LE PRESENTÓ EL CRISTO NEGRO DE PORTOBELO A ISMAEL RIVERA

Sorolo, el bohemio del ‘pescao’ frito

Hijo de doña Juanona, atravesó América Central por tierra y cruzó de ilegal a Estados Unidos. Fue amigo de Ismael Rivera. Vende pescado frito.

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En una de las esquinas de calle 27, El Chorrillo, se puede encontrar a Sorolo, célebre por las canciones del artista Ismael Rivera. En una de las esquinas de calle 27, El Chorrillo, se puede encontrar a Sorolo, célebre por las canciones del artista Ismael Rivera.

En una de las esquinas de calle 27, El Chorrillo, se puede encontrar a Sorolo, célebre por las canciones del artista Ismael Rivera.

Así también se le conoce al restaurante Doña Juanona, de Pedro Rodríguez. Así también se le conoce al restaurante Doña Juanona, de Pedro Rodríguez.

Así también se le conoce al restaurante Doña Juanona, de Pedro Rodríguez.

Si El Chorrillo pudiera reducirse a unos cuantos rostros, uno de ellos sería, sin duda, la cara afable, pecosa y ovalada de Sorolo.

A sus 84 años de edad, Sorolo –su nombre según su partida de nacimiento es Pedro Rodríguez- forma parte del alma de estas calles colmadas de alegrías y tragedias. Desde su fonda Doña Juanona, en honor a su madre, el chorrillero reparte saludos y sonrisas mientras alimenta diariamente con su sopa de porotos y rabito, o su famoso pescao frito, a distintas generaciones; también a leyendas de la salsa.

A finales de los años 1960, Sorolo conoció a Ismael Rivera, el sonero mayor. Comieron frituras y se hicieron amigos, casi hermanos. Sorolo introdujo al cantante al Cristo Negro de Portobelo, y Rivera dejó las drogas y le dedicó una canción al Nazareno.

Sorolo cuenta todas estas anécdotas con una voz apagada y risueña. Sus ojos le brillan y lagrimean con sus memorias más personales. En cambio, cuando habla de política se altera. “Si alguien robó, que hagan lo que tienen que hacer. No jueguen con nosotros. No somos pendejos”, vocifera y le da un manotazo a una de las mesas de su restaurante.

DE EL CHORRILLO A NUEVA YORK

Cuando era niño, por allá por la década de 1940, Sorolo limpiaba zapatos y vendía periódicos con sus compinches, Roberto Durán entre ellos. Para esos días ya lo acompañaba su apodo. “Me lo pusieron mis abuelos, no sé por qué”, recuerda.

“Me paseaba descalzo por la ciudad, iba a donde está la Lotería Nacional, luego corría a Santa Ana, bajaba por Salsipuedes y entraba a los restaurantes chinos. En algunos me invitaban a comer. Llegaba a mi casa a lavarme los pies y a dormir. Pero antes tenía que moler la masa de maíz para que mi mamá vendiera frituras al día siguiente. Es una profesión que va en la sangre”, dice Sorolo desde su restaurante, conocido también como “La esquina de Maelo”, por su amistad con Ismael Rivera.

La fonda está en una de las esquinas de calle 27 de El Chorrillo. Sus exteriores están repletos de coloridos dibujos de Rivera, de doña Juanona, de Portobelo y del Naza.

Adentro, abundan las fotografías con personalidades como el medallista olímpico Irving Saladino, el salsero Gilberto Santa Rosa y el propio Rivera. También aparecen políticos, como Omar Torrijos, Martin Luther King, Nelson Mandela y Barack Obama. Afuera, policías, martilleos, gente que espera un taxi pirata y una mujer que le cuenta a una amiga lo difícil que es vivir con su actual compañera de cuarto. Son las 9:00 a.m. de un sábado.

Durante 1969, recuerda Sorolo, la revolución de Torrijos trajo varios salseros importantes, como Roberto Roena, Bobby Cruz y Rivera. El chorrillero fue al Juan Demóstenes Arosemena, en Curundú, a ver al sonero mayor. Al final del concierto, sintió la necesidad de ir hasta los estacionamientos para intentar conocerlo.

Entonces vio al cantante panameño Johnny Motete Palm, quien le presenta a Rivera. “Maelo se me quedó mirando y le dijo a Johnny que se iba a ir conmigo. Fuimos para casa de mi mamá, comió unas frituras y me pidió un ‘morir soñando’ [bebida dominicana de jugo de naranja con leche]. Esa misma noche fue la primera vez que le hablé del Cristo Negro”, evoca Sorolo.

Pasó el tiempo y la amistad con Rivera se hacía más fuerte. Coincidían en casi todo, hasta en la ropa. “Yo le prestaba mis cosas, menos los zapatos. Él era 11 y yo era 10”. Tampoco concordaban en el uso de drogas. Por esos años, Rivera padecía una fuerte adicción a la heroína que afectaba su estado físico. “Siempre andaba con poca energía”, dice Sorolo.

El sábado de carnavalitos de 1969, él acompañaba a Rivera hacia Colón para un concierto. Cuando el taxi alquilado que los llevaba pasó por Sabanitas, Sorolo le pidió que se desviara hacia Portobelo. “Cuando Ismael entró a la iglesia y vio al Cristo, cayó de rodillas, y se quedó ahí como por una hora. Salió con un rostro diferente. Al día siguiente, ya en Panamá, el taxista me va a buscar y me dice que Ismael quería que fuera al hotel.

Al llegar, me dio su jeringa y un mantel, y me dijo que lo botara, que no lo usaría más”, cuenta Sorolo con los ojos brillosos.

Fue también por esa época, en 1972, que el chorrillero decidió emprender un viaje hacia Estados Unidos para vivir el sueño americano. Como no clasificaba para ser residente, se fue por carretera por toda América Central hasta llegar al Distrito Federal de México, luego a Tijuana y después a cruzar la frontera hacia San Diego.

De ahí tomó un bus hasta Los Ángeles y después hacia Nueva York, donde lo esperaba su amigo Papito Reed. Tras vivir unos meses con él, decidió reencontrarse con su amigo Maelo Rivera, quien le ofreció su casa y el trabajo de acomodar los arreglos en los conciertos por $200.

En Nueva York, su vida cambió. Se casó dos veces, tuvo cuatro hijas, trabajó en diferentes empresas y hasta se jubiló allá. También quedó inmortalizado en la canción El Nazareno, grabada en 1974 por Rivera. “El Nazareno me dijo, el Nazareno me dijo. Con Sorolo, con la Mery y Cuñón, voy pa Portobelo a cargar al negrón”, canta el sonero mayor en uno de los coros.

Sorolo, o Sorolongo, como le decía Rivera, volvió a Panamá en 1997, casi ocho años después de la invasión de Estados Unidos. Desde Miami –vivía allí desde mediados de los años 1980 por sugerencia de su actual esposa, Fabiola- vio cómo destruían su barrio. “Prendí la televisión y vi cómo ardía El Chorrillo, a la gente huyendo. Era como un Vietnam. Un total abuso, ya que nosotros no teníamos armas para contestar. No tenían que hacer todo eso por un solo hombre, que además lo podían ir a buscar a Amador, si siempre estaba allí. No lo cogieron porque no quisieron”, se lamenta.

EL SUEÑO CUMPLIDO

Desde que vendía periódicos, Sorolo siempre tuvo un solo objetivo: tener un restaurante, una refresquería y una casa de dos pisos. Todo lo consiguió, a base de pescado y sabor.

“El pescado hay que saberlo limpiar, y luego ponerle la sazón de mi abuela”, comenta con una sonrisa fugaz.

El donaire de Sorolo, quien se clasifica como un “ambicioso del progreso” y un “bohemio al que le gusta viajar”, se nota apenas sale a la calle. Vestido todo de blanco, y con unas zapatillas Converse, se pasea con ritmo por las calles destruidas del barrio, como si bailara, como si flotara sin que lo toquen los rollos de pelo, los bolígrafos, los paquetes de comida chatarra, el papel higiénico mojado, la chatarra, las aguas negras, las moscas, el olor a excremento.

“Esta es una de las calles más limpias de El Chorrillo”, dice uno de los policías que al ver las cámaras se acerca a la comitiva, por cualquier cosa.

Sorolo, con sus lentes de aviador, se desliza sonriente sobre la suciedad, los charcos, las caras de amargura. En cambio, su paso realza las caras de alegría, los niños jugando, la gente bailando en la calle, la partida de dominó, Cecilia Pescao que lo saluda, todo el mundo lo saluda, gritos. Sorolo sonríe.

Se queja de que se han hecho cosas, pero que ninguna ha ayudado a El Chorrillo. Comienza por Sergio Gálvez, diputado de ese circuito y también representante de esa comunidad. “Nada más da jamón una vez al año, y los otros días, ¿qué? ¿Dónde están las aceras, el arreglo de las calles? No camina el barrio para ver cómo estamos. Así ha sido por 20 años. No ha hecho nada”. Continúa con la cinta costera. “La hicieron y punto. Las calles de El Chorrillo siguen destruidas. Eso fue un negocio”, dice mientras camina por los charcos y a lo lejos se ve el parque de patinaje de la cinta costera.

Al terminar la jornada, Sorolo y su esposa Fabiola vuelven a recorrer el barrio, esta vez para salir. Se van a Arraiján, donde tienen su casa de dos pisos. El anhelo cumplido. Sin embargo, Sorolongo está feliz por otra cosa. “Mi verdadera riqueza es la salud”, dice desde un mostrador que le permite contemplar El Chorrillo mientras atiende a los comensales.

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