OPINIÓN

Sábado picante

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Lo ocurrido esta semana tras la aprobación de las reformas constitucionales es insólito. Por primera vez en muchos años, vemos a los panameños  

–en especial a la juventud– despertar de ese prolongado letargo que produce la participación ciudadana en protestas digitales. Esta vez los gritos no se escribieron en redes, sino en pancartas. Fueron a la calle, pero sin y abandonar sus redes. Y se encontraron con un antiguo enemigo de las protestas: la Policía Nacional que, por cierto, intervino con gases, toletes y arrestos, como lo hizo en tiempos lejanos, pues no recuerdo intervención tan dura últimamente.

¿Sirvieron de algo las protestas en la calle? Quizás el epicentro de estas no esté en Panamá, sino en los países que nos rodean, cuyo piso ha sido estremecido con manifestaciones multitudinarias de pueblos cansados de políticos incapaces de sentir lo que sufren, a quienes les dieron sus votos con la esperanza cambios. A mi modo de ver, las protestas locales cumplieron su objetivo. Ahora, directivos de la Asamblea dicen que las protestas los golpearon, que no descartan eliminar los disparates que introdujeron y los poderes que se auto cedieron. No

será fácil, porque persisten algunos que quieren sus insensateces en el texto constitucional.

Quiero hacer énfasis en algo que vengo viendo desde hace tiempo. Los jóvenes de hoy son mucho más críticos; están más conscientes de lo que ocurre a su alrededor; cuestionan la autoridad y reclaman con vehemencia sus derechos y libertades, incluida, la que los periodistas consideramos vital: la de expresión. ¿Y por qué lo hacen? Es que ahora no dependen de medios tradicionales para gritar sus verdades u opiniones: tienen sus propios medios de comunicación: las redes sociales, que son , a la vez, texto, imagen y video. Ellos escriben ahí y leen en ese mismo canal. Es decir, son fuentes y receptores. Si no lo saben nuestros políticos, que lo sepan ya: el mundo cambió. Su burbuja impenetrable reventó en sus narices.

La Asamblea Nacional ha consumido su capital político en tan solo 120 días.

Parece mentira que esta sea peor que al anterior. Solo basta oír sus chiflados argumentos, tan disparatados que hasta Cantinflas los habría rechazado para sus películas. Discursos de odio, xenofobia, homofobia elevados a rango constitucional. Seguramente seríamos reconocidos como el primer Estado fascista de América, lo cual habría sido toda una ironía, con una población en cuyas familias no faltan extranjeros, incluyendo la de la proponente y defensora de la descabellada idea. Los padres de la patria convertidos en sus verdugos.

Felicito a los que hacen posible que los diputados escuchen, y lamento que sea de esta forma, pues siempre las protestas generan inquietud. Pero, de no ser por estas, nada impediría crear una Constitución de la que Hitler estaría orgulloso. Ojalá esta vez nuestros diputados escuchen o tendremos más de lo mismo a partir de enero

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