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Sábado picante

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No soy un buen catador de café. De hecho, tomo el instantáneo en la oficina, aunque en casa hago uno premium, muy cotizado en el mercado local. Este último lo puedo disfrutar mientras escribo alguna cosa, pero en la tranquilidad de mi casa. Pero si me ponen uno tipo geisha y otro gourmet del mercado, no sé si notaría la diferencia. Nunca he probado un geisha. Pero, de momento, puedo distinguir entre uno hecho con “aleaciones” de maíz y frijol y otro enteramente puro y de buena calidad.

Repetidamente escucho eso de vivir el orgullo de ser panameño. Pero no basta con ser panameño. Panameña también es esa costumbre de hacer las necesidades en la calle a la vista de todo el mundo. Yo diría que habría que agregarle el orgullo de ser un buen panameño, como nuestro café geisha. Se trata de una bebida que se conoce en todo el mundo, como el Canal de Panamá. Nuestro café se sitúa entre los mejores del mundo por su sabor, mientras que por su escasa producción, también está entre los más costosos del mundo.

Nosotros no podemos competir con la producción de países de la región, como Colombia o como Brasil, pero sí en la calidad de estos. Ahí no parece haber competencia. Y si producimos el mejor grano del planeta, por qué no erigir nuestro café como símbolo que nos represente en el exterior, o como ícono para recuperar el deteriorado sector del agro, y así promover el agro como una actividad rentable y competitiva, ser los mejores. Está probado que podemos serlo cuando estamos decididos.

Está bien el Canal, el centro financiero, los hoteles y el hub de Tocumen, pero, ¿por qué no el agro? En Panamá se llevan a cabo investigaciones en ese ramo con excelentes resultados. ¿Por qué no estar orgulloso de ello? He visto sementales vacunos de competencia mundial en las ferias agropecuarias. ¿Por qué no llevarlo al siguiente paso? Desarrollar y exportar.

Nuestro café puede llegar a ser el símbolo que representa el Juan Valdez para Colombia, o el Kopi Luwak para Sumatra o Indonesia. En Panamá, se trata de familias que han puesto todo su empeño, su experiencia y esmero en producir lo mejor. Y no es que han ganado porque los concursos están arreglados o porque hay un juez catador amigo de alguien. Todos ellos son extranjeros, expertos en un arte en el que nosotros –los que lo tomamos– apenas comenzamos a conocer.

Yo quiero felicitar a esas familias que decidieron producir el mejor café del mundo: Lamastus, Peck Araúz y muchas otras más que se abren paso en un mercado altamente competitivo, en el que solo un buen trabajo los hace ser únicos. Son ellos los que nos hacen vivir el orgullo de ser panameños. Sí, buenos panameños.

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