Sábado picante

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No hace mucho estuve tentado a comprar una bicicleta montañera, para, con la excusa del ejercicio, conocer zonas rurales. La más básica estaba a partir de los $300, pero me sorprendió saber que hay bicicletas que valen tanto como un carro pequeño y que hay aficionados en Panamá que las compran como si estas fueran suficientes para obtener la camiseta amarilla del Tour de Francia. Vi a un chitreano al que le ofrecieron una de ruta que costaba $9 mil. Después de escuchar ese precio –en promoción, para él, según le dijo el vendedor- miró la bicicleta afanosamente, buscando algo que evidentemente no encontró. Así que le preguntó con sarcasmo que dónde estaba el motor, porque por ese precio, mínimo, tenía que tener algunas decenas de caballos de fuerza.

La industria del deporte en Panamá es de mucha plata. La parafernalia es infinita… y costosa. Para hacer ejercicios, un pantalón deportivo puede llegar a costar más de 50 dólares; gorras, guantes, suéteres, zapatillas –hasta para dormir– que valen pequeñas fortunas. Las famosas Air Jordan se vendían como pan caliente, entre aficionados al baloncesto que juraban que volarían después de calzarlas, pese a que el vuelo era igual en altura y duración al que harían descalzos. Pero eso sí, tenían unas Jordan.

Conocí en un bar a un tipo carismático. Era el barman, al que llamaremos Antonio. Solían ir al bar algunos jugadores aficionados de golf que sabían que Antonio practicaba ese deporte, siempre que alguien pagara por el uso de la cancha, pues, obviamente, las propinas no daban para tanto. Esta gente lo retaba y Antonio aceptaba gustosamente, pues no solo era pasar un buen rato, sino saberse mejor golfista que ellos. Sus retadores iban a la cancha rigurosamente uniformados, con las mejores marcas y costosas bolsas con palos personalizados, mientras que el barman iba sin mucha cosa: un par de palos que distaban mucho de ser nuevos y mucho menos costosos; zapatillas, gorra de los Yankees y suéter sin marca.

Después de que jugaban con él, poco se hablaba sobre la derrota. No obstante, el barman era recomendado con otros aficionados, quizás con la esperanza de que sufrieran la amistosa humillación de haber sido vencidos por alguien que de vaina tenía cuatro palos de golf marca Acme, y que había que darle un bote para jugar y devolverlo a su casa. Con todo, el barman gozaba de alta estima entre sus retadores, pues no los delataba. Ello, sin contar que su salario se redondeaba con sus propinas. Antonio, –le pregunté una vez–, ¿dónde aprendiste a jugar? Crecí siendo un caddie y aprendí con los palos que me regalaban, respondió. ¿Quieres que te enseñe? No, le dije, no tengo ni tiempo ni plata. No te preocupes por la plata, lo que importa es saber golpear las pelotas, me dijo. Y añadió: “No es la pluma, es el indio”.

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