LOS CAMINOS DE MARCO BERAHA

Retrato del primer viral panameño

Las historias de los que logran el éxito están por doquier. La de quienes lo intentan de forma permanente, en ningún lado. Esta es una de ellas.

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Aparte de la música, Beraha se dedica a ejercer la abogacía. Antes de eso fue auxiliar de vuelo, vendedor de autos, vendedor de zapatos, vendedor de pautas comerciales y detective privado. También fue campeón de BMX y contador de chistes. Sueña con ser millonario. Aparte de la música, Beraha se dedica a ejercer la abogacía. Antes de eso fue auxiliar de vuelo, vendedor de autos, vendedor de zapatos, vendedor de pautas comerciales y detective privado. También fue campeón de BMX y contador de chistes. Sueña con ser millonario.
Aparte de la música, Beraha se dedica a ejercer la abogacía. Antes de eso fue auxiliar de vuelo, vendedor de autos, vendedor de zapatos, vendedor de pautas comerciales y detective privado. También fue campeón de BMX y contador de chistes. Sueña con ser millonario. Eric Batista

Cuando Marco Beraha se hizo famoso con su rock ya llevaba seis años como detective privado. La mayoría de sus casos eran sospechas de infidelidad -comprobadas, casi todas-, aunque también recibía a padres preocupados por lo que hacían sus hijos fuera de la escuela. Y después Marco cantaba. Tocaba la guitarra y cantaba. Grabó, hizo un video y más de 50 mil personas conocieron su música.

Se dio a conocer con El chico para ti soy yo, una canción pop rock cuya musicalización se produjo con un teclado midi. Beraha presentó el video en septiembre de 2006, el cual incluía un automóvil descapotable rojo, algunos amigos del director y una vecina suya. Costó $600.

Beraha obtuvo unos meses después el premio Panamá Rock como artista más descargado del año. Se había hecho viral, mucho antes, incluso, de que el término fuera utilizado. El video fue colgado en la web de Panamá Rock y en poco tiempo fue el centro de atención. Había videos de Los 33, Os Almirantes, Cienfue; pero la gente veía el de Beraha. Más de 20 mil personas lo reprodujeron. Después lo subieron a YouTube y otras decenas de miles le siguieron el rastro.

Apareció en canales musicales panameños, en entrevistas televisivas y tocó en vivo con Los Rabanes. Era una estrella, o al menos así se sentía él. Por eso grabó Famoso, en cuyo video aparece con el rostro pintado a lo Kiss con un puñado de mujeres que lo halan por la camiseta y corean su nombre.

La canción no tuvo el mismo éxito de su tema anterior. Y empezaron los cambios: Beraha grabó baladas, tecno, regué; cambió de look varias veces; dejó de ser detective para convertirse en auxiliar de vuelo y después en abogado. Nunca recuperó su popularidad y abandonó la música por años. Hasta el año pasado, cuando tuvo un inesperado concierto, el primero de su carrera. Meses después grabó una nueva canción: El auto de satán. A los 52 años, Beraha no se da por vencido en la música.

LA FAMA Y SU DULZURA

Beraha aprovecha un semáforo y saca el celular de una de las hendiduras en el panel delantero de su automóvil, un Chevrolet Spark gris con calcomanías de La Cáscara y de simbología de yoga, que tiembla sin parar cuando está detenido o en primera marcha.

Reproduce en su móvil No te olvidaré, una de sus favoritas. “Es tremenda canción”, avisa. La letra trata sobre su primera novia, una vecina en Campo Alegre a la que visitaba en bicicleta y a quien a los 13 años le declaró su amor una tarde en el parque de diversiones Play Land Park en vía España.

La canción revela un poco de los primeros pasos de Beraha en la música. En ella cuenta que a la chica le gustaba que le cantara Claridad del grupo Menudo, que él admiraba porque veía a las multitudes femeninas enloquecer por ellos.

Pero Beraha no solo cita a Menudo. Nombra a Rush, Rolling Stones, AC/DC y los Bee Gees como influencias musicales. Puro sonido ochentero que se refleja en su repertorio musical de unas 40 canciones.

Como en El chico para ti soy yo, una canción de menos de tres minutos con dos estrofas, dos coros, un puente y un solo de guitarra española, en la que Beraha insta a una chica a fijarse en él, pues cumple con los requisitos del hombre ideal: tiene un automóvil deportivo con buen equipo de sonido y gusta de ella.

La grabó en 2006, en el estudio de Constantino Castro, un productor con más de 30 años de trabajo con artistas como Los Rabanes.

“Me cantó la canción a capela. Le saqué los acordes y el ritmo y después le grabé toda la instrumentación. Nunca pensé que tendría ese éxito, ya que antes había grabado conmigo unas 10 canciones y no las promocionaba; las vendía a sus amigos”, dice Castro, quien conoce a Beraha desde fines de la década de 1990. “Él tiene un estilo como una fusión de Menudo con Rush. Las melodías básicas de Menudo y los arreglos musicales de Rush”.

Fue el propio Castro quien puso a Beraha en contacto con Óscar Mendoza para el video de El chico para ti soy yo. Tomó una semana grabarlo y editarlo, y Beraha tuvo una participación muy activa en la producción. Quería un automóvil descapotable, así que él mismo se encargó de conseguirlo. Se hizo acompañar de una vecina, a quien luego llevó al estudio de grabación para que fuera su voz la que apareciera en la canción. Y las tomas en movimiento se hicieron a más de 150 kilómetros por hora.

Por aquellos años, el portal Panamá Rock marcaba la escena local. No solo se había convertido en una especie de archivo virtual que albergaba canciones de artistas con y sin producción, sino que organizaba conciertos e incluso premiaba lo mejor del rock nacional.

En pocos días el video de El chico para ti soy yo atraía todas las miradas. “Ningún video de ninguna banda de Panamá había tenido tantos hits como ese ”, dice Fabricio Mejía Silva, uno de los fundadores del sitio. “Se pasó a todos los demás por miles y miles”, remata Tony Frangias, el otro creador de la plataforma.

Beraha ganó el premio por video de rock más visto de 2006. No todos celebraron el triunfo de Beraha. “Hubo gente que lo tomó un poco mal porque consideraban que esa música no era buena. Cuando Marco fue a recibir su premio, mucha gente se levantó y se fue”, indica Frangias.

“Muchos se burlaban, a otros les gustó. Es una canción con una buena melodía”, señala Beraha. No importó la crítica; él estaba feliz. Pensó que iniciaba el camino hacia el éxito musical. No se imaginó que apenas restaban unos segundos de sus 15 minutos de fama.

MÚSICO Y DETECTIVE

La jornada laboral de Beraha comienza a las 9:00 de la mañana. Sale de su casa en Obarrio, recoge a un colega en la Fernández de Córdoba y empiezan las diligencias. Maneja rápido y conoce los atajos necesarios para no perder tiempo en el tráfico. En el automóvil hay muchos papeles de sus trámites jurídicos, envoltorios de barras de granola y papeles con las líneas de apuestas de football americano.

Todo lo que genere ingresos es bien recibido. Aparte de la abogacía, Beraha hace de detective privado una vez al mes, más o menos. Si no trabaja no sobrevive. Acepta todo tipo de casos. En uno de sus anuncios radiales, invita a que lo llamen por cualquier tema de herencia pendiente: él trabajará gratis primero y después verán. La música no le dejó dinero. Al contrario, Beraha pagó de su bolsillo todas sus producciones.

Después de El chico para ti soy yo, Beraha grabó el video para Famoso. Pero no tuvo el mismo impacto. Tampoco ninguno de los que le siguieron: Brindo, Rock wop, Golden boy, Superbike, Apocalipsis 2012. Y tantas otras. Todas con ese sonido característico de melodías sencillas y pegajosas, salpicadas por un sintetizador e instrumentadas por el teclado de Castro. Todas pagadas por él.

El trabajo que mayor ingreso le dejó a Beraha fue el de detective privado, el cual estudió por correspondencia en un centro de detectivismo en Miami, Estados Unidos. Antes de eso había trabajado como vendedor de zapatos, de juguetes y de automóviles.

“El negocio de detective se saturó. Se metió mucha gente que cobraba barato y lo dañaron”, dice Beraha, estacionado afuera del Ministerio Público. Espera que el colega que recogió en el comienzo del día termine de escribir en un cibercafé un documento que después presentará en Cancillería. No tiene oficina, así que todo lo hace en la calle, y atiende a los clientes en restaurantes cercanos a su casa. Y no son pocos. Sus autoproclamaciones logran que miles de personas tengan el número 6895-9018 en sus listas de contactos.

Al abandonar su camino como detective, vendió publicidad en el diario El Siglo y después fue tripulante de cabina para una aerolínea panameña. Y luego abogado. Pero la música siempre estuvo presente y siempre representó una buena parte de sus gastos. Aunque la gente no lo escuchara, él grababa porque sí. Cantaba sobre declaraciones de amor, relaciones platónicas y sobre ritmos de vida llenos de derroches. Las letras poseían una dosis de humor, algo característico en Beraha, pues su primera producción comercial fue un casete de chistes que vendió en los almacenes Gran Morrison.

En 2010, abandonó los estudios de música y se concentró en el derecho. La fama se le había escurrido de las manos.

EL RETORNO DE BERAHA

Las víctimas de envenenamiento por dietilenglicol intentan acceder a la Presidencia y el Servicio de Protección Institucional prefiere cerrar la calle antes que permitirles el paso. Colapsa el Casco Antiguo.

Nada se mueve. Tampoco el Spark gris de Beraha, quien intenta salir de los estacionamientos frente al Teatro Nacional después de entregar su carta en Cancillería. Conversa con su colega sobre cómo los estadounidenses supuestamente envenenaron al expresidente venezolano Hugo Chávez. “Tenía que hacer como Fidel [Castro] y no comer ni beber en ninguna de esas cumbres presidenciales”, revela.

Y de repente canta el coro de una canción que está trabajando. Es parte de la nueva etapa musical de Beraha. Se volvió a acercar a la música a mediados de 2015, cuando Juan Carlos García de Paredes Poti Far, músico y dueño del bar El Sótano, lo llamó para hacer un concierto.

Al comienzo se negó, pues esa sería la primera vez que tocaría en vivo y se sentía nervioso. Lo convencieron, ensayaron y el 18 de septiembre se presentaron.

En tarima estuvieron músicos de trayectoria, Poti Far incluido. Lo acompañó también Servio González, mejor conocido como Pitongo, mítico guitarrista de Océano y Cabeza de Martillo. Se conocían desde la década de 1990, cuando Pitongo era director de orquesta de la discoteca Señor Frog’s, y Beraha participó en una de las noches de concurso de cantantes. Precisamente fue Pitongo quien llevó a Beraha y su madre al concierto: esa noche el automóvil del abogado daba problemas.

Beraha entró cual estrella de rock. La banda tocaba ya las primeras notas cuando el músico se abrió paso entre cientos de personas. Subió a la tarima, se colgó una guitarra que nunca estuvo conectada y tuvo el primer concierto de su carrera. Exactamente 30 años después de comenzarla.

La improvisada banda tuvo otro concierto un mes después con motivo del vigésimo aniversario de Panamá Rock. Y se desintegró. Pero Beraha había vuelto a probar la parte glamorosa del rock y quería más.

Se alió con Pitongo. Le tarareó una canción llamada El auto de satán, basada en la película The car, de 1977. El guitarrista la adaptó y le grabó las guitarras y el bajo. La batería estuvo a cargo de Aníbal De León. La canción tiene el sello eterno de Beraha: melodía simple y pegajosa. El video incluye máscaras de hombre lobo, del diablo, persecuciones policiales y mujeres disfrazadas de brujas.

“Marco es un tipo extremadamente musical. No tiene los medios para interpretarla, pero está en su cabeza”, explica Pitongo, capaz de ignorar las críticas por su colaboración con Beraha. “Hay muchas personas que no lo aceptan como músico y han traspasado ese rechazo hacia mí”.

“Todo el mundo puede tener su espacio en el rock nacional. Puedo pensar en otras bandas que no tienen música original. Marco es original y tiene el mismo derecho de estar dentro de la escena como cualquier otro músico”, advierte Poti Far.

A Beraha tampoco le importan las críticas ni las burlas. Sabe que estarán allí siempre. Pero él seguirá grabando. Al fin y al cabo, es lo que lo hace feliz.

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