se pasea con magnanimidad por la iglesia que él mismo fundó. De su pasado prefiere no hablar, según narra la periodista Sol Lauría, encargada de este personaje.

“Son productos de nuestra contemporaneidad política. En un contexto democrático, estos tipos hubieran buscado otros caminos. Detrás de estos malos hay una trama social y política que se sostiene en una estructura de corrupción, sobornos e impunidad”, añade Guerriero.

REFLEJOS DE LA SOCIEDAD

Los malos fue una idea que se gestó por unos tres años, luego del éxito de la primera recopilación de perfiles de Guerriero, Los malditos, que cuenta la historia de escritores cuyas vidas y muertes se desarrollaron en circunstancias singulares.

La gran apuesta de este nuevo libro, de acuerdo con la premiada periodista, es lograr mostrar a los malos como el vecino que alguna vez ayudó con las compras en el mercado, o el primo lejano que en una ocasión cuidó a una sobrina menor de edad.

“Hay personas con una gran carga maléfica, pero como somos todos, persona real, con sus luces y sus sombras. Todo el mundo tiene un costado más jodido, dentro de lo normal. Pero pensar que un dictador tiene un lado bueno es más difícil. Es mucho más perturbador que sea una persona, un vecino, que nos los topamos en la panadería y en el mercado, y que durante sus horas de trabajo tortura embarazadas con una picana eléctrica”, asegura Guerriero.

Para ello, se dotó de un “gran equipo de periodistas”, con las instrucciones de limitarse a los hechos judiciales de los malos, y contar cómo se desenvolvieron en la sociedad durante su época de perversidad.

Agrega la escritora que si bien esa sociedad no ha sido domesticada en términos de una violencia sistemática, sí hay una suerte de resignación. “Hemos naturalizado situaciones graves, y eso es lamentable. Hay una cierta anestesia, que no tiene que ver con la indiferencia, sino como un mecanismo de defensa. Por ejemplo, las maras en El Salvador, ya es algo que está instalado, todo el mundo le teme, todo el mundo sabe que no puede mandar a sus hijos al colegio público porque ahí reclutan. El Estado ya no es violento, ejerciendo terror sobre sus ciudadanos, sino que es corrupto y ausente”, concluye la periodista argentina.

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