dos pasiones: sortear cornadas y lanzarse desde aviones

El Pinturero de plomo

En la Serrezuela de Cartagena ya no quedan huellas del torero paracaidista ni de ningún otro matador que allí actuara. CORTESÍA/Joaquín Sarmiento (FNPI). En la Serrezuela de Cartagena ya no quedan huellas del torero paracaidista ni de ningún otro matador que allí actuara. CORTESÍA/Joaquín Sarmiento (FNPI).
En la Serrezuela de Cartagena ya no quedan huellas del torero paracaidista ni de ningún otro matador que allí actuara. CORTESÍA/Joaquín Sarmiento (FNPI).

A Luis Ríos, el torero gallego, lo mató el viento. Lo encontraron envuelto en un paracaídas en el mar Caribe cuando, en tierra firme y un kilómetro más adentro, en la Serrezuela de Cartagena de Indias, lo esperaba un público con pañuelos blancos. Gritaban: “¡La plata o el torero!”.

Pagaron 15 pesos para verlo torear y ni siquiera lo vieron morir.

El pescador José Gervasio Corpas y dos amigos más lo llevaron hasta la playa Las Tenazas aquella tarde del 18 de diciembre de 1966. Ríos tenía espuma en la boca. Iba vestido con un traje de luces azul y plata, una medallita de oro de la Virgen de la Macarena en su pecho y unas botas de plomo que causaron su inevitable hundimiento.

El Pinturero, como se hizo llamar en honor a un pajarito de Galicia –y para diferenciarse del resto de los matadores de su país–, era el espectáculo central de aquel domingo de toros. Era el único torero paracaidista en el mundo, o al menos así se vendía, aunque este fuese apenas el segundo salto de su carrera.

Durante su primer vuelo, en Getafe, calculó mal el viento y aterrizó a dos cuadras de la plaza. Sin embargo, pese a la demora, dominó al novillo que lo esperaba.

Meses después, en la costa de Colombia, tomó precaución y se calzó unas botas con plomo para asegurarse de no dejar atrás el redondel. Pero los vientos alisios, patrones del fin de año, hicieron añicos su plan.

Tenía 24 años y habría cobrado 5 mil pesos, unos 350 dólares de hoy.

Desde Galicia hacia el Caribe

Durante sus años universitarios, el joven Ríos trabajó como mesero en un restaurante cerca de la Universidad de Salamanca. Allí conoció al colombiano Roger Alean Madrid. Entre platos y cubiertos, Ríos le contó de sus sueños de ser el único torero volador en el mundo. Su amigo, también entusiasta de las corridas, le profetizó un éxito rotundo en Cartagena.

Ríos era un tipo flaco y algo encorvado, de ojos hundidos y cabello lacio y negro. Dejó su casa en Lugo, la número 64 de la ronda de la Muralla, y empezó como aprendiz en dos peligrosos oficios: sortear las cornadas y lanzarse desde los aviones, esto último en la Escuela de Paracaidistas de Alcantarilla.

Por más fantástico que parecía el espectáculo que combinaba sus dos pasiones, su acto fue rechazado por varias ciudades de su continente. Fue entonces cuando recordó el futuro próspero que le propuso su compinche latino. Así partió desde la España franquista, en 1965, a volar con su suerte en América.

Llegó a Venezuela como polizón en un barco de carga, pasó por Ecuador y, a finales de noviembre, ya estaba en Cartagena. Era una época de frenesí por las corralejas con ejemplares de Sincelejo y Montería, así que los empresarios locales aprovecharon su aparición para montar un espectáculo inédito.

Domingo de pañuelos blancos

Pasado el mediodía, a dos horas de la acrobacia taurina, solo media tribuna tenía gente. El diestro era paracaidista, pero en el coso apenas tenía 28 corridas, 70 orejas y 18 rabos. Un repertorio nada extraordinario para el público conocedor.

Por ejemplo, León Trujillo Ellis, actual presidente de la peña taurina de Cartagena, ese día prefirió almorzar con sus amigos en el club de la ciudad. “Eso no fue tauromaquia”, dice desde su oficina en la Academia Histórica, en la planta baja del Palacio de la Inquisición.

Eso sí: todos sabían del duelo entre novillo y matador. “Hoy torea el Pinturero”, tituló El Heraldo en la página de Édgar García Ochoa, uno de los organizadores del acontecimiento.

El espectáculo procuraba ser familiar, así que muchos amantes de los toros llevaron a sus hijos. Uno de esos tantos niños fue Eduardo Polanco. Tenía entonces ocho años, pero recuerda con claridad los comentarios de la gente en la plaza y la expectativa en los rostros cuando vieron en el cielo el punto multicolor enganchado a una inmensa tela. “Todo el mundo salió corriendo hacia la playa... pero él ya estaba muerto”.

El Pinturero descendió 2 mil metros en caída libre. A 400 metros del suelo abrió el paracaídas, pero una fuerte brisa hacia el noreste lo llevó al mar. Allí peleó por una bocanada de aire, pero la tela se hacía más estrecha con cada manotazo, mientras las botas de plomo lo halaban hacia el fondo.

No aceptó llevar salvavidas. Tampoco sabía nadar. Un pequeño empresario de la ciudad que estaba cerca, Luis Pérez, alzó por las axilas el cuerpo del torero ahogado y lo subió a su todoterreno azul. Manejó unos 500 metros y lo dejó en el hospital Santa Clara. En la plaza, un altavoz anunciaba la muerte del matador.

Unos días después, García Ochoa llevó el cuerpo en un taxi al cementerio Santa Cruz de Manga para enterrarlo. Allí permaneció durante 16 años hasta que, por medio de la Cancillería española, los restos de Luis Ríos volvieron a su ciudad amurallada en Lugo, el 8 de febrero de 1982.

La memoria de el PInturero

En las calles de Cartagena todavía recuerdan al excéntrico torero. Federico Herrera, un cronista local, evoca el principio de su prosa dedicada a El Pinturero en su libro Historias, cuentos y leyendas. “Lo vi bajando desde lo alto. Lo vi volando bajo, sobre las olas lo vi viajando, en la distancia se fue perdiendo. Y el firmamento se hizo pequeño entre las olas de un mar inmenso”, recita emocionado, sentado en una banca en la plaza Bolívar. Lo acompaña su hermana Miriam, quien con un “¡Era hermoso!” recuerda más bien lo buenmozo que era el visitante.

En la plaza, en cambio, no queda ninguna huella. Ni de El Pinturero ni de ningún otro torero que allí haya seducido con las artes de la tauromaquia.

Sus tejas están negras por el hollín; la pintura amarillenta de la fachada está descascarillada; un monte espeso reemplaza la arena blanca, donde se ven, como pastando, electrodomésticos rotos y oxidados desde la cerca encadenada. Arriba de la muralla, entre la brisa del Caribe y el bullicio de los autos, todavía se puede dibujar con la mente la plaza señorial.

Es La Serrezuela convertida en un escenario que contradice la majestuosidad con la que el artista cartagenero Enrique Grau pintó un tríptico en honor al torero paracaidista. Allí, en la pintura, la plaza fragorosa deslumbra a quien la mira desbordarse de gozo. En primer plano aparece Ríos, vestido de torero y calzado con sus botas de plomo.

Vuela acompañado por dos querubines, que enmiendan a la historia guiando su ruta y protegiéndolo del viento salado y asesino.

Trabajo final presentado en el taller ´Periodismo y Literatura´ de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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