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Sábado picante

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Años atrás, en Estados Unidos se hicieron estudios para entender por qué los medios perdían credibilidad. El resultado fue demoledor: los periodistas no saben sumar ni restar y cometen faltas graves de ortografía. Conclusión: si no saben calcular cuánto es 100 más 100, ¿qué hacen escribiendo de macroeconomía o de presupuestos o investigando a personas que ni siquiera saben cómo se escriben sus nombres?

Los lectores tenían razón. Pero desde entonces, las cosas han cambiado. Las redes sociales hacen posible que un ciudadano –con o sin estudios formales– reporte un hecho que ocurre frente a sus ojos. Sin saberlo, escribe una crónica que ilustra con fotos de su cosecha. Y puede que lo que narre sea una noticia, pero nadie le reprocha que hay que echar pie para entender de qué habla, porque su lenguaje no es apropiado. Y sus groseras faltas ortográficas hieren cada sentido.

No tengo problema con la exigencia de los lectores. Se me paga por hacer un trabajo y hacerlo bien. Pero me pregunto, ¿cómo se puede dar crédito a lo que escribe alguien que, evidentemente, o no fue a la escuela o la escuela no pasó por él? Después de haber salido del colegio hace unos 40 años y ver cómo hoy se imparte enseñanza, no me extraña que haya tanta ignorancia en las redes.

¿Es culpa del mensajero? No lo creo. Desde que estaba en el colegio escuchaba unas palabras que no he dejado de oír hasta hoy: la dichosa reforma educativa. Creo que sí la ha habido, pero para mal, pues con cada prueba a la que se someten los estudiantes, sus calificaciones bajan más y más. Esta semana se conocieron los resultados de la prueba Crecer, del Ministerio de Educación. Se las hicieron a niños de tercero y de sexto grado, en español, matemáticas y ciencias. No hubo novedades: están tan mal como antes en lo que deberían saber y en sus competencias.

Si van mal a esa edad –que es cuando reciben la base de su educación– qué será al llegar a las siguientes etapas académicas. Terminamos con personas que han recibido clases durante 18 años, pero que han aprendido el equivalente a 2. Y ellos son –o serán– nuestros médicos, abogados, ingenieros, enfermeras, arquitectos, contadores, presidentes, diputados, magistrados, alcaldes y periodistas.

Tan mal está la cosa, que hace poco leí la propuesta de un abogado con aspiraciones a diputado. Él prometía “acer” mucho. Si la herramienta de un periodista es la palabra, la de un político es el poder de hacer. Y si este político no podía ni escribir bien lo que iba a hacer, ¿qué podíamos esperar que hiciera? Él es el vivo reflejo de una educación mediocre, y lo que haría como político no sería mejor. De haber ganado él, y otros como él, habría arrastrado el país al círculo vicioso en el que viven: el de la ignorancia.

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