Sánchez Borbón y Tristán Solarte: dos escritores , un solo ser humano verdadero

ADMIRACIÓN. Palabras de Jorge Ritter LA PRENSA/Jazmín Saldaña ADMIRACIÓN. Palabras de Jorge Ritter LA PRENSA/Jazmín Saldaña
ADMIRACIÓN. Palabras de Jorge Ritter LA PRENSA/Jazmín Saldaña

Soy amigo de Guillermo Sánchez Borbón, y no lo digo como un acto de petulancia, sino como un reconocimiento a su espíritu generoso. Acampamos durante años en orillas distintas de las turbulentas aguas de la política, y fue su desprendimiento lo que allanó las avenidas de una amistad, para mí, enriquecedora. Tengo el privilegio de ser su conductor designado para asistir a las reuniones de la Academia Panameña de la Lengua, lo cual me convierte en el único panameño que, una vez al mes, disfruta del caos vehicular, pues durante los cuarenta minutos que tarda recorrer las cuatro cuadras que hay entre su casa y la Academia, mantenemos una tertulia encantadora y entretenida.

Guillermo Sánchez Borbón y Tristán Solarte conviven en el alma de los panameños, como en la de los niños Clark Kent y Supermán. Son dos titanes del periodismo y de la literatura que han llevado vidas propias, sin que uno prevaleciera sobre el otro. Cuando incursionó en la literatura, escogió el nombre Tristán, de la leyenda celta; y el Solarte de la isla del mismo nombre, bocatoreña, por supuesto. Es una descripción poética de su vida literaria: la universalidad de su cultura engarzada en sus raíces. Pero cuando le correspondió ejercer el periodismo, escogió firmar con su nombre y sus dos apellidos, para que no hubiera equívocos.

A I. Roberto Eisenman le correspondió referirse a Sánchez Borbón el periodista. A mí, a Solarte el escritor. Recuerdo haberlo leído cuando no tenía edad para hacerlo. Mis hermanos y yo leíamos sus versos sobre la muerte, porque la llevábamos en el alma desde que nos arrebató a nuestra madre; y tratábamos de imaginar esas tierras misteriosas que describían sus páginas y que muchos años después conocería en mis primeras visitas a Bocas del Toro. Leímos El Ahogado como si fuera un cuento de terror. Años después, en vez de asustarnos con la Tulivieja, nos admiramos de la destreza narrativa y la fuerza de sus personajes. Ese es el signo de las obras maestras: no importa cuántas veces se lean, se encuentran aristas y giros que pasaron inadvertidos en lecturas anteriores.

Gracias a una memoria prodigiosa, en la Academia nos recuerda a autores, nos ilustra sobre el origen de las palabras y, con una frase lapidaria, resume prolongados debates. No puede uno imaginarse que el Tristán que hoy nos divierte con su ingenio, sea el mismo que disfrutaba de tertulias literarias con gigantes como Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges. A pesar de ello, no encontrarán en la vida una persona más humilde ni más refractaria al elogio. Requirió de un gran esfuerzo de sus coterráneos bocatoreños para traerlo aquí esta noche, solo para decirle cuánto lo admiramos como novelista y poeta, cuánto lo extrañamos como periodista, y cuánto lo queremos como amigo.

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