TRANSPORTE EN LA CIUDAD

Vivir en la carretera

Cientos de miles de ciudadanos panameños deben desplazarse de un lado a otro de la ciudad en recorridos que les significan casi 1/4 de su día. Las penurias del transporte nacional han ido de la mano con el crecimiento económico del país.

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Ante la falta de orden oficial, por las calles circulan incontables vehículos privados que cobran tarifas sin control. El término fue por mucho tiempo piratas, aunque ahora los llaman corsarios tras el apoyo Estado. Ante la falta de orden oficial, por las calles circulan incontables vehículos privados que cobran tarifas sin control. El término fue por mucho tiempo piratas, aunque ahora los llaman corsarios tras el apoyo Estado.
Ante la falta de orden oficial, por las calles circulan incontables vehículos privados que cobran tarifas sin control. El término fue por mucho tiempo piratas, aunque ahora los llaman corsarios tras el apoyo Estado. Roberto Cisneros

Los rostros del transporte público son de resignación. Cientos de miles de panameños que se mueven de un lado a otro mientras se les van los atardeceres, los momentos en familia; mientras se les va la vida. Viajan apretados, de pie, sudorosos, dormidos -casi comatosos-. Pasan cuatro, cinco, seis horas diarias en un transporte público, todos los días, todas las semanas, todos los años.

Así se mueve la fuerza laboral de uno de los países más pujantes en su economía en América Latina y con una proyección de crecimiento económico para este año de 5.5%.

En la fila hay más de 150 personas que esperan por el próximo bus blanco de vidrios ahumados que los llevará hacia La Chorrera, en la provincia de Panamá Oeste. Caminan sobre un solar de tierra viva en El Marañón, Calidonia. El mismo lugar donde antes se tomaban los vehículos que iban hacia la antigua Zona del Canal, el mismo donde antes había cemento y bancas. Ahora solo hay intemperie. Si acaso un angosto techo de zinc que cuida el tablero que marca cuáles buses han salido y cuáles faltan por salir.

Mientras esperan compran huevos de codorniz y de tortuga y ven un noticiero en una televisión encadenada. En los pequeños buses blancos caben -apretadas- unas 25 personas.

Los choferes aprovechan el tiempo que sus pasajeros se acomodan para coquetear con alguna chica, fumarse un cigarro o tomar una gaseosa. A veces se van en el gusto y desde los vidrios oscuros los pasajeros los observan impacientes. Cae la tarde y los pasajeros, adentro de un gélido vehículo, se resignan a que su conductor debe terminar de hablar con la chica que le gusta para llevarlos a sus casas.

No es la única fila en el cuadro de tierra al frente del nuevo edificio de la Asamblea Nacional que costó 29 millones de dólares. Unas 100 personas se alinean del otro lado a la espera de otros buses blancos con vidrios ahumados que los llevarán al distrito de La Chorrera, pero no por la autopista, sino por la carretera vieja.

Y arrancan los buses blancos. Van a toda velocidad por las avenidas hasta que se acercan al puente de Las Américas. Zigzaguean descontrolados entre los otros autos, se van por el hombro, aceleran, frenan de golpe, putean, se ríen. Los choferes son sicópatas cuyo timón es su única terapia.

Ya es de noche cuando los pasajeros bajan del bus blanco de vidrios ahumados. Si tienen suerte, deben caminar hasta casa. Los que no, la mayoría, debe tomar un taxi, u otro bus o un auto pirata, que los lleve hasta el hogar. Probablemente cuando lleguen, sus hijos estén dormidos y su pareja a punto de hacerlo también; y todos prefieran descansar. Hay que madrugar para el transporte de regreso a la ciudad.

Diariamente vienen y se van 90 mil personas que viven en el oeste. Es la rutina de aquel que no pudo pagar los precios de la tierra en el área metropolitana, que comienzan desde $120 mil por 70 metros cuadrados.

Y entonces son desplazados por el negocio de los bienes raíces hacia el oeste de la ciudad, donde aparecen barriadas nuevas de la nada. Construyen centros comerciales para que, al menos, puedan gastar su dinero sin tener que volver a cruzar el Canal. Pero de lunes a viernes, el trajín es obligatorio.

El sistema de transporte hacia esta ciudad nunca fue bueno y a medida que más gente se mudaba hacia allá, más caóticos son los viajes. La solución no vino desde el Estado, sino desde la ilegalidad. Se improvisaron estaciones en Calidonia para pequeños buses blancos de vidrios ahumados particulares que comenzaron a emprender viajes hacia Arraiján y La Chorrera. Hacia el oeste, pues.

Al no tener ningún tipo de control, se reprodujeron para saciar la necesidad de la gente obligada a gastar su vida en la carretera. Retirarlos del mercado dejó de ser una opción por la dependencia de los usuarios, así que el Estado los reconoció. De piratas a corsarios.

Les cedieron un terreno en El Marañón y desde allí zarpan estas naves, que por estos días son aproximadamente 100 solamente ahí. Cada una de ellas paga su tasa mensual -alta- para poder estar en aquel lote baldío de forma oficial, con esperanzas de que cuando el Estado resuelva ese problema las indemnizaciones sean jugosas. El Estado es una buena fuente de riquezas para empresarios pequeños y nuevos como para los grandes y veteranos.

Las paradas usualmente son lugares malolientes y sucios. Expandir Imagen
Las paradas usualmente son lugares malolientes y sucios. LA PRENSA/Luis García

HACIA EL ESTE

La historia no es muy diferente hacia el norte y el este. Los vagones del Metro van repletos. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos acaban de salir del trabajo y solo tienen una cosa en mente: ir a casa. La mayoría se baja en La Gran Estación de San Miguelito. Gente va, viene, entra, sale, compra. Huele a una mezcla entre fritura y basura, mientras un pastor grita descontrolado con algunas personas que dicen estar en trance.

Son las 5:15 p.m. y hay filas por cualquier rincón hacia cualquier vehículo: diablos rojos, Metro Bus, chivas. En la fila hacia los Metro Bus de Tocumen, una chica intenta hablar por teléfono, pero el ruido no se lo permite. Ya sentada lo vuelve a intentar: “Nada, bebé, que ya voy para la casa”.

Comienza el recorrido, aunque el bus no es que avance mucho. Más rápido van las personas que caminan afuera. Los semáforos de alrededor no funcionan y dos policías de tránsito manejan la circulación. Afuera se ve caos, desorden. Adentro del bus hace frío y huele a frescura. “Guarde una distancia prudente al esperar el bus”, dice una voz femenina mientras afuera la gente se mueve a empujones.

Poco a poco el bus se llena y cuando llega a la antigua rotonda de la Roosevelt ya casi todos duermen. El Metro Bus no avanza por varios minutos. A lo lejos cae el sol sobre los edificios altos y lujosos de Costa del Este.

Llega la noche adentro del bus que no se mueve. Acaba de dejar atrás Villa Lucre y el tráfico está endemoniado. Suben muchos, bajan pocos. Casi todos los pasajeros llevan bolsas que utilizan como almohada si son de los afortunados que lograron sentarse.

No es hasta Don Bosco que vuelven los puestos vacíos. El bus deja atrás el aeropuerto de Tocumen y parece que tiene el camino despejado hasta su destino final, La Siesta. Pero adentro del barrio hay tranque y demora más. A los lados se ven infinidad de zaguanes oscuros, de veredas interminables.

Vuelve a acelerar el bus y vuelve a encontrarse con otro embotellamiento. Una señora de unos 50 años luce impaciente. Una hora antes llamó a alguien y le dijo que iba en el bus, que cuando llegara a la casa hacía la comida. Eran las 7:10 p.m. y todavía no llegaba.

Después de ese último tranque, el Metro Bus no volvió a encontrar problema y llegó 15 minutos después a su última parada, ubicada en una especie de plaza en la que niños patinaban y adultos conversaban. En las afueras de la ciudad la vida de atardecer se hace en la noche.

Panamá este es el área de la región metropolitana con mayor expansión en los último años. Viven allí cerca de 300 mil personas y se prevé que para 2020 Tocumen sea el distrito más poblado del país. Todos los días gastan hasta seis horas en transporte. Ir y venir. Moverse.

El proyecto del Metro contempla esta área y próximamente en 2019 se abrirán estaciones para mejorar el flujo de personas. Pero mientras llega esa inauguración, el tiempo en la carretera se duplica y hasta se triplica.

En esta área, los residenciales son una especie de asentamiento que se multiplica entre veredas y zaguanes. Las casas están pegadas unas de otras y hay poquísimas áreas verdes. Las pocas que hay tienen un letrero que advierte el inicio de otro proyecto de vivienda.

Así es vivir en una ciudad pujante. Una realidad que no va de la mano con los crecimientos económicos, las iniciativas de obras multimillonarias, ni con el turismo; pero es la realidad de cientos de miles de ciudadanos todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años. Toda la vida.

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