costumbre. TRADICIÓN que se aleja.

Techos se quedan sin tejas

La desaparición de las tejas artesanales tiene su origen en la casi nula construcción de las antes populares casas de quincha.

Cuando la gallada estaba en el patio de la señora Mercedes, provista de una pelota, un palo de madera que utilizaban como bate, así como de varias manillas hechas de cartón, la tensión entre los vecinos aumentaba. Y no era para menos.

Por norma sabían que cada vez que esos “zambitos” se ponían a jugar béisbol y pegaban un “batazo”, la pelota de seguro caería en el techo de sus casas, quebrando al menos una o dos tejas.

“Cuando eso pasaba, el problema no era conseguir la teja, sino buscar a alguien que en verdad supiera colocarla”, recuerda el viejo Fermín, mientras le da las últimas bocanadas a su cachimba.

Es que para lograr un buen entejado hay que acomodarlas de forma lineal, pero alternándolas al derecho y al revés para facilitar la salida del agua lluvia, aseguró Apodemio Cortez.

Yuni, como prefiere que lo llamen, es uno de los pocos santeños que aún realizan esporádicamente este oficio, aunque aclara que ya no hay casi trabajo para el mantenimiento de este tipo de techo.

ORIGEN

El uso de tejas en las viviendas tuvo su origen en el siglo XVII, cuando “para hacer habitables las casas y mejorar el clima, se introduce el método de hacer tejas de barro para la cubierta en reemplazo de los techos de paja, evitando así las plagas de insectos”, según relata fray Antonio de la Rocha, cronista de la época.

A partir de ese período algunos lugareños desarrollaron empíricamente las técnicas para construirlas, al igual que la preparación del barro que se utilizaba en las paredes de esas casas.

Miguel De León, que por más de medio siglo se dedicó a colocar tejas, manifestó con firmeza que cuando estas se colocan bien en el techo, pueden demorar hasta 20 años sin desacomodarse.

MATERIA PRIMA

Décadas atrás la demanda por este producto era tanta, que se descubrieron sitios que poseían tierras aptas para su confección.

En esos lugares, que estaban ubicados en Los Leales de Macaracas y en Guararé, la tierra era más arcillosa, menos arenosa.

Allí se llevaba estiércol de caballo que se pulverizaba con la tierra desmenuzada, y que posteriormente se mezclaba con agua.

De esta combinación se lograba obtener un barro resistente con el que se confeccionaban las tejas, a partir de un molde al que llamaban “galápago”, por su forma ovalada.

Para lograr un corte hacían mil de estas, que luego colocaban en un horno donde las mantenían por tres días, hasta que adquirieran temple y resistencia.

Cada horno tenía capacidad para mil tejas, aunque una modesta casa se techaba con 2 mil de ellas.

A pesar de su resistencia, los dueños de las casas sabían que cabía la posibilidad de que una o varias se dañaran, sobre todo si una pelota de béisbol las partía en dos.

La historia detrás del entejado

La historia que hasta el momento se conserva, y que los abuelos han contado una y otra vez, señala que hace más de 60 años, antes de que se pusiera en práctica el molde ovalado conocido como “galápago”, los lugareños de la región de Azuero utilizaban los muslos de las personas para darle forma a las tejas artesanales que fabricaban.

Estas se confeccionaban manualmente con la arcilla que se extraía de los ríos del área, y posteriormente se combinaba con boñiga (de caballo o de vaca) para obtener de esta manera un barro consistente.

Ese barro, siempre según la historia, se colocaba en el muslo, y una vez se obtenía la forma, era cortado con sumo cuidado e inmediatamente se ponía a asolear, y luego en un horno en donde se compactaba.

Debido a este procedimiento, con el pasar del tiempo estas tejas se hicieron muy populares.

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