Sábado picante

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Olvidarse de la existencia de Ricardo Martinelli es tan difícil como pretender evitar calcular la edad de Mayín. Esta semana, Martinelli fue a dar al hospital por una crisis derivada de su presión alta. Tengo 10 años sufriendo el mismo padecimiento. Tomo todos los días una pastilla y nunca he sufrido una crisis así, salvo cuando me he sometido a cirugías o procedimientos médicos, en cuyos casos, la presión arterial siempre me baja. Tampoco conozco a otros pacientes que hayan sido internados por esta causa. Ya empiezo a creer que soy una persona sana, porque, con lo que sufre este señor, yo también debería ir en ambulancia a hospitalizarme.

Es sorprendente la cantidad de veces que Martinelli ha sido hospitalizado por esto. Quisiera saber si fue al hospital el año en que estuvo detenido en Estados Unidos. ¿Será que la presión alta es contagiosa y está concentrada en Panamá? La última vez hasta pidió los santos óleos. Me pregunto si habrá tenido tiempo de confesarse. Creo que iré por esos óleos al cura de mi barrio. Ya uno nunca sabe con esto de la presión.

Cuando llegó de Estados Unidos tenía presión alta. ¿Habrá sido el viaje? No, no lo creo. Si fuera así, Martinelli no podría usar su avión ni sus helicópteros. ¿Será el juicio? Esa sería una buena razón, pero tiene magistrados a su favor y una pila de abogados que uno pensaría le permite dormir plácidamente.

Pero debo admitir que si las cuentas de sus abogados se las presentan así, de sopetón, podría sufrir una elevación súbita de sus niveles de presión arterial. Y justamente estaba con ellos cuando ocurrió la crisis. Pero tampoco creo que lo sea, pues le sobra el dinero, especialmente después de haber sido presidente. Aunque tanta riqueza, también puede originar tristezas. Prueba de ello es su mansión de Miami: $8 millones de razones para ser inmensamente infeliz. Sí pues, no disfrutarla es algo muy penoso.

La que me parece también una buena razón para sufrir estas crisis es no tomar la pastillita, cosa que se sospecha no es nada nuevo. Y la razón para no tomarla es que, por alguna clase de milagro, su mansión de $4 millones en San Francisco tiene sorprendentes propiedades medicinales. ¿Cuántas veces Martinelli sería hospitalizado por presión alta si estuviera allí? Apuesto que ni una sola vez. Ni una. Pero eso es lo que él quiere, y si le dan la ansiada reclusión residencial, adivinen qué pediría al mes: libertad, o lo que es lo mismo, “país por cárcel” (un estúpido eufemismo que usan los abogados a favor de sus clientes y que los periodistas repetimos como papagayos). Es que la mansión se la hará pequeña, y querrá recorrer su finca de 75 mil kilómetros cuadrados. Sí pues, en eso convirtió el país durante cinco años.

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