Sábado picante

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Es difícil imaginar una elección en la que los gobernantes que aspiran a la reelección de su partido político no nos recuerden las obras que su gobierno construyó (con nuestro dinero). Pero, ¿de verdad creen que a los electores nos importa cuánto cemento compraron?

Es como si todos los expresidentes emplearan al mismo asesor de campaña. Juan Carlos Varela, por ejemplo, contrató a una empresa desacreditada y confesa de crímenes para edificar las obras por las que él quiere ser recordado. ¿Habrá peor torpeza? Mientras otros tratan de alejarse del olor a podrido, aquí todos parecen adorar su pestilencia. Y apuesto a que nada cambiará: usarán en campaña el gastado truco de enseñar lo que vemos todos los días para convencernos de que sin cemento no hay país.

Ricardo Martinelli pretendió lo mismo, con la misma empresa que él calificó de coimera, pero cuyo “aroma” era tan seductor que acabó bañado en él, al igual que sus hijos y Gabinete. Gastó decenas de millones en obras inútiles y, como los otros, empujó la candidatura de su títere con acero y concreto: la línea del Metro y una pila de hospitales sin médicos.

Martín Torrijos impulsó la reelección del PRD con su cinta costera, obra de la repetida constructora, cuyo tufo no pudo disimular ni las más fragantes promesas electorales de su angelical candidato. Mireya Moscoso no se quedó atrás. Aunque con otras empresas, creyó que su mayor obra, el puente sobre el Canal y sus hoy deteriorados accesos, serían suficiente para hacernos olvidar su casona de Punta Mala, los relojes Cartier, los durodólares y sus presuntuosos viajes a Mónaco.

Ernesto Pérez Balladares, el primero en pensar en reelegirse en el cargo a punta de hormigón, quiso dorarnos la píldora con carreteras para que ignoráramos sus partidas secretas, los negociados en casinos o sus cuentos chinos, y le diéramos el sí a su candidato, salido de la nada, y que hoy, después de ser presidente, contrajo una crónica alergia al trabajo, que no ha sido obstáculo para vivir la buena vida.

Al llegar a Guillermo Endara, me pregunto, ¿qué obras mostró para ganar en 1989? ¿Qué carretera fue su credencial para presentarse en los comicios de 2004 y obtener casi un tercio de los votos, sin dinero, pero ganando el segundo lugar? ¿Qué hizo bien?

Ni edificios ni calles. Fueron valores, decencia, institucionalidad, honestidad. Eso nos heredó Endara. Pero lo que obtenemos con cada elección es un gobernante peor que el otro, incapaz de ver lo que debería ser obvio: ninguno de ellos -ninguno- ganó la Presidencia acreditándose obra alguna; ganaron porque ofrecieron esperanza… pero perdieron porque se convirtieron en lo mismo que decían aborrecer y que prometieron desaparecer.

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