EL DESORDEN BUROCRáTICO

Veracruz: de nadie y de todos

El pueblo pesquero fundado a finales del siglo XIX se bate hoy entre el olvido de las autoridades y el desarrollo pujante a su alrededor.

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Calle Primera es el lugar fundacional del pueblo. Allí está su parque, su estación de Policía, su junta comunal y la casa de las primera familias que fueron a parar allí. Calle Primera es el lugar fundacional del pueblo. Allí está su parque, su estación de Policía, su junta comunal y la casa de las primera familias que fueron a parar allí.
Calle Primera es el lugar fundacional del pueblo. Allí está su parque, su estación de Policía, su junta comunal y la casa de las primera familias que fueron a parar allí. Alexander Arosemena

En Veracruz no hay ley. Sus tierras parecieran ser de libre adjudicación tanto en la playa como en el pueblo. Sobre la arena hay distintas parcelas cuyos dueños no poseen títulos, mientras que en el pueblo aparecen viviendas improvisadas en cualquier parte. Es zona de violencia, de falta de agua, de electricidad irregular, de ríos de basura. Es un lugar en el que los maliciosos son los que triunfan. Es una comunidad a 15 minutos del corazón financiero de la capital panameña.

El calor abrasa. Un hombre con un tanque de gas sobre un carro para niños cruza un puente cuyo río tiene más desperdicios que agua. En la estación de gasolina, un hombre y una mujer esperan un bus pirata a pleno sol. No hay dónde refugiarse del sol. Por los lotes de hierba seca y tierra hay perros cojos y gallinas desplumadas que se mueven entre las casas improvisadas. Hacia cerro Cabra, la elevación que separa Arraiján y Veracruz -a la clase media de su vista al mar- hay incontables hileras de estructuras a punto de caerse.

Al frente de todo aquel precarismo e improvisación, el Pacífico en toda su inmensidad. A lo lejos la ciudad y sus rascacielos, coloreados por el Museo de la Biodiversidad. En la arena aparece el comercio pujante. Decenas de restaurantes que funcionan al borde de la ilegalidad debido a las irregularidades en la adjudicación de esas parcelas. Es un problema de varias décadas ya y que tomó vigencia hace unas semanas tras advertencias de demolición. Residentes del pueblo sostienen que no sucederá nada, que siempre es lo mismo, que incluso estará peor, que así es la política. Que así son sus autoridades.

LA VIDA EN VERACRUZ

“Vivir en Veracruz es como vivir en una escena de la película Mad Max”, dice un hombre que vive en las afueras del pueblo, en Majagual. Se refiere a la cantidad de hierba seca y tierra viva que está por todos lados, pero también a la libertad que tienen los vecinos de hacer lo que les entre en gana. “De repente en una esquina ves a un pastor que grita a todo pulmón, en otra ves a una gallina que corre, en otra a una mujer que vende saos y al lado unos niños que juegan con agua sucia”, dice.

Su relación con el pueblo es buena, añade, y nunca le han robado, aunque sabe que siempre debe estar alerta. “El mayor problema del pueblo es la falta de agua. Para todos. No solo para los que tienen que esperar que venga un cisterna cada no sé cuántos días a abastecerlos, sino hasta los bomberos, que no cuentan con el poder para apagar un incendio pequeño. Ni siquiera tienen los vehículos para hacerlo. La otra vez hubo un fuego medio y tuvo que venir la gente de Panamá Pacífico a apagarlo”.

Panamá Pacífico es la comunidad exclusiva a unos cuantos kilómetros de Veracruz que se inventó la economía comerciante para transformar una base militar de la antigua Zona del Canal en ganancia. Hay supermercados, farmacias, gimnasios, edificios de apartamentos, panaderías, escuelas privadas, área económica especial y aeropuerto.

La relación entre ambas comunidades pareciera haberse estrechado en los últimos años con la aparición de restaurantes modernos al comienzo de Veracruz, en playa Venado. Nunca el mar estuvo tan cerca a precios de la ciudad de Panamá.

ENTRE COMERCIOS

En los últimos años se han desarrollado proyectos sobre la línea de marea alta. Expandir Imagen
En los últimos años se han desarrollado proyectos sobre la línea de marea alta. LA PRENSA/Gabriel Rodríguez

El precarismo es uno de los principales problemas en el pueblo de Veracruz. Expandir Imagen
El precarismo es uno de los principales problemas en el pueblo de Veracruz. LA PRENSA/Alexander Arosemena

Los comercios en la playa de Veracruz vienen desde la época en que era parte de la Zona del Canal. Los estadounidenses permitieron a algunos comerciantes poner puestos móviles en la playa para vender productos que los mismos soldados consumirían: pescado, patacones y cerveza, básicamente. Esa relación entre el pueblo y los militares cambiaría, a su vez, la configuración de Veracruz. Muchos abandonaron su oficios artesanales para ganar mejor como empleados en la Zona del Canal. También llegó una cuantiosa población guna, que sabía que tendría mejores oportunidades de trabajo al estar tan cerca de las bases.

Cuando los estadounidenses devolvieron esa zona a la administración panameña, quienes ocupaban parcelas en la playa se reconocieron a ellos mismos como los dueños de esos terrenos. Poco importaron las regulaciones de adjudicación con base en la línea de marea alta y aquellos pequeños comerciantes comenzaron a desarrollar negocios mientras tramitaban permisos y demás.

El desorden burocrático fue un factor importante en la confusión. Los permisos y protección de la zona eran de todos y de nadie al mismo tiempo. Aún hoy, nadie sabe con certeza si los conflictos los debe resolver la Junta Comunal de Veracruz, la Alcaldía de Arraiján, la Unidad Administrativa de Bienes Revertidos (UABR), el Ministerio de Ambiente o la Autoridad Nacional de Administración de Tierras.

Y es entonces bajo ese escenario que la malicia se impone. Varias vecinos de Veracruz, que prefirieron mantener su nombre en secreto por miedo a represalias, terminaban las entrevistas con la siguiente frase: “debes hablar con Eloy Harding”.

Harding es un hombre de unos 70 años que nació y creció en Veracruz. Su casa, llena de barrotes de seguridad, está en calle primera, donde se fundó el barrio. Es actualmente asesor del alcalde de Arraiján, Pedro Sánchez Moró. Los entrevistados señalaron a Harding como el enlace clandestino entre las autoridades y la ilegalidad, aquel que facilita la falta de supervisión y vigilancia, aquel que hace más fáciles las cosas. “En Veracruz no se mueve un dólar sin que Harding tenga algo que ver”, dijo una señora que ha vivido toda su vida en ese pueblo.

Harding niega todo desde su oficina en la alcaldía. Sostiene que son bochinches y calumnias. Que lo de él es interpretar leyes y buscar lo mejor para el Municipio de Arraiján. Que no tiene nada que ver con los negocios de la playa, ni con los buses piratas, ni con nada ilegal. Que su misión es demoler a todos los que están en la playa, porque todos están ilegalmente. Que la Alcaldía lo hará en algún momento, aun cuando la UABR haya concedido permisos de mejoras. “Vamos a demoler todo, pero con calma, todo debe estar sustentado en derecho”, intervino el propio Sánchez Moró, quien estaba en la oficina después de apelar la decisión de la justicia de separarlo de su cargo por corrupción.

Añade Harding que todo el problema sobre los permisos de construcción en Veracruz y los cimientos arriba de la línea de la marea alta son cuestiones políticas.

La política -o periodo electoral- tiene mucha influencia en Veracruz. Todas las paredes de buen tamaño tienen aún una publicidad de candidatos perdedores y vencedores por igual. Pinturas utilizadas para promocionar figuras y no para mejorar los hospitales y escuelas, que se descascarillan. Así transcurre la vida en Veracruz, ese pueblo a 15 minutos del centro de la ciudad de Panamá, cuya vista da hacia el desarrollo en Amador.

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