OPINIÓN

Sábado picante

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Hay tres personas que este año hicieron historia... y siguen haciéndola: los “jueces” Roberto Tejeira, Arlene Caballero y Raúl Vergara. Esta semana han podido contemplar el resultado de su decisión. Ellos vieron lo que nadie más pudo: inocencia. La buscaron y rebuscaron y, enterrada bajo 10 metros de apestoso y repugnante fango, en el que se revolcaron para localizarla, dijeron haberla encontrado.

Era diminuta, macro microscópica, pero ellos, dotados de la mejor visión de Panamá, la hallaron. Y la mostraron a la luz pública, pero nosotros, mortales casi ciegos, seguíamos sin verla. Ellos decían que ahí estaba, y por más que se esforzaron por describir el astro entre sus dedos, nuestra ceguera impedía ver el brillo refulgente de la supuesta gema. En cambio, lo que esta semana sí ha brillado es lo que nunca dejamos de ver. Pero ahora es brutalmente deslumbrante.

Tejeira, Caballero y Vergara deben estar ahora ciegos del resplandor que nunca descubrieron. Donde ellos veían inocencia, nosotros veíamos claramente culpabilidad. Y resultó que no era que estábamos ciegos ni tampoco ellos. Lo que hicieron fue cerrar sus ojos y lanzarse al vacío describiéndonos una inocencia inexistente. El monstruo que ellos describieron como alguien libre de culpa les ha escupido en la cara. Los ha dejado como mequetrefes, vergüenza de la justicia.

Era cuestión de tiempo. A su cliente lo carcomía el hambre de venganza. Y con burdas mentiras salió a destruir a su enemigo. Lo dejó desnudo, como dejó a sus otras víctimas que esperaban de los juzgadores justicia. Inútil espera. Apagaron la única luz –tenue y débil– que alumbraba a las víctimas: esperanza.

El autor de la venganza sirvió el festín vistiendo el mismo disfraz –de inocente– con el que acudió a esa farsa que sus abogados llamaron juicio. Era como ver un ratón pretendiendo ser un conejo. Ahora hizo lo mismo. Se vistió de mofeta, optimista de que su nauseabundo olor no fuera reconocido. Pero la infamia de sus ataques llevan su firma: el fétido olor de su patética cobardía.

Para concretar venganza de manera tan pública y cínica uno debe estar seguro de que, pase lo que pase, saldrá impune. Para ello sirve la amistad, el miedo (a que el victimario tenga unas cuantas grabaciones o chats) o el retrato estampado de algunos presidentes de Estados Unidos (por los que algunos sienten el más puro y verdadero amor).

Me pregunto cuál es el siguiente acto. ¿Un sitio con los chat de sus enemigos? Por cierto, quién podría sentirse seguro en su círculo, si grabó a enemigos y amigos, por si acaso una traición. El “inocente” está enfermo, pero no del corazón. Son sus vomitivos vicios los que lo tienen estropeado. Llame a Vidajenas y Bochinchosos Anónimos. Quizás le ofrezcan una terapia que le ayude a superar sus serios y crecientes problemas.

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